Comedia dramática de Jacinto Benavente (1866-1954), estrenada en el teatro Lara de Madrid (18 de mayo de 1916) por el actor Thuiller, que encarnó el papel del Desterrado. El autor concibió la obra como una continuación de Los intereses creados (v.); se inicia también con un prólogo, que imita el de Crispín, hasta en su comienzo, en que el Desterrado exclama: «Vuelve el tinglado de la antigua farsa». Excelente de estilo, este monólogo hace que la obra en sí (con los personajes de Los intereses) defraude un tanto. Si la pequeña obra maestra de 1907 era una cima de universalidad, La ciudad alegre… se queda en lo anecdótico. Viene a ser la llamada a un destino patriótico de España, en las circunstancias de la Guerra Mundial del 14. Aunque en supuesto «país imaginario», la urbe alegre y confiada es toda España, en que lo frívolo hace olvidar lo terrible de una hora crucial, y la traición al servicio de los grandes negocios hace caer a los propios hijos de la ciudad. Así al morir Lauro, víctima inocente, Pantalón sólo clama como un loco: «¡Mi dinero, mi dinero!» Mientras que el padre de aquél (el Desterrado) enarbola la bandera que hinca en el corazón del sacrificado para gritar: «¡Patria mía! ¡Hijo mío!» Plantea el tema de lucha interna de tantas guerras españolas, al decir: «¡Ciudad desventurada, madre de fratricidas… que al llorar por tus muertos, has de llorar también por tus asesinos, que todos son tus hijos!» Benavente enlaza aquí con la crítica del problema nacional propia de los escritores de la generación del 98. Su fuerza melodramática y patriótica es lo más intenso de la obra, pero no logra acercarse a su parte primera. La tesis de la ciudad que ha perdido su alma, y para adquirirla ha de sacrificarse por la sangre y el fuego: «por su propio dolor ha de redimirse», hace pensar en motivos semejantes de Unamuno.
A. Valbuena Prat

