Epístola de Aristeas a su Hermano Filócrates

Obra en lengua grie­ga, conocida también como Auténtica re­lación de Aristeas, etc., escrita probable­mente en el siglo II o a principios del I a. de C. por un judío residente en Egipto, que debió tener a su disposición datos y documentos originales referentes a los he­chos narrados, mezclándolos con elementos legendarios. Se atribuye a un Aristeas, se­guramente autor de un libro sobre los he­breos del cual poseemos un fragmento, donde aparece como enviado por Tolomeo Filadelfo, rey de Egipto (309-246 a. de C.) en embajada a Eleazar, Sumo Sacerdote de los judíos, para obtener una copia de la Biblia y el envío de setenta y dos hom­bres — seis por cada una de las tribus de Israel, elegidos entre los más venerables, más doctos y más experimentados en la interpretación de los libros Sagrados he­breos— para proceder al arduo trabajo de la traducción griega del texto hebreo.

Aquí narra a su hermano Filócrates el origen de la idea, las peripecias de su actuación, el éxito de la embajada y las cosas nota­bles por él observadas y admiradas durante su estancia en Jerusalén: cómo Demetrio Falereo, bibliotecario del rey, deseoso de enriquecer la biblioteca real con el tesoro de la literatura sagrada hebraica, hizo pre­sente al rey que sólo los doctos hebreos conocían la pronunciación y el significado de la lengua de los textos sagrados; cómo el rey admitió la propuesta y así Aristeas aprovechó la ocasión para interceder por la liberación de más de cien mil hebreos que había hecho esclavos el rey su padre. Se habla de las cartas cambiadas entre el rey y Eleazar; de los riquísimos regalos y ornamentos sacros enviados por el rey, junto con una preciosa mesa de oro para el templo de Jerusalén; de los 72 intérpre­tes elegidos por Eleazar, de la acogida dispensada por Tolomeo al cortejo de los intérpretes que le llevaban preciosos vo­lúmenes de la Biblia; de las 72 cuestiones presentadas por él, una para cada intér­prete, sobre problemas morales y sociales, y de las respectivas respuestas, llenas de sabiduría.

Como pruebas de autenticidad se toman: la afirmación del pseudo Aris­teas, según la cual tomó cuidadosamente preguntas y respuestas de las actas reales cotidianamente registradas y conservadas en los archivos regios y que le fueron co­municadas con absoluta sinceridad; la des­cripción minuciosa que hace de los artís­ticos tesoros enviados por el rey, y los detalles de la descripción del templo de Jerusalén, de la torre que le defendía, de la ciudad misma y de la riqueza y ferti­lidad de su campiña. Los setenta y dos intérpretes, llevados a una isla no lejos de Alejandría, y alojados en un hermoso palacio junto al mar, terminaron en se­tenta y dos días (aquí es evidente el ele-mentó legendario) su trabajo, procediendo tras largas discusiones a la interpretación y traducción del texto, que con solemne ceremonia presentaron a Demetrio, «mal­diciendo», por indicación suya, «a quien osase añadir, cambiar, transportar o can­celar alguna de las partes escritas», mien­tras éste se comprometía, a su vez, a man­tener la misma integridad. Toda la Epístola sirve como fondo para atraer la venera­ción y simpatía de los griegos hacia la doctrina y la moral hebreas, fin principal de la obra. En 1593 Leonardo Cernoti tra­dujo la Epístola al italiano.

G. Pioli