La Castro, Antonio Ferreira

[A Castro]. Título dado comúnmente a la Tragedia mui sentida e elegante de doña Inés de Castro, del poeta portugués Antonio Ferreira (1528-1569). Pu­blicada en 1587, pero escrita ya hacia 1558, es la primera tragedia portuguesa completa, y, en conjunto, una obra maestra; una de las obras dramáticas de valor universal de aquella literatura y, sin duda, una de las más poderosas realizaciones teatrales del Re­nacimiento europeo. Tiene cinco actos y está escrita en endecasílabos libres, y utiliza el coro como en la Sofonisba (v.) de Trissino, en la cual se inspira formalmente. El tema se deriva de un conocidísimo episodio his­tórico relatado en la Crónica de Pedro I (v.), y ya tratado literariamente en un poema (v. más abajo) de García de Resende. La figura que presta grandeza a la tragedia es la de la infeliz Inés de Castro (v.), amante del príncipe Pedro el Justiciero, asesinada por orden del padre de éste, Alfonso de Portugal. En el primer acto, el motivo que predomina es el del amor feliz y confiado; lo declara Inés de Castro a su nodriza y lo afirma hablando con el secretario del prín­cipe don Pedro. En el segundo acto, los cortesanos envidiosos persuaden al rey de que mande asesinar a la bella Inés.

En el tercero, la joven conoce anticipadamente la sentencia fatal por un angustioso sueño. En la cuarta, después que ella apela en vano a la clemencia real, la solución trágica se lleva a cabo y el coro informa a los espec­tadores de sus macabros pormenores. En el quinto acto, en fin, el secretario da la no­ticia al príncipe don Pedro, y con su deses­peración mezclada de acentos de venganza cae el telón. Ferreira quiso dar un valor intensamente dramático a un tema que, ade­más de ser hondamente nacional, es par­ticularmente apasionante para la fantasía po­pular portuguesa. Pero el mérito más notable de Ferreira (porque la tragedia clásica ha­bía ya visto tratados más de dos siglos an­tes temas nacionales, con el ejemplo italiano de Albertino da Mussato) es haber sabido llevar a la escena el amor en su aspecto trágico como choque entre la pasión del sen­timiento y la frialdad de la razón de Estado. De estructura rigurosamente clásica, La Castro se caracteriza por una intimidad su­geridora de emociones. Es realmente la tris­tísima lírica de la atmósfera en la que se desarrolla el drama la que, sabiamente do­sificada con el «pathos» de toda la acción constituye la grandeza de esta tragedia, cuyo valor poético no se ve aminorado por la dureza de los versos, lejanos aún del en­decasílabo armonioso y flexible que los posteriores poetas renacentistas portugueses aprendieron de los italianos, ni en el uso demasiado frecuente del lenguaje familiar.

G. C. Rossi

*   El primer eco literario directo de la le­yenda de Inés se encuentra, como ya se ha dicho, en las Estancias por la muerte de Inés de Castro [Trovas a morte de doña Inés de Castro], composición del poeta e historiador portugués García de Resende (1470-1536), compilador del célebre Cancioneiro General o de Resende, del cual precisamente forma parte el poema, de poco más de doscientos octosílabos. El suceso es narrado en primera persona por la protagonista, con una sim­plicidad que hace el relato extraordinaria­mente eficaz. Por deferencia hacia la dinas­tía, García de Resende trata de disculpar a Alfonso IV, padre del Justiciero, atribuyen­do el delito a las intrigas y a las pérfidas sugestiones de los cortesanos.

A. R. Ferrarin

*   Son célebres las octavas dedicadas al epi­sodio de Inés de Castro en el tercer canto de los Lusiadas (v.), de Camóes, que evoca la tragedia en un aura elegiaca de gran fuerza lírica.

*   También la literatura española se inspiró en la leyenda, y la primera en orden del tiempo es la tragedia Nise lastimosa, de tipo rigurosamente clásico, con coro, del domi­nico Jerónimo Bermúdez (15309-1599), pu­blicada en 1577 en Madrid, con el pseudóni­mo Antonio de Silva. Es una traducción li­bre de la Castro de Ferreira; el tema de Inés (Nise) está adaptado y aumentado, sin perder de vista al modelo, en una atmósfera humana impregnada de lírica dulzura (achacable al origen gallego del autor) y, al mis­mo tiempo, de rigor claustral (que procede de la regla religiosa). Pocas son las escenas de cierta eficacia dramática; el acto artísti­camente más notable es el tercero.

