El Catalán de la Mancha, Santiago Rusiñol

[El catalá «de la Mancha»]. Novela del pintor, co­mediógrafo y narrador catalán Santiago Rusiñol (1861-1931), publicada sin fecha al­rededor de 1911. Posteriormente hizo una obra dramática en cuatro actos con el mis­mo título y tema que se estrenó el 6 de diciembre de 1918. Ignasi, un viajante cata­lán, se establece en Cantalafuente, imagina­rio pueblo manchego, y se casa con la hija del dueño del café. Al cabo de un tiempo llega de Barcelona otro catalán que huye de la policía porque ha participado en un levantamiento anarquista. El cafetero lo re­coge en su casa hasta que el catalán se de­cide a poner en marcha, mecanizándolo, el único molino de viento del pueblo. Obtiene el permiso del asombrado don Juan-Antonio Ruiz y Pérez de Castrovidos, que adminis­tra casi todas las tierras del pueblo. Pero la obsesión del catalán son sus ideas que difunde copiosamente a través de sus ser­mones sociales. Intenta hacer reformas por medio de la sociedad «La lira agrícola», pero muy pocos lo toman en serio. Entretanto, su hijo Joanet ha aprendido a torear gra­cias a Frascuelo, el vagabundo del pueblo, y, muy seguro, se marcha a ejercer su ofi­cio. Pero se enamora de la Golfa, una cu­pletista, que le disputa su amigo Faustino. La Golfa se inclina por éste y Joanet hace desesperadamente alardes de su bravura para impresionar a la cupletista, pero el toro le coge y el lidiador muere. El padre de Joa­net sigue predicando e incita a la huelga contra el administrador. Mientras intenta soliviantar a los tranquilos campesinos, una bala perdida mata a su amigo el cafetero. El catalán, ante la nueva desgracia, huye, sin rumbo, del pueblo. La obra tiene una raíz en el costumbrismo de Vilanova y de Estébanez Calderón. Pero es difícil separar lo bufo de lo serio, lo dramático de lo có­mico, ya que en Rusiñol la ironía asoma en cualquier momento. Algún crítico ha pues­to en duda el carácter de novela de esta obra, por la insistencia con que expone unas tesis que consisten en contrastar, por una parte, la rutina fatalista de los labriegos y el afán renovador del catalán, y por otra el idealismo delirante dé éste y el buen sentido de los campesinos. Hay también un lejano eco tartarinesco un poco atrabiliario. La mano del pintor se trasluce en las pe­netrantes descripciones del paisaje y de los pueblos.

A. Manent