[La Mère et Venfant]. Confesiones del escritor francés Charles-Louis Philippe (1874-1909), publicadas en 1900 y, en forma más completa, conforme al manuscrito original, en 1911.
El escritor evoca su vida, expresando hacia su madre la devoción más afectuosa. Ella ha sido y es todo para él: la luz de una existencia triste y dolorosa, la palabra de fe en el trabajo y en la honradez, la guía que siempre surge ante los peligros. En varios capítulos que se enlazan, ya como narración autobiográfica, ya como una lenta plegaria hacia una criatura tan santa, Philippe examina la intimidad de su vida desde los primeros meses hasta los veinte años y siempre ve el rostro sonriente de quien le hace confiar en el bien por encima de todas las tribulaciones. Así, en la obra, la Madre y el Niño se convierten en símbolos de una humanidad sufriente, y las aventuras de la pobre vida cotidiana se iluminan con una luz celestial, con un amor que se convierte en realidad y esplendor. El escritor, al evocar su infancia, advierte en su madre el ángel tutelar de la casa, que le socorre en las minucias cotidianas, que le incita a estudiar y consigue hacerle continuar en la escuela. Pero más adelante, a los veinte años, ni una beca basta para permitirle continuar en el camino de la ciencia y se ve obligado a aprender un trabajo manual.
En esta epopeya de la pobre gente que no puede tener amores ni esperanzas (expresada en tono de suave elegía, tan característico de las novelas de Philippe y particularmente de Bubú de Montparnasse, v., especie de continuación de esta obra), algunos episodios adquieren significado simbólico: la muerte de un compañero de juegos que se ahoga en la pila que servía de lavadero, una larga enfermedad del muchacho, que los ignorantes médicos del pueblo no saben curar y es al fin vencida por el afecto insistente y casi morboso de la madre, y luego la dura búsqueda de un empleo que le permita ir viviendo lo mejor posible. Pero después de inútiles tentativas, a sus veinte años, el hijo del vendedor de chanclos (que en la narración permanece siempre en la sombra, pues el interés está centrado en la madre) es llamado a París por un farmacéutico, hijo de un guarnicionero del lugar, y gracias al compañerismo de otro amigo encuentra así un modo de tener trabajo, y «con 3,75 francos empieza una nueva vida».
El valor de estas confesiones («Y este libro, madre, lo escribo para que tus manos lo toquen, para que tus ojos lo lean y para que agrade a tu corazón») está precisamente en compenetrar una profunda ternura filial con la evocación de una infancia dolorosa y triste. La delicada obra es un ensayo notabilísimo de aquella literatura de la vida humilde, humildemente sufrida y poéticamente expresada, que tiene en Philippe un maestro. [Trad. española de Mika Etchebehere (Buenos Aires, 1942)].
C. Cordié

