Es famosa la Fábula de Polifemo y Galatea, poema en octavas del poeta español Luis de Góngora (1561-1627), que lo compuso en 1612 y lo dedicó al conde de Niebla. El tema, que se inspira en Ovidio, había ya sido tratado por Marino, por Stigliani y por un compatriota del poeta, Luis Carrillo de Sotomayor; pero Góngora lo volvió a tratar con absoluta libertad e hizo de él una creación nueva y original.
La fábula se torna en sus manos un pretexto para un sutil arte de filigrana, que, entreteniéndose en pormenores descriptivos, estilísticamente considerados, genera poco a poco una luciente atmósfera, dentro de la cual se perfilan, pálidas y esfumadas, lejanas criaturas de mito, formas y figuras de excepción. Góngora no presenta a ninguna en visión sintética y unificadora; se entretiene en el fragmento y se escucha; sugiere y sugestiona, incitando a la colaboración con él.
La caverna horrenda de Polifemo; su gigantesca estatura, que le convierte en «un monte de miembros eminente»; el espantoso aspecto de su rostro iluminado en «el orbe de su frente» por un ojo, émulo del sol; la negrura de su cabellera abandonada a todos los vientos, el río de su barba surcado por los dedos de la mano, el inmenso zurrón rebosante de fruta; el son de su zampoña, que confunde las selvas y altera el mar, hacen surgir ante nuestra fantasía una figura enorme, poderosa y maciza en contraste estridente con la ágil Galatea, la ninfa fugitiva a quien él adora porque Galatea, que en sí compendia las dotes de las Gracias, es la belleza ideal, soñada y entrevista: la belleza que arrastra en pos de sí a los habitantes del mar y que arranca de sus ocupaciones a los trabajadores de la tierra, en la Sicilia opulenta y fecunda, inundada por la luz del sol.
Abiertos ya los horizontes de su evocación, Góngora nos eleva al encuentro de Acis y Galatea; la ninfa se duerme, desnuda, sobre la hierba, junto a una fuente, al canto de los ruiseñores; el joven, admirado de tanta belleza, se detiene ante ella y, en acto de conmovida admiración, le ofrece dones agrestes como a divinidad desconocida. Después el despertar de Galatea que entre las frondas descubre a Acis, tendido en el suelo fingiendo dormir, contemplación inmóvil y suspensa, y primer latido de amor. Góngora procede por cuadritos cerrados; capta los momentos espirituales desde fuera, pero los interpreta fijando sentimentalmente cada acto y cada ademán. Los dos jóvenes, entre los invisibles filtros de una naturaleza exuberante, unen sus cuerpos como dos flores de carne que se enlazan. En aquel momento resuena el canto armonioso y terrible de Polifemo, que se exalta en Galatea ensalzando sus propias riquezas, su fuerza y su origen divino.
Acis y Galatea huyen temiendo por su suerte; pero Polifemo los descubre y, lleno de ira, arroja violentamente la cima de un peñasco sobre el joven, el cual queda aplastado y sepultado. A ruegos de Galatea la sangre del cuerpo de Acis se transformó en agua y se convirtió en arroyo que, fluyendo entre flores, llegó al mar («Doris… con llanto pío/yerno lo saludó, lo aclamó río»). El poemita ofrece a una primera lectura todas las dificultades de que está erizado el estilo de Góngora; a menudo hermético, rico en metáforas atrevidas, en transposiciones violentas y remotas alusiones, siempre alejado de la palabra concreta para extenderse en un mundo conceptual y abstracto. Su arte exige una penosa y lenta preparación; después de la cual se descubren deslumbradores panoramas poéticos y se captan notas del más puro lirismo.
[El poema de Góngora ha sido estudiado recientemente por Antonio Vilano- va en su libro Las fuentes y los temas del «Polifemo» de Góngora (Madrid, 1957-58), que no sólo constituye un análisis exhaustivo de dicho poema, sino también un inmenso repertorio de los temas de la poesía renacentista.
M. Casella
Escribió en todos los estilos con elegancia, y en las cosas festivas a que se inclinaba mucho, fueron sus sales no menos celebradas que las de Marcial, y mucho más honestas. Tenemos singulares obras suyas en aquel estilo puro, continuadas por la mayor parte de su edad, de que aprendimos todos erudición y dulzura… mas no contento de haber hallado en aquella blandura y suavidad el último grado de la fama, quiso (a lo que siempre he creído con buena y sana intención, y no con arrogancia, como muchos que no le son afectos han pensado) enriquecer el arte y aun la lengua con tales encamaciones y figuras cuales nunca fueron imaginadas, ni hasta su tiempo vistas. (Lope de Vega)
Junto a los mejores sonetos, la Fábula de Polifemo y Galatea se halla en el centro cumbre de la creación poética gongorina, como cohesión, arte completo dentro del dinamismo barroco, y equilibrio, aunque violento, entre el asunto y la forma exterior. La importancia de este poema es tal que pudiera inaugurarse una teoría de la poesía barroca «bajo el signo de Polifemo». (A. Valbuena Prat)

