La Saga de los Forsyte, John Galsworthy

[The Forsyte Saga]. Ciclo de seis novelas en las cua­les su autor, John Galsworthy (1867-1933), ha querido dar un amplio cuadro histórico de las costumbres de la sociedad inglesa contemporánea, siguiendo los desenvolvi­mientos y los cambios de la mentalidad de una familia de la alta burguesía, de la época victoriana hasta nuestros días.

La primera novela, que se publicó en 1906, con el título El Propietario [The Man of Property], afirma el motivo principal de la situación y evoca su atmósfera con una se­rie de retratos animados y enérgicos, que presentan a los miembros de la familia” Forsyte reunidos el 15 de julio de 1886 en ocasión de una fiesta por los esponsales de June Forsyte con un arquitecto, Philip Bosinney. Vemos así a los diez hijos de Jolyon Forsyte I, llamado «Superior Dosset», el fundador de la prosperidad de la familia en los tiempos de la gran expansión comer­cial inglesa de la primera mitad del siglo: diez sólidos y resueltos ancianos (ya que la longevidad, además del sentido de la propiedad y el escrupuloso respeto a las conveniencias sociales, es la característica de los antiguos Forsyte), entre los cuales- distinguimos al mayor, Jolyon «el Viejo», James, George, Tommy. Falta a la reunión el primer hijo de ellos, Jolyon «el Joven», carácter rebelde, apasionado y sentimental, que ha roto sus relaciones con el padre y con toda la familia por haber abandonado a su primera esposa y haberse constituido un nuevo hogar. En esta nueva generación el verdadero representante de la mentali­dad de los Forsyte es, en cambio, el hija de James, Soames, el «Propietario» por an­tonomasia, que asiste a la fiesta con su bellísima esposa Irene, cuya misteriosa gra­cia sobresale en aquel rígido ambiente. Entre Irene y el novio de June, Bosinney, nace el amor, provocado por una profunda afinidad sentimental, y el propio Soames sin querer lo favorece, confiando al joven arquitecto la construcción de una magní­fica casa en las alturas de Robin Hill, en los alrededores de Londres, con la cual Soa­mes quiere dar un soberbio testimonio de su pasión por la propiedad. El amor de Irene y Bosinney sigue su curso fatal, sin que los dos tengan apenas necesidad de hablarse: Irene siente transformarse su tibio y convencional afecto por su marido en ver­dadera aversión, y por lealtad, no le oculta este cambio ni la intención de separarse de él.

También Bosinney es inducido a romper su noviazgo; pero mientras June se resigna, Soames no puede admitir que su esposa no haya de ser cosa suya a perpe­tuidad. Para vengarse, y con la esperanza de impedir la unión de los dos enamora­dos, intenta un proceso a Bosinney soste­niendo que éste ha gastado en la construc­ción de la quinta más de lo convenido, y que él tiene derecho a rescindir el con­trato. Bosinney pierde el proceso y se ha­lla en una situación financiera desespe­rada. No sólo esto, sino que Soames, olvi­dado por completo de la señorial reserva que es habitual en él, afirma más que nun­ca por aquellos días su derecho de pro­piedad sobre su mujer de manera tan bru­tal, que el infeliz arquitecto, torturado por los celos, perece víctima de un accidente de circulación en la vía pública, mientras vagaba como fuera de sí entre la niebla nocturna de Londres. Soames (como sos­tiene malignamente el propio George For­syte) es, pues, responsable de la muerte de Bosinney; e Irene, horrorizada, huye de su lado. En un preludio al segundo vo­lumen: El veranillo de San Martín de un Forsyte [The Indian Summer of a Forsyte] (1917), que es quizá la obra más felizmente lírica de Galsworthy, Irene halla refugio en casa de Robin Hill, que Jolyon «el Viejo» ha comprado para su hijo, con el cual ha acabado por reconciliarse. Único de los Forsyte, el anciano (que se había distin­guido siempre por cierta epigramática li­bertad de espíritu) sabe comprender el alma de la atormentada Irene. Entre los dos surge una tierna y delicadísima amistad: la dama asiste al viejo Jo en sus últimos momentos, y por medio de él comienza a amar la imagen de su hijo ausente, que por aquellos días también está oprimido por el dolor, pues se le ha muerto la mujer amada.

