La Bien Plantada, Eugenio d’Ors y Rovira

[La Ben Planta­da]. Obra del escritor y filósofo español Eugenio d’Ors y Rovira (1882-1954), perte­neciente a su período catalán. Calificada de «representación y símbolo de la Cataluña naciente» y de «Breviario de la Raza», apa­reció en 1911. En ella evoca d’Ors la figura de Teresa, a quien llama «la Bien Plantada», porque en ella, tanto desde el punto de vista físico — nos son dadas las medidas exactas de las diferentes partes de su cuer­po, su fisiología, etc. — como espiritual, ve el autor la personificación de la Raza y de la Tradición que debía exaltar la filosofía y la estética del «Noucentisme» [«Novecentismo»], movimiento que él acaudilló. Pero el nombre de la dama no nos es revelado hasta más tarde. Primeramente tiene lugar la presentación de la Bien Plantada en un pueblo de veraneo, «blanco, junto a la ampli­tud y el azul del Mediterráneo». El glosa­dor nos la describe minuciosamente, sin caer en fácil lirismo, tomando la divisa stendhaliana: «Voici des détails exacts»: su es­tatura, cara, brazos, forma de vestir, et­cétera, pero por encima de todo la gracia de su movimiento y de sus ojos.

Lentamente su presencia se va ejerciendo, adquiere un poder (una «puixanga») que mediante el instrumento del orden lo convierto todo en imperio de Teresa: el mar, el pueblo, las casas, los cultivos: «La veríamos aparecer en medio de estas cosas humildes, armonio­sas y esenciales, tan familiar a ellas, tan ligada, tan fiel a la ley de su simplicidad y su silencio, humilde, armoniosa, esencial, como ellas». De su proximidad dimana una fuerza de mejoramiento y de nobleza, un don de mesura: «Si asistieran a la escuela de la Bien Plantada las generaciones, para ganar allí serenidad y curarse de romanticismo… y captar estilo y normas de belleza y buen vivir». Esto se ha conseguido ya en el pe­queño pueblo. La revelación del nombre de la Bien Plantada comporta la comparación con Teresa de Ausiás March —la mujer de la cual, según la tradición, estuvo enamo­rado el poeta — y con Adalaisa del Comte Arnau (v. Conde Arnau), y el valor de las tres es entendido como representación y símbolo de la raza. El lugar de origen de Teresa — América, a pesar de su ascenden­cia catalana —, la colonia de veraneo, la casa donde vive, sus hermanas y amigas, son objeto de análisis e interpretaciones alegóricas. D’Ors gusta de hacer compara­ciones con elementos culturales, históricos o filosóficos: si Adalaisa corresponde a la arquitectura románica, Teresa corresponde al neoclasicismo; su venida de América es comparable a la procedencia corsa de Na­poleón; es comparada a la Gioconda, a Pitágoras, a la Biblioteca «Victor Cousin» de París; entre sus hermanas, Eugenia —la mayor — y Sara — la menor —, Teresa sim­boliza el punto de culminación, no el origen ni el primitivismo, como tampoco el deca­dentismo o el barroquismo de los estilos artísticos, de los períodos históricos o de las escuelas del pensamiento: Atenas (no Es­parta ni Macedonia), Sófocles (no Esquilo ni Eurípides), la filosofía socrática (no la presocrática ni la alejandrina); y va si­guiendo la comparación con la república romana, el clasimismo, el verano, la flor, Minerva, Tiziano, etc.: «…Cuando al atar­decer, las tres pasean junto al mar, sentís pasar ante vosotros algo muy importante y muy rítmico, y os da la impresión de estar leyendo la Historia Universal de Bossuet».