G. C. Rossi

*   El mismo Bermúdez escribió una conti­nuación de la tragedia con el título la Nise laureada, publicada en Madrid, en 1577, en la que quiso dramatizar la macabra leyenda de la coronación de Inés después de muerta. Tiene pretensiones filosóficas, y no posee sino un escasísimo valor dramático y poético.

G. C. Rossi

*   Siguieron los dos romances publicados por el español Gabriel Lobo Lasso de la Vega en la primera parte de su Romancero y tragedias (Alcalá de Henares, 1587); el poema en castellano La infanta coronada, de Juan Suárez de Alarcón, publicado en Lisboa en 1606, y la Tragedia de doña Inés de Castro (1612), del portugués Mexía de la Cerda.

*   El autor español Luis Vélez de Guevara (1579-1644) escribió la «comedia famosa» Reinar después de morir, publicada en las Comedias de los mejores y más insignes au­tores de España (Lisboa, 1652). El príncipe don Pedro de Portugal, viudo de su primer matrimonio con la Infanta de Castilla, se ha casado, secretamente, con una de las da­mas de su séquito, doña Inés de Castro, de la que ha tenido dos hijos: Alonso y Dionís. Mas el rey don Alfonso ha dispuesto, por razones de Estado, el enlace de don Pedro con doña Blanca de Navarra. El príncipe recibe, fríamente, a doña Blanca, a la cual narra su boda secreta. La Infanta jura vengarse y don Alfonso, vacilante, no consigue resolver la delicada situación, ya que la dulzura de doña Inés y de sus hijos le ha cautivado. Dos caballeros de la corte, Egas Coello y Alvar González, aconsejan al rey la muerte de la dama. El pueblo, dicen, quiere la boda del príncipe con la Infanta. El rey tiene que decidir, pues, entre la ra­zón de Estado y su amor por doña Inés y sus hijos. Al fin, ordena su muerte. Los con­sejeros se encargan de ejecutar la orden. El rey fallece y don Pedro, que sabe la muerte de su esposa por boca de doña Blanca, cas­tiga a los traidores y corona, como reina de Portugal, el cadáver de doña Inés.

El personaje central de la tragedia es doña Inés, figura de delicada ternura y de fina humanidad. Ama y expresa sus temores le­vemente, pero hondamente, y sólo en el ins­tante de su muerte adquiere una solemne gravedad y emplaza, al no recibir el perdón que solicita, al rey: «¿Que al fin no tengo remedio? / Pues, rey Alfonso, escuchad: / apelo aquí al supremo / y divino tribunal, / adonde de tu injusticia / la causa se ha de juzgar.» Don Pedro, idealizado, es la figura característica del teatro de la época. Doña Blanca, orgullosa de su linaje (dice de doña Inés que «no lo hermoso / puede igualar a lo grande»), se nos muestra herida en su honor y fácil a la venganza, pero que sabe reaccionar a tiempo. El rey don Alfonso revela un carácter tornadizo, sin que su dilema interior, como suele señalar la críti­ca, adquiera grandeza trágica. Los conse­jeros no tienen, en realidad, una individua­lidad diferenciada. Brito, el criado de don Pedro, representa, inicialmente, un papel explicativo; pero, más adelante, se ajusta a las características generales que presenta el gracioso del teatro de nuestro Siglo de Oro. Los valores poéticos, dentro de la línea to­nal del barroco, están por encima de los es­trictamente teatrales. La obra contiene mo­mentos de una extraordinaria altura lírica. Por ejemplo, doña Inés, al saber que ha sido condenada a muerte y al pensar en su es­poso, dice «que si dos liras pusieren / sin disonancia ninguna, / herida sólo la una / suena esotra que no hieren»; un personaje dice, comentando la circunstancia de que, en una cacería, se haya escapado una garza: «Remontó, señora, el vuelo, / tanto, que ha sido imposible / el hallarla», y otro re­plica: «El aire creo / que en sí la habrá transformado / para volar más ligero, / pues della envidioso pudo / tomar ligereza».

