La Vida de los Campos, Giovanni Verga

[Vita dei campi]. Narraciones breves de Giovanni Verga (1840-1922), publicadas en Milán en 1880. En los ocho relatos de que se compone («Cavalleria rusticana», «La lupa», «Fantasticheria», «Jeli, il pastore», «Rosso Malpelo», «L’amante di Gramigna», «Guerra di Santi», «Pentolaccia»), contenido y es­tilo revelan ya el consciente y seguro logro de aquella fórmula antes aplicada al boceto siciliano Nedda (v.), por la cual el autor había de descubrir su verdadero rostro de poeta.

De una parte el mundo elemental e impulsivo de los humildes sustituye al mundo. artificioso de la sociedad ociosa y romántica de sus primeras narraciones; aquí – se le contrapone la trama de los Malasangre (v.), la cual está ya explícita­mente esbozada en las páginas acertadísimas de «Capricho», en sus personajes y en el tema fundamental, entre la reverberación de las exquisitas elegancias de una señora que reside por capricho entre los pesca­dores de Acitrezza. Por otra parte, el estilo se hace ágil y descarnado, y la impersona­lidad del arte, de la cual el autor tejió la ingenua y apasionada apología en «La amante del ‘Abrojo’», se realiza en la más consciente participación del artista en la vida de sus criaturas, que sólo un detalle, un gesto, una cadencia musical, nos revelan de cuando en cuando. Cambiados los per­sonajes y el tono, sigue siendo todavía la pasión, en estas narraciones cortas, el prin­cipal móvil de la acción: el ardor de los sentidos, los celos, la venganza, son las fuerzas oscuras que, con su violencia y su intransigencia primordial, determinan el trágico destino de estas criaturas.

Aquí una muchacha abandona de improviso, sin mo­tivo justificado, la casa y su novio, para convertirse en amante de un feroz bandido perseguido a tiros, y cuando es capturado le sigue siendo fiel a su manera, demos­trando su afecto respetuoso y su admira­ción a los guardias que han sabido ser más fuertes que él («La amante del ‘Abrojo’»). Aquí un marido ciego a quien todos creen ser consentidor del adulterio de su mujer, arrebatado por la súbita revelación se arroja sobre el rival y lo, mata («Pucherete»). Más allá es una guerra santa que se desencadena entre los devotos de los santos protectores de dos barrios diversos («Guerra de Santos»). «Cavalleria rusticana», de la cual sacó su propio drama (v.), concentra en pocas páginas una compleja tragedia de almas: Turiddu corteja a Santa para dis­gustar a Lola que, cuando él se fue de soldado, prefirió a un pretendiente más rico, el carretero Alfio. Lola ahora lo atrae a sí, pero Santa, celosa y desesperada, de­nuncia el enredo al marido; éste desafía al rival y, en el duelo a cuchilladas, después de haberlo cegado arrojándole un puñado de tierra a los ojos, le mata.

«La loba» nos presenta con admirable eficacia sobre el fondo de las vastas llanuras abrasadas por el sol, una insaciable y trágica venus de los campos, pecadora heroica a su manera, que no conoce obstáculos, ni el respeto por su hija, ni el terror del incesto, ni el hacha con que su yerno se libera finalmente de su hechizo maléfico. «Jeli, el pastor» y «Peli­rrojo» son reconstrucciones profundamente convincentes, bajo el aspecto poético y humano, de la vida interior de los seres primitivos. Jeli, guardián de caballerías y pastor de ovejas, ha vivido siempre solo, en los campos, conquistando con soñadora len­titud su fragmentaria y poética visión de la vida, y se mece en una luz de idilio; hasta que se abre camino en su mente la idea de la traición de que es Víctima; entonces se vuelve asesino, degollando sin temor al seductor de su mujer, con la naturalidad del que efectúa un gesto lógico y necesario. Pelirrojo (v.) es un desamparado, un mu­chacho que vive, bajo tierra, en una fosa de arena, la vida dura y peligrosa del mi­nero, y que lleva en sí, desde los albores de su vida mortal, un oscuro rencor por la muerte de su padre, a quien su propia mi­seria y la codicia ajena han sepultado vivo en aquella misma mina.

El arte de Verga alcanza sus más altas cualidades cuando, por medio de la serie aparentemente ilógica de los gestos crueles y generosos, de las re­flexiones cínicas y poéticas que constituyen la crónica de esta miserable existencia, consigue hacemos captar la palpitación de su alma o el resplandor de una luz subterránea capaz de eliminar y de justificar. En sus ediciones sucesivas, esta obra, de la que existen traducciones francesa, inglesa, ale­mana, española, danesa, magiar, se aumentó con otra novela corta: «El cómo, el cuándo y por qué», sutil análisis de las vicisitu­des por las cuales la virtud de una mujer ociosa y romántica roza y evita el preci­picio; pero ésta difiere del tono general de la colección. Después del triunfo del drama’ homónimo, el nombre «Cavalleria Rusticana» fue añadido como subtítulo al frontispicio del libro. [Trad. castellana de C. Rivas Cherif (Madrid, 1920)].

E. C. Valla

En sus cuentos y novelas fue un creador de vida. (De Robertis)

El artista los ha tomado [sus campesinos] en su plena concreción, en su más ínfima determinación, haciéndose pequeño con ellos, sintiendo y pensando a la manera de ellos, usando su lenguaje, sencillo, franco y al mismo tiempo ingenioso y eficaz, fun­diendo expresamente para ellos, con feliz atrevimiento, el bronce de la lengua litera­ria en la forma siempre fresca de su dia­lecto. Así ha podido obtener de veras que su obra no conserve en sus formas vivientes ninguna huella del espíritu en que germinó, ninguna sombra del ojo que la entrevió. (Capuana)

La forma que Verga da a sus narraciones es casi dramática, y hasta sus partes narra­tivas suelen ser como un extracto o mosaico de frases habladas, lo cual produce alguna vez una sensación de esfuerzo, así como otras veces desearíamos una mayor seguri­dad y propiedad de lenguaje. De cuando en cuando, la preocupación de la «impersonali­dad» da ocasión a cierta sequedad en la narración, que no se concentra lo bastante ni produce un pleno efecto artístico. (B. Croce)

Estas historias de pobres diablos tienen un color gris, uniforme y un tono que parece de indiferencia y es el extremo -de la desola­ción. Se conoce en ello el poder absorbente de la miseria que se convierte en la única ley de la vida, de una miseria pequeña que Verga hace brotar de las circunstancias más comunes de cada día, impresa en las accio­nes del hábito, en los objetos más usuales de la casa… Esta muchedumbre de desgra­ciados está indisolublemente ligada a la tierra en que vive y por la cual siente un afecto primitivo, tierno, inalterable, a pesar de los tormentos que les impone. Todos re­cuerdan el rincón donde han nacido y han pasado la dura vida, con la desesperada nostalgia de Turiddu. Todos ellos hablan de su tierra, tienen una palabra melodiosa, y éste es quizás el único tema lírico, en el sentido general del adjetivo, que se halla con bastante frecuencia en Verga. De él se origina el abandono airoso y solitario de «Jeli, el pastor». (A. Momigliano)