Eneida, Publio Virgilio Marón

[Aeneis], El mayor poema de la romanidad, escrito desde el año 29 has­ta la víspera de su muerte. La obra quedó inacabada, ya en los versos, que de vez en cuando aparecen por terminar, ya en las incoherencias de la composición y la es­tructura del relato.

Según la voluntad del poeta, debía haber perecido entre las lla­mas, pero Augusto quiso que se salvase y publicase sin retoque alguno. Consta de dos partes de igual extensión, netamente sepa­radas y distintas: la primera (libros I-VI), imitada de la Odisea, (v.) narra los viajes de Eneas (v.), hasta su llegada a Italia; la segunda (VII-XII), imitada de la Ilíada (v.), las guerras por la conquista del Lacio, hasta la fundación del reino de Lavinio. Después de seis años de azarosos viajes, Eneas está a punto de llegar a Italia, cuan­do he aquí que Juno logra dispersar las naves de los troyanos, las cuales, a duras penas, abordan en Libia. Eneas, mientras en compañía del fiel Acates explora la re­gión, se encuentra con una joven cazadora, por quien se entera de que no lejos está una ciudad, Cartago, cuya fundadora es Dido (v.), huida de Tiro después de la muerte de su marido Siqueo.

Cuando la ca­zadora se aleja, Eneas reconoce, en su celes­te perfume, que no era otra que su propia madre, Venus. Con Acates se dirige enton­ces a la ciudad, donde se está construyen­do un magnífico templo a Juno. Las pare­des del templo están ornamentadas con episodios de la guerra de Troya. Dido, a quien Eneas se presenta junto con sus compañeros, invita al héroe a un banquete en su palacio. Eneas manda llamar a su hijo Ascanio, para que traiga presentes a la reina. Pero Venus, que teme la perfidia cartaginesa, reemplaza al joven, adorme­cido, por Cupido, a quien hace semejante a él. Dido, ya enamorada, gracias a Cupido, ruega a su huésped que le narre la caída de Troya y su vida errante (libro I).

Eneas empieza el relato del día que precede a la ruina: los griegos, después de construir un enorme caballo de madera, lo llenan de hé­roes y, simulando la partida, se esconden detrás de las islas de Ténedos. A los tro­yanos, estupefactos, un griego prisionero, Sinón, que se finge perseguido por Ulises, les declara que los sitiadores han decidido retirarse después de haber construido aquel caballo para congraciarse con Palas, irri­tada contra ellos, y lo han hecho tan gran­de para que los troyanos no puedan hacerlo entrar por las puertas de la ciudad. El sacerdote Laocoonte (v.), mientras aconse­jaba no recoger el caballo, es muerto por dos serpientes, lo cual hace creer al pueblo que ha perecido víctima de su impiedad. Derríbanse pues los muros de la ciudad, y se hace entrar al caballo, que es colocado en lo alto de la ciudadela. Cuando todos los troyanos están sumidos en el sueño, salen del caballo los héroes aqueos. Eneas, a quien se aparece en sueños Héctor (v.) se despierta cuando las casas de Troya empie­zan ya a arder; reúne a un grupo de valien­tes y con ellos ataca y da muerte a algu­nos griegos, con cuyas armas se reviste después, para poder causar entre los ene­migos mayor estrago. Pero, agobiados por el número, los troyanos sucumben.

Eneas se queda solo y corre al palacio de Príamo (v.), donde ve morir al anciano rey; este espectáculo le recuerda a su padre, viejo como Príamo, a su mujer indefensa, Creusa, y a su hijo Julo. Va en su busca, y cargándose a los hombros a su padre, llevando por la mano a su hijo, y seguido de Creu­sa — la cual, sin embargo, no tarda en desaparecer en medio del tumulto — huye en la noche. Al amanecer, Eneas toma el camino de las montañas (libro II). Abando­nada la costa troyana, llega a Tracia, pero, como allí fue asesinado un hijo de Príamo, Polidoro, debe dejar aquella tierra maldita. En Délos, el oráculo de Apolo, interroga­do, le contesta que busque las tierras de sus abuelos. Anquises supone que se trata de Creta; se dirigen allí y fundan una ciu­dad, Pergamea; pero la peste no tarda en hacerles huir de aquel lugar. Eneas tiene entonces una visión: se le aparecen los Pe­nates y le dicen que su antigua madre es la tierra Ausonia, de donde procedía Dardano. Ponen rumbo a las islas Estrófadas; las harpías predicen que Eneas fundará su ciudad en Italia, pero después que el ham­bre le obligue a «comerse las mesas”. Lle­gan a Ancio, desde donde hacen rumbo a Butroto.

