La Ciega de Sorrento, Francesco Mastriani

[La cieca di Sorrento ]. Novela de Francesco Mastriani (1819-1891), publicada en 1852 y considera­da como la más notable de las muchas obras del popular novelista napolitano. Es una obra escrita para el pueblo, sin economizar la intensidad de las tintas. Nunzio Pisani mata, durante la noche y con la complicidad del notario Basileo, a la marquesa de Rionero en su quinta de Portici para robarle las joyas. La pequeña Beatrice, que dormía junto a su madre, presencia el asesinato y, a consecuencia de la terrible impresión, queda ciega y morbosamente sensible. A Nunzio Pisani le ahorcan, pero el cómplice sobre­vive. Diez años después, el hijo de Pisani, que nada sabía, busca trabajo en casa de Basileo para poder proseguir sus estudios de medicina. Descubre así la historia del delito, averiguando que a su padre le de­fraudaron la mitad del botín. Tras una es­cena de violencia, el muchacho le arrebata un cofre con las joyas que le correspondían a su padre, y luego huye de Italia.

Pasados cinco o seis años, un médico inglés de fama mundial, Oliviero Blackman, visita, en su villa de Sorrento, a Beatrice di Rionero, enamorándose de ella. Éste, riquísimo, pero deforme y misántropo, no es otro que Gaetano Pisani; moralmente regenerado, ha re­gresado a Nápoles para restituir el robo a su legítimo propietario, que él ignora toda­vía quién es. El doctor promete al padre de Beatrice devolver la vista a la muchacha y pide su mano. Beatrice acepta; la opera­ción se realiza con todo éxito. Pero, en el momento de la boda, el padre de Beatrice se da cuenta de que el anillo dado por Oli­viero a la hija es el mismo que pertenecía a su esposa. Tras una escena dramática, en la que Gaetano revela quién es, el viejo marqués perdona al joven el delito del pa­dre y le ruega salvar a Beatrice, fuertemen­te afectada por los últimos acontecimientos. En vano Gaetano le prodiga su ciencia: Bea­trice muere y el marqués de Rionero se aficiona a Gaetano, considerándole como a un hijo. Esta novela está saturada del in­congruente sentimentalismo de una fantasía popular, falta de toda poesía y de toda in­genuidad verdadera, perdida en una con­fusa preocupación por los problemas sociales.

M. Vinciguerra