La Casa de Bernarda Alba, Federico García Lorca

Tra­gedia en prosa del poeta y dramaturgo es­pañol Federico García Lorca (1899-1936), es­trenada el día 19 de junio de 1936. El do­blar de las campanas nos introduce de lleno en el dolor de esta tragedia. Bernarda Alba ha enviudado por segunda vez. De sus dos matrimonios le quedan cinco hijas: Angus­tias — heredera de los bienes del primer ma­rido — y Magdalena, Amelia, Martirio y Adela, para las que el destino deja — sólo — la posibilidad de un gesto altivo. Estas cinco mujeres, como Poncia, como la criada — vie­jas servidoras de la casa —, como todo lo que cae cerca del signo de Bernarda, están sometidas al rigor inflexible de su lógica, hecha de esquemas inmutables y en la que emociones, sentimientos o cualquier pertur­bación afectiva son borrados por el airón de un gesto. Por eso, Pepe el Romano, 25 años de hombría apasionada, debe casarse con los 39, marchitos ya, de Angustias. En An­gustias busca la boda de posibilidades, pero en ella pierde la fuente de amor que Mar­tirio le guarda, o la sangre levantada de Adela. Inmediatamente, en el esquema, la tragedia íntima: contra un destino que negó ya la juventud a Angustias, los adornos a la flor apasionada de Adela y que vulneró con sus dentelladas la quebrada salud de Martirio. Poncia, la criada, encrespa un mar de olas en el pecho de Bernarda; sin em­bargo, la tormenta debe amagar: unidad — imposible — entre las seis mujeres de la misma sangre y apresurado casamiento de Angustias con Pepe el Romano.

Al margen de la tragedia que se va adensando, pero es­pejo fiel de ella, una moza del pueblo ha matado al hijo de su vergüenza; todo manos ocultas quieren lanzar contra la infeliz la pretendida justicia del primer guijarro; las increpaciones de odio y de venganza de mil lenguas unidas se clavan — saetas ya — en el vientre maldito de Adela. El tercer acto es una mar de leva sin cesar, las olas van ganando altura: Prudencia, las criadas, la abuela loca, son como un coro trágico que fuera adensando los nubarrones sobre la casa de Bernarda. Una noche — entre sombras que perturban la clara lógica de Bernarda—, tratos espiados, escapadas descubiertas, Mar­tirio delata, a gritos, los impuros amores de su hermana. Cuando la madre llega, es tar­de para huir. Se levantan todos los viejos odios contenidos. Bernarda — una vez más — intenta salvar la unidad de su sangre y cas­tigar — antes que el pecado — a la causa misma del pecar: hace fuego sobre Pepe el Romano que huye; Adela, creyendo que la bala alcanzó el objetivo, se ahorca en su cuarto. Tampoco ahora, fosa abierta para la tragedia cumplida, se puede quebrar la lí­nea firmísima: la estirpe de Bernarda Alba debe quedar inmarcesible, cara a cara ante la muerte, sin lágrimas, todo en un inmenso luto y en un sobrecogedor silencio. Es ésta la última obra dramática de García Lorca. Hoy la vemos cumbre de una ascensión sin pausa, cima lograda; pero, súbita nube nos privó del nuevo paisaje que ya se abría a nuestros ojos. La tragedia es una línea den­samente negra sobre el fondo blanco, como esas mujeres de luto que se mueven por la escena, enjalbegada, de casa andaluza. Hay una clara adecuación entre la forma externa y el hilo escondido que liga a todas estas figuras: decoración simplísima y almas al desnudo. Con el valor ejemplar de los sím­bolos: Bernarda representa el valor de la sangre que mantiene, en lucha contra todo, la unidad de su estirpe; Angustias, la vícti­ma propiciatoria del destino; Martirio, la re­presentación del resentimiento; Adela, la fuerza violenta de la Naturaleza; Poncia, la criada, el coro que acompaña el progreso de la tragedia.

Por eso, porque los persona­jes son símbolos, actúan con valor ejemplar,, duro, sin asomo de concesiones. El desarro­llo del argumento es un sostenido, sin alti­bajos, hasta que al fin se derrumba como el salto de una catarata. Acotaciones escé­nicas y acción de los personajes, de una simplicidad extrema, como en la tragedia griega, y, también, como en la tragedia grie­ga, la lucha denodada de las protagonistas contra un destino que hiere implacable y la rebelión de los seres contra el dedo de los dioses. Sin embargo, la idea de filiar este teatro con el clásico no debe olvidar unos valores muy precisos — y preciosos — como son los elementos folklóricos, el lirismo ex­presivo, el ambiente — tan auténticamente andaluz — y la vinculación de esta tragedia con anteriores manifestaciones del teatro lorquiano.

M. Alvar