Andrómaca (v.), viuda de Héctor, que se ha casado con el adivino Heleno, en cuanto ve a Eneas y las armas troyanas, se desmaya de emoción. Después de un paté­tico diálogo, Eneas reanuda su viaje y des­embarca en el puerto de Venus, que es su primer arribo al suelo itálico. Llegado a la vista de Escila y Caribdis, tuerce el rumbo hacia la izquierda y toma tierra junto al Etna, en el país de los Cíclopes; luego, cos­teando Sicilia, entra en el puerto de Drépano. Allí muere Anquises, y con esto ter­mina el relato de Eneas (libro III). La reina no sabe ya dominar su pasión: su «unión con Eneas se lleva a cabo en una gruta, durante una cacería, pero la felicidad dura poco. Júpiter envía Mercurio a Eneas, para que le eche en cara su inercia y le recuer­de el reino de Italia. Eneas, obediente, manda preparar a escondidas la flota y per­manece inflexible a los ruegos de la deses­perada Dido. Por la mañana, mientras la flota troyana se aleja, la reina se suicida sobre una pira, después de maldecir a los troyanos y predecirles la venganza de Aní­bal (libro IV). Eneas, llegado a Erice, des­pués de un año de la muerte de Anquises, ofrece libaciones y quiere que el aniver­sario sea celebrado con juegos atléticos. Pero Juno envía a Iris, que persuade a las mujeres de que peguen fuego a las naves, para así poner fin a su larga peregrinación. Arrojan sobre las naves tizones ardiendo, pero un viento providencial evita el incen­dio. Eneas, luego de fundar la ciudad de Acesta, donde se quedan las mujeres y los inválidos, parte para Italia, con la flor de los troyanos. A la vista de Italia, Palinuro (v.), el timonel de la nave, vencido por el sueño, cae al mar juntamente con su timón. Eneas toma el gobierno de la nave y se acerca a Italia (libro V). Llega a Cumas, junto a la caverna de la Sibila, baja al antro, donde el dios profeta le anuncia nuevos peligros y nuevos trabajos, y des­pués de proveerse de un ramo sagrado de hojas de oro y de ofrecer sacrificios a Proserpina y a Plutón, va por el mundo subterráneo de las sombras hasta la laguna Estigia. Allí están Caronte y Cerbero, el perro de tres bocas.

En el Limbo encuen­tra a los niños y los suicidas; más allá, en los campos del llanto, a las almas de los muertos por amor, entre los cuales está Dido, que lo rechaza; más lejos, a los gue­rreros caídos en el campo de batalla. Al llegar al palacio de Plutón, Eneas deja la rama de oro; más adelante, en los Cam­pos Elíseos, el poeta Museo lleva al héroe hasta Anquises, quien enseña a su hijo las almas destinadas a volver sobre la tierra y en especial a los descendientes que de­berá tener Eneas: los reyes albanos, Rómulo, la familia Julia. Le muestra también a los grandes ciudadanos de la república que va a fundar: César, Pompeyo, los dos Marcelos, Claudio, el vencedor de los galos y los cartagineses, y el joven Manlio, so­brino de Augusto. Eneas vuelve al fin entre sus compañeros (libro VI). Llegan a las bo­cas del Tíber: el héroe envía embajadores al rey Latino, el cual los acoge benévola­mente, comprendiendo que Eneas ha de ser el yerno extranjero que el oráculo le ha anunciado. Pero Juno llama a sí a Aleto, para que suscite la discordia y logre que Amata, la esposa de Lavinio, se niegue a que su hija Lavinia se case con un extran­jero, puesto que ha sido prometida antes a Turno (v.), rey de los rútulos. Éste reúne a los suyos.