Un molino de viento, un barco de vela son también símbolos de la Bien Plantada («El molino de viento es un castillo vigilante en el imperio de la Bien Plantada»), como lo son el estilo de Jenofonte y las elegancias de Ramón de Sibiude en su Teología natu­ral. El imperio de la Bien Plantada se ha ensanchado desde el pequeño lugar de ve­raneo hasta todo el dominio de la Historia, del Pensamiento, del Arte, y, en fin, del Universo. Símbolo de la historia y de la tradición catalana lo es Teresa, y la misma ley que gobierna su presencia y su labor determinó Los Usatges (v.) y el libro del Consulado de Mar (v.), la escultura de Ciará y de Casanovas, la pintura de Sunyer, la «Renaixenga», la restauración de los estu­dios clásicos en Cataluña, el «Cant espi­ritual» de Maragall, la obra de Dalmau, el pórtico de Ripoll, etc. En unos intermedios o pausas se contraponen a Teresa una serie de arquetipos femeninos y se narra el epi­sodio de su amiga Magdalena. Pero el me­jor símbolo de Teresa es un árbol: «Por las raíces bajas el árbol está bien plantado en la tierra. Por las raíces altas está bien plantado en el aire y en el cielo». Teresa, con todo, en «el fondo de su corazón» ha elegido ya su destino. Esta sospecha — la lucha entre Anécdota y Categoría — y la huida del buen tiempo dejan al glosador sumido en el temor de que se derrumbe el edificio de «lento aprendizaje» de serenidad, orden y armonía. A pesar de que ella cum­ple mejor así el destino de la Raza, su ausencia significa aparentemente una renun­cia a la Tradición, a la luz, al mediterranismo «ancestral y armonioso», a las condicio­nes de civilidad. La final aparición de la Bien Plantada da ocasión a d’Ors para ex­poner el programa ideológico y estético del Novecentismo: contra los residuos del ro­manticismo dicta ella una norma de sereni­dad y contención, normalidad y mesura; exalta la tradición y la raza, el valor de la ironía, de las formas perfectas, de la ele­gancia; aconseja la vigilancia constante sobre el espíritu, etc. El epílogo es una incitación a la constancia, al trabajo conti­nuado, personificado en Nando, el pescador que tiene que «remar todos los días»: «Las inspiraciones significan momentos divinos; pero la continuidad representa también una inspiración, que santifica una larga serie de momentos».

La Bien Plantada, una de las obras decisivas de la literatura catalana actual, es la expresión más perfecta del pensamiento dorsiano y es el núcleo gene­rador de toda su producción posterior, que ha ido creciendo, casi diríamos, en forma de círculos concéntricos alrededor de ella. Adolece quizá por su excesivo tono sibilino y su acentuado lirismo literario. Los críticos han visto semejanzas con Le jardín de Bérénice, con algunos de los discursos de d’Annunzio, etc. El orden, serenidad y cla­sicismo que constituyen la esencia del pen­samiento dorsiano se resuelven — por el «predominio de la forma» que hay en su doctrina— plásticamente en la figura de la Bien Plantada y el ejercicio y aplicación de este orden en la vida práctica llegan a tener un valor de canon, de rito litúrgico. D’Ors pretende resolver con ello el dilema entre pensamiento y acción, y establecer una norma de vida mediante el pensamiento: «Aconsejaron los últimos románticos: Haz tu propia vida como un poema. La Bien Plantada aconseja más pronto: Haz tu pro­pia vida como la elegante demostración de un teorema matemático». Las condiciones de armonía, orden, serenidad, que proclama d’Ors tienen su fundamento en el «seny», la cualidad sobresaliente del temperamento catalán, cualidad que, como advierte un crítico, libera por igual del frío racionalis­mo y del tumultuoso irracionalismo. Final­mente cumple destacar que las teorías de d’Ors y en especial La Bien Plantada cons­tituyen la más completa reacción contra los epígonos del Romanticismo y contra Mara­gall, al afirmar, con su sentido de eternidad y universalidad, el valor del clasicismo la­tente en nuestra sensibilidad mediterránea, fundamento de su obra y de su sistema. Traducción castellana por Rafael Marquina (Madrid-Barcelona, 1920).

A. Comas

En su «Cataluña adulta» d’Ors hubiera querido ahogar las llamaradas de la arqui­tectura de Gaudí con los trazos sencillos del Partenón; limitar las estridencias ama­rillas del impresionismo de Rusiñol con la línea geométrica de Poussin; convertir la sardana en sinfonía de Mozart… (A. Valbuena Prat)