El problema de las fuentes no ha sido re­suelto todavía por la crítica. «Hay que dese­char como fuente de la comedia al romance “A la reina de los cielos” — ha escrito Ma­nuel Muñoz Cortés —, tomado como tal por Ahrens y Heinermann, restituyéndolo a su papel de derivación tardía y vulgar de la comedia. Hay que tomar en cuenta la re­lación de Faria y Sousa (el autor se refiere a cierto pasaje de la Europa portuguesa). Sin duda, los romances de Gabriel Lobo Las- so de la Vega pudieron ser leídos por Vélez e influir en éste. Por último, las obras an­teriores de Bermúdez y Mejía muestran también posibilidad de haber sido utiliza­das». Por otra parte, se nos ha perdido una comedia de Lope de Vega sobre Inés de Cas­tro, la cual puede ser considerada, quizá, como la fuente principal de nuestro autor.

J. Molas

*   El escritor portugués Juan Matos Frago­so añadió, a la obra de Vélez de Guevara, una segunda parte con el título de Ver y creer, y Antoine Houdar de la Motte com­puso, en 1723, la tragedia neoclásica Inés de Castro. Recordemos, también, los dramas D. Ignez de Castro (1875), de Julio de Castilho, e Ignez de Castro (1895), de Maximi­liano de Azevedo (1850-1911). Las parodias del tema son numerosas. Entre las más co­nocidas, están el sainete Inesilla la de Pin­to, de Ramón de la Cruz, y la «escena tragicolírica» Doña Inés de Castro, de Cornelia (Valencia, 1815)

*   El tema de Inés de Castro, que al mayor romántico portugués le pareció posible definir como «el más hermoso y poético episodio de la riquísima novela de nuestra historia», ha invadido los dominios literarios y artísticos de Europa. De él ha extraído en estos últimos años una afortunada novela el americano Hermán Black, con el título A Queen after death [Una Reina después de muerta], aparecida en Nueva York con veinte páginas de notas, en las que se re­cogen 133 fichas bibliográficas sobre el tema, buena parte de ellas en inglés. En Francia, entre los escritores que se ocuparon de este tema, está Víctor Hugo y, entre los contem­poráneos, Henri de Montherlant, cuya Reine morte, en 1943, tuvo gran éxito en la «Comédie Française». En Italia el tema tuvo desarrollo especialmente en el siglo XVIII, entre los autores del teatro recitado como Davide Bertolotti y Luigi Bandozzi, pero aún más lo tuvo en el teatro musical: en libretos, bailes y melodramas representados preferentemente en Portugal, el argumento fue tratado por los compositores más varia­dos, comenzando por el gran Paisiello y ter­minando con Persiani y Valentino (cfr. Almeida Carvalhaes: Inés de Castro na Opera e na Choreographia Italianas (Lisboa, 1915). Igualmente útil es la bibliografía alemana sobre el tema: K. Kreisler: Der Ignez de Castro.Stoff im romanischen und germanischen Drama (Krewsier, 1908) y H. Th. Heinermann: Ignez de Castro, editado en Leipzig en 1914.

*   También en tiempos recientes el tema ha sido tratado, entre otros, por el poeta portu­gués Eugenio de Castro (1869-1944), en el poema Constanza [Constanga], publicado en Coimbra, en 1900. El centro del drama lo constituye la princesa castellana Constanza, que casó con el infante don Pedro de Portu­gal. El marido se enamora locamente de Inés de Castro, una de las doncellas de la prince­sa, hasta el extremo de olvidar su deber y cualquier pasatiempo más agradable. Cons­tanza se entera de ello y para dar fin al asunto se le ocurre invitar a Inés para que sea madrina del hijo que va a tener. Cons­tanza cree que este parentesco espiritual será como espada que separe a los dos aman­tes, ya que en caso de que prosiguieran sus relaciones cometerían un incesto. Pero todo ello es en vano. Entonces quiere huir en compañía de un paje, pero un vagido de su hijito se lo impide. Consumida por el do­lor, siente que se acerca su fin, y convoca junto a su lecho de muerte al marido y a su doncella. Don Pedro abraza sobre su pe­cho a la moribunda y le da un afectuosísi­mo beso; mas Constanza comprende que este beso ya no es para ella, por lo cual llama a Inés, pone sobre sus labios el beso que le había dado su marido, y muere. En esta obra, De Castro demuestra ser más humano y más conmovido que en sus obras anterio­res; muchos autores consideran que este poema es su obra maestra.

G. Battelli