Un día, mientras Jolyon espera a Irene sentado a la sombra de un árbol en pleno esplendor de un mediodía de estío, feliz como un niño, la muerte, dulce y si­lenciosa, lo sorprende sin que él lo ad­vierta. La muerte del viejo Jolyon es la coronación justa y reiterada de la vida de aquel Forsyte que para Galsworthy es el más simpático de todos porque es el más rebelde a las doctrinas del «forsyteísmo». El segundo libro, En el tribunal [In Chancery] (1920), sigue las vicisitudes de Irene, la cual, nuevamente perseguida por Soames, que no se resigna a perderla, huye a París, donde se encuentra con Jolyon «el Joven»; éste la protege, como obedeciendo a la vo­luntad de su padre muerto, y aquellas dos almas, duramente tratadas por la desgra­cia, se sienten unidas por una ternura cre­ciente que se transformará en amor. En tanto, Soames, que en Londres es atraído por la procaz belleza de una joven francesa, Annette, hija del propietario de un gran restaurante, decide divorciarse y casarse con ella, por un conjunto de motivos más o menos claros para él mismo, filtre los cuales predominan, sin embargo, el enojo contra Irene y el deseo de tener un hijo. No vacila, pues, en romper la tradicional costumbre de los Forsyte y provoca un escándalo, buscando las pruebas del adul­terio de Irene y Jolyon, y llevándolos ante un tribunal para obtener el divorcio. Am­bos, aunque inocentes, no se defienden; por el contrario, de aquel hecho sacan fuer­zas para vencer su recato y casarse.

Sigue también el matrimonio de Soames y Annette, del cual, sin embargo, no nace el hijo tan deseado, sino una niña, Fleur, el mismo día en que muere, viejísimo, el padre de Soames. Con estos dos primeros libros, que forman cuerpo por sí mismos y son, con mucho, los mejores del ciclo, Galsworthy, después de haber descrito la primera gene­ración de los Forsyte, firme e inmutable, ha analizado la crisis de la segunda gene­ración, en el choque entre los principios tradicionales y las pasiones: las fuerzas re­beldes del corazón, a las cuales la sociedad se obstinaba en no dar importancia. Con el tercer libro, Se alquila [To Let] (1921), damos un salto de unos veinte años; en el ínterin ha ocurrido la guerra europea, la postguerra ha traído a la vieja mentalidad inglesa muchas novedades, audacia de pen­samientos y libertad de costumbres. La pri­mera generación de los Forsyte ha desapa­recido ya, la segunda envejece, se asoma a la vida la tercera generación, que llega ya a los veinte años; Fleur, la hija de Soames y Annette; Jon, hijo de Irene y Jolyon; Holly, la hija del primer amor de Jolyon, hermanastra de Jon, la cual tam­bién se ha casado con un Forsyte.

Todos los miembros de la familia se reúnen en casa de June, la cual se ha convertido en propietaria y gerente de una gran galería de cuadros (otra señal de los tiempos) en la cual el viejo Soames, aficionado a la pintura tradicional, encuentra, en extremo escandalizado, una porción de obras van­guardistas. Jon y Fleur se enamoran y ha­llan grandes facilidades para verse, con la nueva libertad que las costumbres de la época permiten a los adolescentes. Los dos jóvenes advierten, sin embargo, una sorda y tenaz resistencia a esta unión por parte de ambas familias. Mientras Jon, aun pa­deciendo, por la veneración que tiene a sus padres, se muestra dispuesto a resignarse, Fleur, que ha heredado el carácter ávido e imperioso de su padre, está dispuesta a toda lucha con tal de no renunciar a su amado. Sigue una serie d^ crueles inciden­tes, en el curso de los cuales el joven Jon se entera de las verdaderas causas de la repulsión de su madre por Soames y su familia. En tanto, Jolyon, viejo ya, se muere, amargado por la angustiosa situación en que viene a encontrarse nuevamente su mujer; en vano Soames, que idolatra a su hija, se humilla en una conversación que tiene con Irene: Jon, a quien su madre ha dejado en libertad de decidir lo que más le plazca, sacrifica su amor. La madre y el hijo, después de esto, abandonan Ingla­terra, trasladándose a la Columbia britá­nica; en la vieja casa de Robin Hill, tes­tigo de tanta parte de la historia de los Forsyte, aparece un cartel: «Se alquila». La familia Forsyte se ha dispersado, ya; la vieja Inglaterra victoriana, tan tenazmente vinculada en la madre patria, ha desapa­recido.

