Novela histórica del escritor y estadista español Emilio Castelar (1832-1899), que, publicada en 1878, alcanzó una segunda edición el año siguiente. Sería inútil considerarla como un documento sobre la vida del pintor florentino, cuando el propio autor advierte en el prólogo que no respetará estrictamente la verdad histórica, alegando que el género novelesco «permite agrupar hechos ocurridos en varios períodos característicos del siglo que se quiere ajustar a la invención de los argumentos».
Así, el amor por Lucrecia, según esta obra, se despertó durante la juventud del pintor, y éste profesa solemnemente en la Orden carmelitana el día mismo en que su amada ha de celebrar sus bodas con Guido de Montaperto. Mas ya al pie del altar, se niega Lucrecia a contraer el matrimonio impuesto por su padre y prefiere retirarse al convento de Santa Margarita, en Prato. Enterado de su error, Filippo, que en el ínterin ha cautivado con su pintura la voluntad de Cosme de Médicis, quiere en vano obtener de Eugenio IV dispensa para contraer matrimonio. Y cuando es llamado por las monjas de Santa Margarita para decorar el convento, sucede lo inevitable: rapta a su amada. Mas, a diferencia de lo sucedido en la reálidad, dos personajes se interponen entre los dos amantes: uno, Guido, el galán desairado, que abriga los más negros propósitos de venganza; el otro, Fray Serafín, amigo y ángel bueno de Fra Filippo, quien se las ingenia a un tiempo para evitar la unión pecaminosa y librar al pintor de las asechanzas de su rival. La captura de Filippo por unos piratas berberiscos, que Vasari sitúa en la Marca de Ancona, Castelar la traslada a Venecia, donde había obligado a huir a los amantes en compañía de Fray Serafín, y el causante del lance es el vengativo Guido. El cautiverio en Túnez se enriquece con algunas digresiones sobre la caída del reino árabe de Granada; y con complicados lances de amor que llevan a Lippi al borde del patíbulo.
El verdugo iba a ser nada menos que Guido, convenientemente enmascarado; pero, como en la anécdota de Vasari, salva al pintor el maravilloso retrato que, en el último momento, hace del sultán. De regreso a Italia, Filippo consigue la suspirada bula de dispensa, y se dispone a celebrar, por fin, las bodas con Lucrecia. Pero el inevitable Guido ha tenido ocasión de envenenar el vino que, en copa artísticamente cincelada, han de beber los esposos al entrar en la cámara nupcial. Bebe Filippo, da a beber a su esposa, y aparece entonces Guido para anunciarles su próximo fin. Y sólo después de haberse gozado con la muerte de ambos se traspasa con un puñal el corazón.
El libro, truculento como los del género y novelísticamente no muy bien llevado — pues como alguien dijo de Castelar: «no conocía bastante el corazón humano para escribir buenas novelas» —, en realidad no es más que un pretexto para retratar la vida italiana del Renacimiento. Los diversos lances que se acumulan a lo largo de sus páginas, parecen puestos únicamente para dar pie a largas disquisiciones sobre Florencia y Venecia, Nápoles o Roma, para hacer desfilar las instituciones políticas, el progreso de las artes, la vida cortesana, sobre un cañamazo que reúne hechos y figuras que en la realidad estuvieron muy distantes unos de otros, algunos de ellos fuera incluso de los años de la vida de Lippi. Parecen puestos, sobre todo y únicamente, para «pintar — como dice el autor — la resurrección pagana hecha por los conjuros del arte». El procedimiento no era nuevo, sino muy corriente entre los escritores de la época. Y tampoco puede decirse que, novelísticamente, el libro de Castelar sea más afortunado que los demás del mismo tipo.
J. R. Masoliver

