[La Ville]. Drama simbólico en tres actos de Paul Claudel (1868-1955), compuesto en 1890 y publicado en París, sin nombre de autor, en 1893; la versión definitiva, de 1897, apareció en 1901, y en 1911, en la primera serie del «Teatro» del escritor. Frente a la Ciudad, poderosa, babélica y misteriosa, se levantan los jardines de un sabio, Isidore de Besme. Con éste se encuentran, al caer de un crepúsculo, dialogando, A vare, que ama el desorden y la revolución, Coeuvre, poeta completamente enamorado de las cosas y convencido de alcanzar la Verdad a través de su obra de creador, y Lála, pupila de Lambert y discípula del poeta, que representa el amor en toda su presteza y espontaneidad. Lambert, que fue un notable personaje político y personifica en el drama el orden tal como es soñado por los hombres, quisiera casarse con la muchacha, pese a la diferencia de edades; siente la armonía de la vida en el gobierno de los hombres, en el matrimonio, en el trabajo. Sin embargo, Coeuvre, por la rapidez de su sentimiento de poeta, recibe el don del amor de Lála. Lambert, en vano requerido por los hombres de gobierno de la Ciudad para que intervenga en conjurar una lucha intestina, confiesa que ya no cree en la vida después de los desengaños del corazón. Y Lála se casa con Coeuvre (Acto I).
Después de algún tiempo, entristecido por los hombres, Lambert hace de sepulturero en un cementerio, en una colina que domina la Ciudad y, por la mañana, saluda a la naturaleza espléndida en la vida y en la muerte. Entra en el cementerio Lála, que ha abandonado al poeta, pese a haber tenido un hijo de él, y quisiera volver junto a su padre adoptivo, con gratitud, con devoción. Pero Lambert se niega: en adelante es «el obrero de la muerte y no el convidado de la vida». Aparece además A vare, jefe de los revolucionarios de la Ciudad; está verdaderamente satisfecho del desorden, del odio, de la destrucción y muy pronto disfruta el amor de la rebelde Lála. También Isidore de Besme y Coeuvre entran en el cementerio y se entregan a misteriosos coloquios con Lambert: mientras el sabio sabe que muy pronto la locura de los revolucionarios le alcanzará incluso entre las tumbas para asesinarlo, el poeta abandona la vida para dedicarse a su obra de sacerdote (Acto II). Luego la escena se abre entre las ruinas de la Ciudad; después de estragos y luchas, está ya destruida hasta los cimientos. Sólo quedan reconocibles los restos de los jardines de Isidore de Besme y pocos lugares más. Pero a pesar de la matanza y la destrucción de los edificios, el nuevo orden tarda en llegar.
Avare, jefe de los revolucionarios, advierte la necesidad de construir desde los fundamentos una ley humana y, por misteriosa advertencia, quiere dejar el campo de tantos conflictos y tantas destrucciones indicando — antes de desaparecer en lo desconocido — como sucesor al joven Ivors, hijo de Cceuvre y de Lála; en él, como soberano, rebrotará el concepto «divino» de autoridad, sin el cual la Ciudad de los hombres sólo puede ir a la ruina definitiva. La obra, de escena en escena, aparece pesada y confusa (especialmente en la primera redacción, distinta y más intrincada debido a los diversos personajes menores; la «ciudad» es claramente París), pero su valor simbólico es notable en cuanto se refiere a los ideales literarios y religiosos de Claudel. Son importantes las afirmaciones sobre el valor de la poesía como conocimiento más sustancial que la ciencia y como iniciación a la Verdad divina, y sobre la ineluctibilidad de un orden superior. Algunas escenas son bastante vivas, aunque a menudo los personajes parecen perderse entre abstracciones y diatribas.
C. Cordié