Todo el Lacio corre a las ar­mas; pásase revista de los héroes itálicos: Mesencio, Lauso, Aventino, Catilo, Cora, Céculo, Mesapo, Clauso, Aleso, Ufente, Umbrón, Virbio, Turno y por último Cami­la (v.), la virgen guerrera (libro VII). Si­guiendo el consejo del dios Tiberino, Eneas remonta el curso del Tíber hasta llegar a Palanteo, pobre ciudad de pastores, estable­cida en el sitio donde nacerá la gran Roma. Después de presentarse al rey Evandro (v.) obtiene de éste fácilmente hospitalidad y alianza; Palante (v.), hijo de Evandro, le acompañará. Durante el banquete que go­zosamente se le ofrece, Eneas escucha el relato de las gestas de Hércules, que dio muerte a Caco allí, de donde nació el cul­to al héroe. Acompañado por el rey, visita aquellos lugares que un día serán famo­sos: el ara máxima, la puerta Carmental, la selva, asilo de Rómulo, el Lupercal y el monte Tarpeyo. Mientras tanto Venus, des­pués de obtener de Vuleano armas para su hijo, se las lleva, esculpidas con los princi­pales pasajes de la historia romana: la loba y los gemelos, el rapto de las Sabinas, Ró­mulo y Tito Tacio, Meció Fucecio, Horacio Cocles y Clelia, los galos y el Capitolio, los salios, los lupercales, los flamines; y final­mente Catilina y Catón.

En medio campea la batalla de Accio (libro VIII). Turno, du­rante la ausencia de Eneas ataca el campa­mento de los troyanos e intenta pegar fuego a las naves, pero Júpiter las transforma en ninfas del mar. Durante el asedio al cam­pamento, Niso (v.), voluntariamente, se ofrece a ir a llevar aviso a Eneas del peli­gro que los suyos están corriendo: su fiel amigo Euríalo (v.) le acompaña. Obtenido el ambicionado permiso, salen de noche. Atraviesan el campamento enemigo, sumi­do en el sueño, y causan en él gran des­calabro. Pero sorprendidos por una patrulla enemiga, Euríalo es preso; Niso, viendo perdido a su amigo, retrocede para vengar su muerte y cae sobre su cadáver: las cabe­zas de ambos, clavadas en sendas picas, son mostradas a los troyanos. Los rútulos, animados por el éxito, atacan con tal audacia que logran forzar la puerta, por -la cual irrumpe Turno; pero separado de los suyos, se ve obligado a huir por el río (libro IX). Júpiter reúne la asamblea de los dioses y, lamentando que los inmortales se hayan inmiscuido en la guerra, protesta de que se debe dejar libre curso al destino.

Eneas, después de estrechar alianza con Tarcón, jefe de los etruscos, se pone en camino con las fuerzas de ambos. Su nave avanza pri­mero, seguida por toda la flota, hasta que llega a la vista del campamento troyano. Turno, en cuanto ve a Eneas, se precipita a impedir el desembarco, y en la pelea se enfrenta con el joven Palante, al cual da muerte. Le arrebata su tahalí cincelado, y se lo pone. Eneas, que quiere vengar a su amigo, busca en vano a Turno, transpor­tado por Juno lejos del campo de batalla (libro X). Al amanecer se celebran los so­lemnes funerales de Palante, el cual, entre lamentos, es llevado en fúnebre cortejo por su padre Evandro. Se pacta una tregua para poder enterrar a los caídos. El tiem­po apremia: confiando el mando de la ca­ballería a la virgen Camila, Turno se aposta en una emboscada. Pero Camila, a pesar de su valor, es muerta por Arunte. Su muerte obliga a Turno a salir a campo abierto (libro XI). Para evitar inútil efu­sión de sangre, el rútulo ofrece luchar en singular combate con Eneas: quien venza tendrá por mujer a Lavinia. Así se estipula con juramento, pero la ninfa Juturna, te­miendo por su hermano, se mezcla en la multitud de los rútulos y logra esparcir el desorden y que una flecha hiera a un aliado de Eneas.

