LA SEÑORA CORNELIA, una novela poco ejemplar de Cervantes

«Novela ejem­plar» del autor español Miguel de Cervan­tes Saavedra (1547-1616), que figura en la edición de Novelas ejemplares… (Madrid, 1613) con el título Novela de la Señora Cornelia.

La acción se desarrolla en la ciudad de Bolonia, donde se encuentran cursando estudios los caballeros españoles don Antonio de Ysunca y don Juan de Gamboa. Una noche les acontece a ambos, por separado, una extraordinaria aventu­ra: a don Juan le llaman desde una puerta y le entregan misteriosamente un niño re­cién nacido, aderezado con riquísimos pa­ñales, que él lleva a su casa y entrega al ama para que lo cuide. Al salir de nuevo en busca de su compañero don Antonio, se encuentra con una reyerta en plena calle y él interviene en ayuda de un caballero que lucha sola, contra numerosos enemigos; gracias a la ayuda del español, éstos huyen y el italiano, agradecido, aunque sin decla­rarle su nombre, le hace entrega de su Hombrero, por cuya cintilla de diamantes deduce que se debe tratar de un señor muy principal.

Don Antonio, por su parte, se encuentra con una dama que le pide pro­tección, a quien también conduce a su casa. La dama resulta ser una de las más hermosas de la ciudad, doña Cornelia Bentlbolli, que al darse a conocer a los dos españoles y descubrir su rostro, mostró «en él el mismo de la luna, quando más her­moso y más claro se muestra; llovíanle lí­quidas perlas de los ojos, y limpiábaselas con un lienzo blanquísimo, y con unas manos tales, que entre ellas y el liengo fuera de buen juyeio el que supiera dife­renciar la blancura».

A pesar de la vigi­lancia a que la tenía sometida su her­mano Lorenco — les explica ella —, el du­que de Ferrara, Alfonso de Este, la sedujo bajo palabra de matrimonio. Aquel mismo día había tenido lugar una riña entre Lo- rengo y el ofensor de Cornelia, cuando « ite iba a buscarla para hacerla su esposa, riña en la que participó don Juan en fa­vor del duque. Doña Cornelia, entretanto, •aperaba en casa de una prima suya, donde Lie había refugiado para disimular su ver­gonzoso estado y dio a luz a un niño que debia ser entregado a Fabio, criado del duque, y que por equivocación lo fue a don Juan; al oír el ruido de la reyerta, ella huye de la casa y tiene lugar su encuentro con don Antonio. Lorenzo, que ignora que su hermana se halle en casa de los caba­lleros españoles, pide a éstos que le acompañen para entrevistarse .con el duque de Ferrara. Camino de esta ciudad, encuen­tran al duque, que reconoce, gracias al Sombrero, en don Juan al que vino en su ayuda la noche de la pelea.

Tiene lugar la reconciliación de todos v el duonp Ha na- labra a Lorengo de que se casará con su hermana, y que si hasta ahora no lo ha hecho ha sido porque no quería contrave­nir el deseo de su vieja madre, que se obs­tinaba en casarle con una dama de alta condición. Don Juan y don Antonio dan noticia del paradero de Cornelia y del niño y los conducen a todos a su casa. Pero al llegar allí, se encuentran que el ama se ha llevado consigo a Cornelia y al niño. De regreso a Ferrara, el duque pasa por una aldea donde hay un párroco amigo suyo y allí encuentra a Cornelia y el niño, don­de el ama los había escondido, por temor a la represalia de Lorengo. En presencia y a placer de todos tienen lugar las bodas del duque con Cornelia. Según algunos críticos esta «novela ejemplar» pertenece al grupo de novelas italianizantes e idea­listas, por el tema, la localización de las aventuras y la mezcla constante de accio­nes caballerescas y . de cortesanía que en ella concurren. Otros, en cambio, creen que es obra de la última década cervanti­na, cuando el autor se preocupaba más por el conflicto que por la verosimilitud lite­raria.

Ciertamente se advierte en ella, por encima de la jugosidad del lenguaje, un afán excesivo de embrollar la acción y de complicarla con el solo fin de lucir la habilidad de saber conducirla a buen fin.

Pero Cervantes aquí se excede en las «ca­sualidades», alguna de las cuales, como el cambio de actitud de Lorenzo respecto al duque de Ferrara o el acudir precisamente a solicitar la ayuda de los dos españoles — simplemente porque son españoles, sin conocerles ni saber que están mezclados en la acción—, no se pueden justificar de ninguna manera.