La Pensión Beaurepas, Henry James

[The Pen­sión Beaurepas). Novela del escritor norte­americano Henry James (1845-1916), publi­cada en 1879. La narración está en primera persona.

El escenario es una linda pensión suiza, en Ginebra, en la que el autor con­fiesa que se alojó porque Stendhal le había enseñado y Balzac le había demostrado que no hay mejor lugar para estudiar la naturaleza humana. Los principales perso­najes son cinco: la señora Church y su hija Aurore, por un lado, y por otro, el señor Ruck con su mujer y su hija Sophia, todos americanos. La señora Church, que tiene la manía de la cultura europea, se trajo de América a su hija, todavía niña, y se opone resueltamente a que regrese a su patria. Aurore, por el contrario, ya mujer, siente la nostalgia de la patria desconocida, y sobre todo de la vida libre que una muchacha de su edad podría llevar allí.

El señor Ruck es un hombre de negocios al borde de la ruina, quien, en parte por costumbre y en parte por debilidad, cede a los caprichos cada vez más costosos de la mujer y de la hija, que visitan por deber todas las bellezas natura­les y artísticas de que oyen hablar, pero que son, por inclinación, clientes de los más ricos joyeros de Ginebra. El pobre no comprende nada de arte ni de bellezas naturales, y menos todavía comprende la obsesión que domina a las dos mujeres y que apresura su ruina; pero un hombre de su posición, en tanto que ésta dura, no puede negarse a que su familia ocupe el puesto que en la vida mundana le corres­ponde.

Aurore y Sophia se hacen amigas. Sophia es para Aurore el intérprete de la vida americana a que ésta aspira, el ejemplo vivo de lo que ella misma querría ser, y que, europeizada como está, no podrá ser nunca: demasiado consciente de sí, frente a la segura desenvoltura de la otra. Al cono­cer la invitación hecha por Sophia a su hija de ir a América a pasar algún tiempo con ella, la señora Church decide partir inmediatamente hacia Dresde. La pensión Beaurepas está a punto de ser abandonada por todos. El autor protagonista recibe la noticia de la llegada de su hermano a Ingla­terra y decide ir a reunirse con él. Los Ruck están a punto de partir para Chamonix, donde el pobre Ruck espera que no haya tantas joyerías. Pero la mañana de la proyectada partida recibe la noticia de su esperada quiebra. Su figura, aun sin perder compostura, se hace profundamente trágica cuando, encontrándose junto al autor protagonista, al que confía la noticia, descubre a la mujer y a la hija en una joyería, a punto de hacer una compra costosísima.

El autor lo deja allí, frente a las dos mujeres, que acogen con suprema indiferencia la no­ticia de que no partirán inmediatamente hacia Chamonix, sino hacia Nueva York: razón de más para llevarse el costoso bra­zalete. Una hora más tarde, el autor deja Ginebra. La narración es llana y límpida, muy característica del James de la primera época, discípulo de los realistas franceses. Pero si la sutileza psicológica, en la que Ja­mes debía ser más tarde consumado maestro, no es visible todavía, hay en la elección de los detalles realistas una sabiduría tan cal­culada y precisa que coloca el realismo de James en una categoría propiamente suya; realismo pasado por el filtro de un intelecto tan fundamentalmente abstracto como más no se puede imaginar; capaz, sin embargo, de una rara intensidad descriptiva: un solo toque, una muchacha que hace girar sobre el hombro graciosamente su sombrilla, basta para dibujarla entera.

Pero apenas una si­tuación amenaza con hacerse demasiado concreta, James sale por la tangente: se complace excitando la curiosidad del lector — y lo sabe hacer de modo consumado —, pero no se preocupa nunca de satisfacerla. El final de la novela, en realidad, no re­suelve las situaciones más que de modo bastante vago. Se diría que James explotó el estímulo de la curiosidad con el solo fin de llevar sin fatiga ni tedio a la palabra que termina, no ya el argumento, que para él no es cosa más importante que la tela para el pintor, sino, único y verda­dero fin, el retrato vivo y parlante de cada uno de los personajes.

C. Izzo