Eneas, en el tumulto, es también herido; de su ausencia de la bata­lla se aprovecha Turno para hacer una gran matanza de troyanos, pero pronto el héroe, curado, vuelve al campo; los enemi­gos, temblorosos al verle, se ponen en fuga. La reina Amata, viéndose perdida, se da la muerte. Ya no hay salvación para los rútulos. Turno, comprendiendo la gravedad del momento, quiere morir de un modo digno de su nobleza: acude a los muros y provoca a Eneas a combate singular. Se en­frentan los dos con indecible furor, pero Turno, después de quebrar su espada con­tra la armadura de Eneas, se ve forzado a huir, seguido por el héroe. Los dioses deci­den la victoria de los troyanos, pero que no sean ellos quienes den a los latinos su nombre, su lengua ni sus leyes: de la muer­te de Troya nacerá Roma. Turno está ya perdido; derribado y herido, pide gracia a Eneas, el cual, compadecido, está ya a punto de perdonarle la vida cuando, al ver que lleva el tahalí de Palante, recuerda su juramento de venganza y le da el golpe mortal (libro XII). Tal es la estructura épico-dramática del poema, el más rico en ex­periencias y espiritualidad de toda la litera­tura latina, porque el poeta mezcló a las fábulas antiguas las razones ideológicas del momento y los sentidos profundos de la historia.

El fatal andar errante de Eneas y las largas penalidades de la guerra latina dan la impresión de un destino sobrehuma­no. Lo maravilloso y lo sobrenatural, las divinidades del cielo, de la tierra, del mar, de los ríos, las ninfas, los héroes y los semidioses se mezclan a las aventuras de los hombres; pero lo sobrenatural está siempre y únicamente usado como sublima­ción de lo real, como potenciación de los afectos, sentimientos y pasiones que resi­den en el corazón humano. En el cuadro general del poema, desde la caída de Tro­ya hasta la muerte de Turno, hay un úni­co y orgánico proceso evolutivo, que debe conducir a la fundación de Roma. Pero si los hados, desde lo alto, inflexibles y eter­nos, mandan, aquí en la tierra los hom­bres siguen sufriendo: las penalidades de Eneas se fundan todas en su ansia incon­tenible de buscar -una nueva patria. Los sufrimientos del ánimo, la añoranza del pasado, la esperanza de un futuro mejor y la devoción por su divina madre Venus y por la prole que nacerá de Ascanio dan mayor relieve y más intenso valor patético a la promesa del destino y a.la gloria de la futura ciudad. Pero todo esto no se identi­fica tanto con el mundo heroico de los an­tiguos como con el caballeresco y casi cristiano de los más modernos. Por todos los cantos aletea un espíritu ascético, como el que suscita el estado de ánimo de una cruzada.

La misma suerte de Turno no es un acto de ferocidad, sino que representa el necesario epílogo de un triste aconteci­miento, preestablecido para abrir el cami­no al reino latino y a la futura grandeza de Roma. Bajo este aspecto el poema es verdaderamente épico, ya que la épica de los romanos, formada lentamente a través de un proceso de evolución popular y lite­raria, había relacionado, ya desde siglos antes, el origen de la Urbe con los troyanos más que con los griegos. Con Vinillo, esta concepción toma una forma más sis­temática y compleja, en cuanto el poeta supone que los troyanos mismos descen­dían de D ardan o, señor de Cortona en Etruria, y que, una vez destruida Troya, buscan su antigua patria. La ascendencia troyana encuentra un ulterior perfeccionamiento en el árbol genealógico de la familia Julia, la cual, con César y Octavio, se alababa de descender de Julio Ascanio, hijo de Eneas, o sea del más ilustre de los troyanos que llegaron al Lacio. Pero todos estos elementos de propaganda fueron reelabora- dos lírica y dramáticamente; los persona­jes, en gran parte de ambiente homérico, si bien por un lado pierden algo de su aureola mítica y legendaria, por el otro aparecen filtrados a través de una expe­riencia helenística, esto es, a través de la técnica, ya del poema épico breve, o «epilio», ya del teatro burgués.

