La doncella sin doncellez, Alfredo Panzini

[La pulcella senza pulcellaggio]. Novela publicada en 1925. Narra las empresas, a decir verdad nada gloriosas, del joven Serafino. Éste, lle­gado a Bolonia de su pueblo natal de la Faggiola (es hijo de campesinos enriqueci­dos) para estudiar leyes en la universidad, conoce allí, durante un baile de Cuaresma, a una muchacha de singular belleza y atrac­tivo, Berenice, llamada también Mimí, y acto seguido se enamora de ella.

Criatura apasio­nada, romántica (el hecho ocurre a finales del siglo XIX), ella, aunque permanece fiel al recuerdo de su primer amante, el sin­gular y desordenado conde Rombón, queda conquistada por aquel conjunto de timidez infantil y rudeza montañesa, de ingenuidad y de cálculo, que observa en Serafino y se entrega a él llena de ternura. Pero si al principio éste parece transfigurarse todo con aquel amor, para volverlo al fondo astuto e interesado de su naturaleza basta que en un momento determinado llegue de su pueblo el alcalde Gerolimino, padre de su novia Fani, y que comparta con él un bien combinado juego de letras de cambio. De manera que cuando, ante la noticia del suicidio del conde Rombón, la enamorada Berenice cree más que nunca poder refugiarse en Serafino, y le suplica que la lleve lejos de aquellos tristes recuerdos, él, con su egoísmo, rechaza tan románticas propo­siciones y deja partir sola a la joven que, desesperada, se suicida también.

Serafino siente mucho aquella muerte, pero no al­canza a comprenderla, apegado como está a los bienes materiales de la vida; en la cual, por lo demás,, está destinado a ade­lantar con tan rápido progreso, que, termi­nada su carrera y casado con Fani, llega a ser primero diputado de la Faggiola, y poco más tarde ministro. El motivo lírico y la razón de ser de esta novela, residen en el episodio del amor de Berenice y, más aún, en la figura de aquella «doncella» toda ar­dor, gracia y generosidad, dibujada, es más, evocada por Panzini — sobre la trama nos­tálgica de ciertos recuerdos autobiográficos, y sobre el fondo deliciosísimo de una Bo­lonia fin de siglo, que huele a «tortellini» y agua de Felsina — con aquella plenitud de inspiración y aquel encanto de estilo propios de sus momentos artísticamente más elevados.

En Berenice como en tantas de sus figuras femeninas, desde la Noretta de las Leyendas de la virtud (v.) a la Edith de la Virgen de Mamá (v.), a la Dolly de El amo soy yo (v.), y más tarde, a la Lesbia del libro homónimo (v. Beso de Lesbia), halla poética expresión aquella mezcla de voluptuosidad y maternidad, de perversidad y docilidad, de romanticismo y clasicismo que constituye — en armonía con su senti­mental viajar entre lo antiguo y lo moder­no— el ideal de la mujer para Panzini. Es una lástima que en torno a esta bellísima narración, de tono entre novelesco y elegia­co, se desenvuelva otra: la de los usos y costumbres de la Faggiola y de las vicisitu­des políticas de Serafino, pues con la pri­mera podríamos decir que tiene muy poco o nada que ver, tan fácilmente humorísti­cos, y hasta chocarreros, son el gusto y los acentos que predominan en ella.

A. Bocelli