Desde este punto de vista, La saga de los Forsyte tiende cada vez más a convertirse en una crónica mundana, siguiendo las aventuras de Fleur, la cual, sin em­bargo, poco o nada conserva del tradicional espíritu de la familia. El cuarto libro, en efecto, El mono blanco [The White Monkey] (1924), inicia, con el título genérico de «Comedia moderna» [«A Modern Comedy»], la segunda serie del ciclo, que se completará con la quinta y sexta novelas: La cuchara de plata [The Silver Spoon] (1926) y El canto del cisne [Swan Song] (1928). Fleur se ha casado, sin amor, con Michael Mont, hijo de un baronet, codirector de una gran casa editora; Fleur se halla lanzada ya en el torbellino de la mundanidad, y va reuniendo una inconexa serie de brillantes personalidades distintas para ornar mejor su famoso «salón chino», que está presidido por una extravagante pintura, la cual representa un gran mono blancuzco con una fruta en la mano. Im­pulsada por su deseo de gozar de la vida cuanto más pueda, sin estorbos sentimen­tales, Fleur tampoco se substrae a la ten­tación de alguna ocasional aventura amo­rosa, aunque muy decidida a evitar trage­dias o fastidiosas complicaciones pasionales. Mentalidad que es claramente ilustrada por el episodio central del libro: un joven poeta, Wilfrid Désard, seducido por su coquetería y su belleza, concibe por ella una pasión trágicamente violenta; pero mientras hasta el propio Michael lo compadece y (cons­ciente de no haber tenido nunca el amor de su esposa) se siente casi dispuesto a sacrificarse, Fleur cínicamente rectifica su comportamiento y despide sin compadecerle al infeliz poeta, que parte desesperado para las colonias.

El caso es que Fleur no puede ni siquiera admitir la idea de re­nunciar a su posición mundana, de la que está orgullosa. Así, en el libro siguiente la vemos sostener con ambicioso entusiasmo la carrera política de su esposo, que se ha hecho elegir diputado y se ha declarado paladín de una nueva teoría politicoeconómica, el «Foggartismo»; aquí halla el autor clara ocasión, para su fácil vena, de ras­guñar vivaces cuadritos politicomundanos, de sabor típicamente escandaloso y satírico. La sexta novela, en fin, con el regreso de Jon a su patria, nos hace asistir a una re­anudación del antiguo amor entre él y Fleur, sobre el fondo de la Inglaterra tras­tornada por la gran huelga general de 1926. La energía del viejo Soames impide, sin embargo, nuevas y trágicas complicaciones.

Y con su muerte, en un incendio en el cual se esfuerza en vano por salvar su querida galería de pinturas, al desaparecer el úl­timo y «verdadero» Forsyte, se cierra el ciclo. El cual obtuvo magnífico éxito de pú­blico, precisamente a partir del Mono blan­co, esto es, cuando en realidad el autor comenzaba a degenerar en demasiado su­tiles y artificiosas complicaciones pasiona­les, entregándose a fáciles efectos senti­mentales. Lo que no impide que toda la obra, especialmente por el contenido vigor de sus primeros episodios, y en virtud de un estilo eminentemente agradable, fluido y preciso, pintoresco sin afectación, quede como uno de los documentos más intere­santes de la literatura7 inglesa contemporá­nea en su primera fase: la de una doble reacción contra el austero victorianismo y contra el diletantismo estetizante fin de siglo. Galsworthy fue galardonado con el Premio Nobel en 1932. [Trad. española de Joaquín Rodríguez Castro, bajo el título La dinastía de los Forsyte (Madrid, 1950)].

M. Bonfantini

Galsworthy no posee la potencia de los grandes escritores para presentar en toda su intensidad los momentos supremos de la pasión y del sufrimiento humanos. La re­serva y el desapego típicamente ingleses que han sido a veces señalados en él como méritos artísticos dan también la medida de su baja temperatura emotiva. Es un ele­gante anotador, situado en la orilla del sen­timiento humano, pero nunca se aventura donde el agua es profunda. (J. W. Beach)