Epístola a Tito, San Pablo

Esta carta, escrita por inmediatamente después de la primera a Timoteo, con la cual tiene grandes semejanzas de estilo y de pensa­miento, manifiesta la sagacidad del Após­tol en la selección de los buenos sacerdo­tes y obispos.

Tito, un pagano convertido, luego colaborador de San Pablo, fue puesto por éste a la cabeza de la Iglesia de Cre­ta. Se encontraba en Candía cuando reci­bió esta carta del Maestro, que se la envia­ba, con toda probabilidad, desde Nicópolis, ciudad de Tracia en los confines macedó­nicos. Después de saludar afectuosamente a Tito le advierte que reprenda a los cre­tenses, por naturaleza duros, obstinados y viciosos, para que sean obedientes a los príncipes y a los magistrados, y les reco­mienda que eviten todo contacto con los heréticos. Conociendo las leyes de los cre­tenses que obligaban a sus súbditos a casarse muy jóvenes, le permite ordenar para el sacerdocio y el episcopado a hombres casados pero no corrompidos.

Las bellezas literarias escasean en esta epístola, pero son numerosas sus enseñanzas. Con todo es espléndido el retrato del buen obispo, y noble y solemne el lenguaje en el capí­tulo III, donde el Apóstol trata del gran misterio de la Encarnación. Dios aparece como sol luminoso que disipa las tinie­blas, justifica por medio de la gracia y nos hace herederos de la -vida eterna. La autenticidad de esta epístola, aunque dis­cutida por algunos racionalistas, es admi­tida por la Iglesia católica fundándose en testimonios patrísticos.

G. Boson