Ethan Frome, Edith Wharton

Novela de la escritora norteamericana (1862-1937), publicada en 1911. Ethan Frome es el pro­tagonista de un terrible drama cuyos ele­mentos, no nuevos, encuentran en ella ex­presión original despojada de toda crudeza realista.

En una factoría aislada, cerca de Starkefield, Ethan Frome cultiva con gran­des sacrificios una tierra avara, que ape­nas si le produce para vivir miserable­mente y comprar las medicinas para su mujer, Zenobia, quejumbrosa, enferma y envejecida prematuramente, con quien se casó cuando, a la muerte de su madre, de quien Zenobia era enfermera, sintió el horror del silencio y de la soledad de su casa. Ahora Ethan se sacrifica por ella, dura y egoísta, como antes se sacrificó por sus padres, pero, desde hace algún tiempo, han entrado en su vida la sonrisa y la juventud, con Mattie Silver, una pri­ma pobre y huérfana, que Zenobia se ha traído a casa por no tener dinero con qué pagar una sirvienta. Ethan y Mattie se aman con amor casto y silencioso; Zenobia ve y calla, hasta que un día anuncia su decisión de echar de casa a Mattie.

Ethan sólo puede acompañar a la niña a la esta­ción; ella no tiene dinero y él es tan pobre que de ningún modo puede huir con ella. Durante el trayecto, ambos jóvenes se con­fiesan su mutuo amor, y, desesperados, de­ciden morir juntos; abrazados, se arrojan por el precipicio. Veinte años después de la tragedia, el narrador de la historia co­noce a Ethan, un viejo inválido que posee trágica grandeza; se da cuenta de que vive «en una profundidad de aislamiento moral demasiado remota para que pueda ser com­prendida por ninguna aproximación casual». Un día, Ethan lleva al narrador a su casa; en la destartalada cocina hay dos viejas; una alta y erguida, la otra inmóvil en una butaca, que habla con voz áspera y las­timera.

La enferma es Mattie, Zenobia después de la desgracia, se ha convertido en su solícita y paciente enfermera. La tragedia, que reside sobre todo en la falli­da tentativa de huir a su propia suerte, en la que después vuelve a caer Ethan como un prisionero en el que recrudece la pena, no tiene solución posible. La soledad interior, el silencio en que el viejo prota­gonista aparece sepultado, son, más que la expresión, la imagen de esta fatalidad obs­curamente aceptada, sin resignación. Pero la parte mejor de la novela es la idílica, la del tímido amor entre Ethan y Mattie. La descripción de una tarde, en la que, en ausencia de Zenobia se encuentran solos en la intimidad de la casa, y, contentos con ésta, son felices, es una de las páginas más bellas y delicadas de la Warton.

E. C. Croce