La Victoria de la Naturaleza Sobre la Fantasía, o sea Las Aventuras de Don Sylvio de Rosalva, Christian Wieland

[Der Sieg der Natur über die Schuarmerei oder die Abenteuer des Don Sylvio von Rosalva]. Novela del poeta y dramaturgo alemán Christian Wieland (1733-1813), publicada en 1764. Don Pedro de Rosalva, que se ha quedado viudo, confía en el lecho de muerte a su hermana doña Mencía su hijo Sylvio.

Éste es educado por su austera tía, la cual no tiene sino la inocente manía de los libros caballerescos, de las crónicas y de las his­torias. Mientras va creciendo, el niño se empapa de aquellas lecturas y a su vez les añade las de antiguas leyendas con que alimenta su excitada fantasía, de tal mane­ra que el mundo de las hadas y de los héroes se torna real para él, y el sueño se le hace más concreto que la realidad. Está convencido de que todo lo mejor que suce­de en el mundo ocurre por virtud del hada Radiante, y todo lo malo por maleficio del Enano maligno. Un día, mientras vaga por el bosque en busca del hada, halla un me­dallón con el retrato de una hermosísima joven; identifica aquel rostro con el que había soñado y se enamora de ella. Sylvio parte entonces con su amigo Pedrillo en busca de la amada desconocida, que él cree haber sido transformada por encanta­iento en azul mariposa.

Mientras él duer­me, se presenta a Pedrillo doña Felicia, espléndida princesa, con su dama. Doña Felicia, muy joven y viuda, a su vez huye de la realidad de la vida y vive en busca de amores y encuentros extraordinarios, en paisajes maravillosos. Ella se enamora del durmiente y parte con el corazón lleno de poética melancolía. Apenas despierta él, su amigo Pedrillo le refiere aquel encuen­tro y por primera vez Sylvio comienza a dudar de las hadas. Después de varias aven­turas heroicocómicas, en el curso de las cuales los dos amigos salvan de un asalto de bandidos a los dos amantes Jacinta y Eugenio y son luego maltratados por un grupo de campesinos que han acudido a defender a una muchacha en quien Pedri­llo ve una emisaria del Enano que había venido a quitarle el medallón, los dos hé­roes se hallan en el magnífico castillo de doña Felicia, que además de ser la misma del retrato es hermana de Eugenio. A Sylvio se le enfría la fantasía y se le enardece el corazón; las hadas se desvanecen y queda, viva, la princesa enamorada.

En tanto tam­bién Jacinta narra su dolorosa historia; de la cual resulta no sólo ser pura, a pesar de las contrarias apariencias, sino además hermana’ de Sylvio. La novela termina con las dos bodas de los protagonistas. Es evidente en esta obra la- imitación del Qui­jote (v.) no sólo en la ilusión (poco vero­símil a decir verdad) de Sylvio, sino tam­bién en los episodios novelescos y discur­sivos, a manera de los cervantinos. Esta no­vela pertenece al segundo período de Wie­land, cuando, después de haberse liberado ya de la influencia de Bodmer, se propuso profesar una sana filosofía hedonista. Todo su libro está empapado de una sutil ironía volteriana, que sonríe ante los juegos de la fantasía y los desenmascara; pero su fondo moralizador es a menudo demasiado evidente, como en el cuento de Biribinker, que don Gabriel el filósofo cuenta para curar a Sylvio de su insana manía, y que, rico en pormenores no privados de poesía, resulta, sin embargo, coreográfico y pom­poso y necesita de puntales decorativos para sostenerse, pues carece de aquella sen­cilla y sólida construcción que se encuentra en los cuentos de Grimm, de Brentano y de los demás románticos, con su delicioso espí­ritu popular.

G. F. Ajroldi

La exaltación soñadora y la superstición extienden su influencia por todas las es­feras de la actividad humana; pero la ironía fue siempre considerada como el mejor mo­do de prevenir los excesos de una y otra: ella es la que me ha hecho escribir Don Sylvio. Estoy persuadido de que todas las personas sensatas acabarán por aprobarme; porque, si mi metafísica ha cambiado, yo no he cesado de amar la virtud. (Wieland)

A Wieland debe su estilo toda la Alema­nia septentrional. Ella ha aprendido mucho de él, y la facultad de expresarse conve­nientemente no es poca cosa. (Goethe)