La Claridad de Vida, Francis Viélé-Griffin

[La clarté de vie]. Colección poética del francés, de ori­gen norteamericano, Francis Viélé-Griffin (1864-1937), publicada en 1897; comprende composiciones que van de 1893 a 1896 y continúa la precedente serie de Poemas y poesías (v.). Desarrollando con gran deli­cadeza su amor a la naturaleza en formas nuevas y ricas de íntima musicalidad, el ar­tista canta la belleza del paisaje del Loire, el esplendor de la llanura, la fecundidad de sus viñedos. La siega del heno inspira a los aldeanos la sana efusión de sus sentimientos en el gran seno de la naturaleza, así como una visión de junio y la dulzura de un noc­turno lunar dan al corazón una alegría ma­yor que ninguna otra cosa. Es preciso su­surrar nuestra felicidad a flor de labio, para no romper la fascinación de su belleza; con humanidad hecha elegía y suspiro («Can­ciones a la sombra» [«Chansons á l’ombre»]). La felicidad es algo muy tenue, es preciso saberla recibir con el corazón puro y no enorgullecerse si la vida brinda algunas flo­res amables y hace esperar voluptuosidades aún mayores. Una música, mece nuestro es­píritu y una canción hace sentir todo el goce de vivir en la tersura de la atmósfera («A merced de la hora» [«Au gré de l’heure»]). Signo de amor fraternal por una íntima conmoción hecha armonía y llanto, son las poesías en recuerdo de Laforgue y de Verlaine («In memorian»). Una tenue ficción elegiaca son los episodios que llevan la ima­ginación a un mundo de pequeños faunos, de satirillos, de ninfas y de boscajes: ansia idílica de una realidad soñada como coro­nación de una vida vulgar («En Arcadia» («En Arcadie»}). En conjunto, esta recopi­lación brinda un nuevo testimonio sobre Viélé-Griffin, artista de sencilla pero franca inspiración, completamente abandonado a la fascinación de la naturaleza, a sus voces amables, a su fe en el porvenir. La musica­lidad del ritmo muestra, por otra parte, que el autor, sin alistarse en los programas polé­micos del simbolismo, emplea las mejores conquistas del verso libre para extenderse en suspiros elegiacos y extasiadas visiones de la naturaleza.

C. Cordié