La Conspiración y Tragedia de Carlos, Duque De Biron, George Chapman

[The Conspiracy and Tragedy of Charles, Duke of Biron]. Tragedia en dos tiempos («La cons­piración» y «La tragedia») de George Chapman (1559?-1634), representada en 1608. En ella se narran las aventuras del duque de Biron, francés, que el «Señor Don Pedro Enríquez de Acevedo, Conde de Fuentes, capitán y gobernador del estado de Milán, hábil en urdir intrigas y en crear adversa­rios a su gran enemigo Enrique IV» consi­guió «hacer conspirar», y «al cual hizo per­der la cabeza», como se puede leer en el pri­mer capítulo de Los novios (v.). En la pri­mera parte asistimos a las intrigas de Car­los Gontrano, duque de Biron, valiente sol­dado y amado por su rey, al que la am­bición empuja hacia la traición. El com­plot es descubierto y el rey perdona. En la segunda parte, el incorregible gentil­hombre conspira nuevamente mientras es embajador en Londres, pero el rey se entera de sus manejos y esta vez hace arrestar al amigo y le condena a muerte.

El duque se declara inocente y se obstina en la nega­ción incluso cuando es invitado a recono­cer la evidencia de las pruebas, pero enlo­quece al apercibirse de la inexorabilidad de sus jueces, y la sentencia sigue su curso. El tema había sido inspirado a Chapman por la versión inglesa publicada en 1607 del Inventaire Général de l’Histoire de Franee de Serres y Mathieu, y le valió las pro­testas del embajador de Francia por haber presentado en escena un soberano viviente. No obstante, Chapman no hace, como la mayor parte de sus contemporáneos, una caricatura de los personajes franceses, sino que, por el contrario, intenta presentarles desde el punto de vista más favorable según su temperamento. Para entender su manera de ser basta pensar que consideraba sus tragedias como «poemas para el teatro», y que reprochaba a Shakespeare su ignoran­cia. Resumiendo, diremos que a pesar de que esta larga tragedia en diez actos es la más equilibrada entre todas las que escribió, carece de fuerza dramática y esconde una intrínseca frialdad bajo los efec­tos de una elaborada elocuencia, hasta el punto de recordar excesivamente la impe­tuosidad genial de su gran modelo, Marlowe.

Las abundantes parrafadas gnómicas presen­tan, tomadas en sentido estricto, no poco in­terés, tanto, que algunos quisieron ver en ellas una refinada penetración artística, ha­ciendo de Chapman un precursor de los metafísicos o, incluso, uno de los más au­daces innovadores contemporáneos por la impresión que se tiene de que los persona­jes quieran, sobre todo, expresar todos sus pensamientos sin ninguna relación con la acción que llevan a cabo o con el lugar donde se encuentran. En realidad Chapman era, y se vanagloriaba de ello, un hombre extraordinariamente culto para su tiempo, traductor de Homero, estudioso del clasi­cismo, desdeñoso hacia cuanto no fuese noble y culto, y no siempre sabía, sobre todo en las tragedias, abstenerse de exhibir su erudición. L. Krasnik