Epístolas de San Juan Crisóstomo

Co­lección de cerca de 240 cartas de San Juan Crisóstomo (344 ó 347-407), uno de los más ilustres entre los padres de la Iglesia, autor entre otras obras de las famosas Homilías (v.). Corresponden, en su mayor parte, al último período de la actividad de San Juan, que obligado a alejarse de Constantinopla, mantuvo activas relaciones epistolares con sus discípulos y amigos y especialmente con una viuda, Olimpia. En su mayor parte, están escritas en el destierro, primero en Cucuso, en Armenia, «el lugar más solita­rio de la tierra habitada», y después en Pitionta, localidad de la costa oriental del Mar Negro, donde San Juan fue mandado más tarde, porque desde Cucuso eran de­masiado fáciles y frecuentes sus contactos con los fieles de Constantinopla.

La más antigua de las cartas conservadas, escrita en el 404, poco antes de ser expulsado defini­tivamente de Constantinopla, está dirigida por el autor al papa Inocencio I, para informarle de los atropellos de que había sido víctima; una segunda carta, está dirigida a Inocencio desde Cucuso. Las otras, diri­gidas a diversas personas, contienen noti­cias sobre la vida y las peripecias de San Juan durante el viaje y el destierro, obser­vaciones del autor sobre los lugares y los habitantes, expresiones de gratitud para los antiguos discípulos que le permanecían fieles. También en el destierro mantuvo San Juan notable actividad y en las cartas a menudo da órdenes, instrucciones y con­sejos para la difusión de la fe en Fenicia, Cilicia y Persia.

Algunas, entre las más largas, contienen exhortaciones y expresio­nes de estímulo para los que le permane­cían fieles; en otras aparece, por el con­trario, cansado y desanimado. En conjunto, las Cartas constituyen una documentación completa de los últimos acontecimientos de la vida de San Juan; transparentan la no­bleza de su figura moral, porque en la fe y en la conciencia de la justicia de su pro­pia causa, supo hallar una segura fuente de serenidad. La afirmación tan a menudo re­petida «la verdadera y única infelicidad es el pecado», es aquí tanto más sentida y convincente, por estar pronunciada du­rante tan dolorosas experiencias personales.

C. Schick