Esplendores y Miserias de las Cortesanas, Honoré de Balzac

[Splendeurs et miséres des courtisanes]. Amplia obra narrativa que consta en realidad de cuatro novelas publicadas de 1839 a 1847. La obra se presenta como una continuación de la novela Las ilusiones perdidas (v.).

Al final de ésta, Luciano de Rubempré evitó el suicidio gracias a un curioso tipo de cura y diplomático español, Carlos Herrera, que, con raras y terribles palabras, promete al ambicioso joven hacerle conquistar la gloria y el poder en aquel bello mundo parisiense que le ha rechazado tras su derrota. Pero en reali­dad, el falso cura no es más que Jaime Collin, expresidario, célebre y genial ban­dido, conocido también con el legendario nombre de Vautrin, quien quiere servirse de la belleza y del fácil y brillante inge­nio de Luciano para llevar a cabo sus in­trigas en el mundo de la alta sociedad. En efecto, secretamente apoyado y subvencio­nado por él, Luciano vuelve a ser alguien en París. Mientras, suscita el amor de la bellísima cortesana judía Ester, que, puri­ficada por su gran pasión, quiere rehabilitarse y llegar a ser digna de él. Vautrin, o sea, don Carlos, ve el peligro y trata de separar a los dos jóvenes, secuestrando a Ester en un misterioso piso de donde la mu­jer sólo puede salir por la noche.

Entre tan­to, Luciano ama, y es correspondido, a la hija de la duquesa de Grandlieu que repre­senta el mayor triunfo en el juego de Carlos; pero el padre no aprobará el matrimo­nio hasta que Luciano pueda disponer de riquezas. La casualidad hace encontrar en una noche de agosto al barón Nucingen con la joven Ester en el bosque de Vincennes; el anciano queda impresionado por la belleza de la mujer y quiere volverla a ver y amarla. Vautrin-Carlos, que empieza a ir mal de dinero, explota la ocasión para sacar cuánto dinero puede al genio de la economía, cegado y trastornado por su pasión senil. Hasta aquí la primera parte, que tiene el título El amor de las cortesa­nas [Comment aiment les filies]. La segun­da parte desarrolla la intriga de Carlos y se titula Lo que cuesta el amor a los an­cianos [A combien Vamour revient aux vieillards], El expresidario trata de per­suadir a Ester para que acceda a ser la amante del barón, «si es que quiere ase­gurar con su sacrificio el porvenir del hom­bre que ama.

Alrededor de este episodio central hay muchos episodios de la lucha entre el servicio secreto de la policía del estado, que sospecha la verdadera persona­lidad de Carlos Herrera, y disfraces, ace­chos, envenenamientos, en fin, todo el apa­rato de la novela* policíaca. Córentin, jefe del servicio, se entera al fin de toda la in­triga, ‘pero el astuto-cura español consigue escabullirse de nuevo. Ester,, a quien Nu­cingen ha levantado generosamente un tro­no digno de ella, se matará tras la prome­tida noche de amor. Nucingen denuncia a Carlos y la policía logra hacerse con él. Éster que está enterado de la herencia de siete millones de Ester, consigue redactar, imitando perfectamente la letra de la mu­chacha, un testamento con el que ésta lo deja todo a Luciano; acto seguido es dete­nido.

Al mismo tiempo detienen a Luciano, camino de Fontainebleau, donde iba a te­ner una última entrevista con Clotilde de Grandlieu, de viaje para Italia, lugar al que sus padres la envían para alejarla de él. Desaparecida la infeliz Ester, sigue la his­toria de Luciano, en la tercera parte, Los malos caminos [Oít, ménent les mauvais chemins], Collin consigue preparar un plan de defensa; interrogado, se muestra ante los jueces en toda su grandeza y genero­sidad, pero no puede evitar que interro­guen a Luciano y que éste diga, trastor­nado por la ilusión de la libertad y de la riqueza que le asegura el testamento de Ester, lo suficiente para comprometer a su amigo y bienhechor. Mientras tanto, Ma­dame Sérizy, amiga de Luciano, se sirve de su influencia sobre el Procurador Ge­neral para arrancar de las manos de los jueces los comprometedores interrogatorios y quemarlos. Luciano, abatido por él re­mordimiento por el daño que causó a su amigo, escribe al Procurador una carta de retractación y se ahorca en su calabozo.

Eliminado de la lucha también el débil Luciano, la historia sigue justificando cada vez menos el título general de la obra, en la cuarta parte titulada -La última en­carnación de Vautrin [La demiére incarnation de Vautrin]: una aventura ahora ya meramente policíaca inspirada por los re­cientes recuerdos del célebre presidiario Vidocq. Balzac, en efecto, imagina que el jefe de policía de aquel tiempo es un expresidario, conocido con el nombre de Bibi-Lupin, que odia mortalmente a su an­tiguo rival Vautrin, y trata de deshacerse de él ahora que le tiene en sus garras. Es una lucha mortal entre los dos, hasta que Vautrin llega a enterarse de que el otro está complicado en numerosos asuntos. En­tonces ‘pide una entrevista con el Procura­dor General y le dice sinceramente quién es: está dispuesto a devolver las cartas comprometedoras dirigidas a Luciano por las señoras del gran mundo que el Procu­rador quiere salvar, pide por ello su li­bertad y da a entender por añadidura que tiene unos preciosos informes sobre la in­fidelidad de Bibi-Lupin.

Está presente el comisario Corentin, el más inteligente ene­migo de Vautrin: éste comprende qué el expresidario está ahora ya cansado de la lucha contra la sociedad y dispuesto a cam­biar de partido; también comprende que será un hombre precioso cuando se haya hecho cargo del puesto de Bibi-Lupin, que será destituido. Vautrin asume de este modo su última encarnación, llegando a ser un diligente e incorruptible jefe de policía. Con este golpe de escena concluye esta obra amplia y singular, en la que Balzac ha vertido sin freno su genio in­ventivo, su gusto de la intriga, su román­tica visión de una sociedad en cuyo juego fuerzas misteriosas y secretas entran en una proporción que los profanos ni siquie­ra pueden sospechar. No carecen los cuatro libros de páginas y capítulos dignos del mejor Balzac; Ester, la cortesana rehabili­tada por el amor, es dibujada con rasgos muy penetrantes y detalles exquisitos; la infeliz pasión senil de Nucingen tiene a veces acentos de emocionada humanidad. Pero por encima de todo se levanta la figu­ra de Vautrin, en el que el mito del presi­diario generoso y fundamentalmente bue­no, que continuará el mismo Hugo en los Miserables (v.), parece encarnado con esos sugestivos modos de realismo mágico de los que Balzac fue un insuperable maestro. [Trad. de Joaquín García Bravo (Barcelona, s. a.)].

M. Bonfantini

Todos los caracteres de Balzac tienen el don del mismo ardor de vida que ani­maba a él mismo; todos sus inventos tienen los colores profundos de los sueños, cada espíritu un arma cargada de voluntad hasta la boca; «y tos mismos criados tienen genio» (Wilde)

La representación de la virtud y de la gracia no le sale bien a Balzac; su genio empieza con la vulgaridad y el vicio. (Lanson)

El materialismo de Balzac es un tópico de Sainte-Beuve… la generación de 1850 ha hecho de Balzac el jefe de la escuela de la literatura sensualista y «brutal», cen­surado por Weiss, admirado por Taine. Los manuales de literatura transmitieron esta consigna. Es un punto de vista completa­mente superado. (Thibaudet)