Etzel Andergast, Jakob Wassermann

Novela publicada en 1931. Es la continuación de El caso Maurizius (v.), pero no logra mantener, ni mucho me­nos, la unidad e interés. Esta historia de­biera titularse con más propiedad Josef Kerkhoven. Está a su vez dividida en dos partes: el mundo de ayer (Kerkhoven) y el mundo de hoy (Etzel Andergast).

La pri­mera está asimismo dedicada a un tercer personaje, Irlen, un inglés, antiguo oficial de recia personalidad, que ha debido aban­donar el servicio a causa de su carácter entero e inflexible, y que se une muy pronto a un director de fábrica, despedido asimismo porque había tomado parte en las huelgas. Estos personajes encarnan la idea que Wassermann tiene de una cultura ver­daderamente alemana y del hombre mo­derno. Se oponen a un industrial autori­tario, Otto Kapeller, y a un militar iras­cible que golpea a las gentes en la misma calle. Viajero por el mundo, Irlen ha con­traído una enfermedad incurable en el Con­go; espíritu siempre lúcido en un cuerpo arruinado, ha sido para Kerkhoven una gran lección.

Kerkhoven, por el contrario, no llega a ver claro en él mismo. La novela debía titularse primitivamente Deutschés In­ferno. Kerkhoven, médico, se debate en un mar de dudas y escrúpulos, ¿dónde está el sabio, el hombre caritativo, el charlatán? Siempre esta obsesión a la vez del absoluto y de la nada que angustia a todos los héroes de Wassermann. La «primera existencia» de Kerkhoven ha sido la propia de un humilde médico de provincia. Luego ha llegado a ser célebre, y la «segunda existencia» ha hecho de él otro hombre. Entre tanto ha logrado conquistar el equilibrio interior, gracias al ejemplo de Irlen y de Marie Bergmann, que se ha convertido en su esposa. El objeto de la novela será el análisis del comporta­miento de Etzel frente a este maestro de la ciencia y este apóstol. Va a consultarle por azar a propósito ce unos camaradas desca­rriados. El campeón de la justicia, que triunfó en el proceso de Maurizius, no tie­ne en realidad otra pasión que la del poder. Ella le dicta su actitud frente a su amigo Lorringer, su maestro Kerkhoven y Marie. Encarna el espíritu de la desmesura y del orgullo, el espíritu de justicia es en él tan sólo una forma del instinto de destrucción.

Wassermann ha querido reflejar en él todos esos jóvenes actuales que aspiran a «pasar por la hornada» y penetrar «en la habita­ción en llamas» que descubren el remordi­miento envilecedor y que están atraídos por ese nihilismo frenético, enfermedad de Oc­cidente, como lo fue la peste en la Edad Media. Etzel busca el punto vulnerable de su maestro, a quien sin embargo admira, y lo hallará en su propio hogar, arrebatándole su esposa. Es el hombre que querría un jefe y acto seguido no piensa sino en destruirlo. Cuando ha visto a Kerkhoven hundirse, se va. Pero esto sólo se apunta brevemente en las últimas páginas, cuando le vemos retirarse junto a su madre. Nin­guna pregunta ha sido hecha. ¿Se encon­trará entonces a sí mismo? ¿Hallará por fin la paz de su alma?