Son pues hu­manos y no divinos, y algunos de ellos diríanse que no pertenecen a la epopeya. El pretexto patriótico, la inspiración polí­tica, la ocasión panegirista, aunque más integrales y más conexos con los aconte­cimientos de lo que lo estaban las fugaces alusiones de las Bucólicas (v.) o las digre­siones forzadamente insertas en las Geórgi­cas (v.), aparecen siempre como algo subs­tancialmente distinto y no enteramente asi­milable por el genio poético de Virgilio. El cual se detiene con mayor complacen­cia en el joven Marcelo, muerto como Polidoro, Euríalo, Niso, Palante, Camila, en la flor de su edad, que en los nombres ilustres de los grandes romanos como los Fabio, los Escipiones y los Césares. La Eneida, a diferencia de los poemas homé­ricos, no es la epopeya de lo divino, sino de lo humano, transferido a la leyenda. [La primera traducción castellana de la Eneida, es la versión en prosa de don Enri­que de Vi llena, empezada el 28 de septiem­bre de 1427 y terminada un año después, en 1428.

La primera traducción en verso se debe al humanista toledano Dr. Gregorio Hernández de Velasco, cuya versión de Los doce libros de la Eneida de Virgilio en octava rima y verso suelto apareció por vez primera en Amberes, 1557 y fue mu­chas veces reimpresa. Alcanzó también ex­traordinaria difusión la traducción literal y fidelísima, en prosa no muy elegante y fluida, del valenciano Diego López publicada en el volumen de Las Obras de Publio Virgilio Marón (Valladolid, 1601) vulgarísi­mo en el siglo XVII. Un mero interés his­tórico y bibliográfico poseen la traducción en verso, en tercetos y octavas del poeta Cristóbal de Mesa (Madrid, 1615) y la tra­ducción poética en octavas de Juan Fran­cisco de Enciso Monzón (Cádiz, 1698). Mo­dernamente es preciso citar las dos versio­nes en endecasílabos sueltos de Alejandro de Arrúe (Bilbao, 1845) y de Graciliano Al­fonso {Palma de Gran Canaria, 1854); la traducción en hexámetros rítmicos de don Sinibaldo de Mas (Madrid, 1852) y la mag­nífica traducción en octavas reales de Mi­guel Antonio Caro (Bogotá, 1873) consi­derada por Menéndez Pelayo como la mejor que existe en castellano. En prosa debe citarse la excelente versión de don Euge­nio de Ochoa en las Obras completas de P. Virgilio Marón (Madrid, 1869). Final­mente, mencionemos la excelente versión poética al catalán de Lloren Riber (Bar­celona, 1917-18)].

F. Della Corte

No sé que haya por nacer algo más grande que la Ilíada. (Propercio)

Virgilio posee la facultad creadora, sobriamente, con discernimiento y una especie de lentitud. (Sainte-Beuve)

Hexámetros que suenan a hojalata, pro­logando la serie de palabras pesadas a li­tros según el orden inmutable de una pro­sodia pedante y árida… versos ampulosos y cepillados, con su aire oficial, su baja su­misión a la gramática… versos cortados mecánicamente, con imperturbable cesura (Huysmans)

La Eneida es una obra maestra de mosaico, ejecutada por el más paciente de los poetas alejandrinos. (Lemaítre)

La Eneida sigue siendo durante toda la Edad Media y el Renacimiento el modelo de toda poesía, y a medida que el movimiento de los espíritus, remontando a la antigüedad de Roma, se funda también la tradición de Virgilio mago y aparecen las primeras refundiciones y traducciones del poema en que está grabada la suma de todo el recto saber. Dante tomará a Virgilio como símbolo de la misma razón poética y en Roma verá la prefiguración del imperio cristiano.

*     El primero de estos poemas resultantes de la refundición de la Eneida es el Eneas o Román d’Enéas, poema en 10.156 versos octosílabos. Jacques Salverda de Grave, después de haberlo impreso por primera vez en Halle en 1891, dio de él otra edi­ción crítica fundada en distintos principios, que se publicó en París en 1925. Este poema se redactó hacia 1160, en dialecto norman­do, y no sabemos quién sea su autor. Se ha pensado en Benoit de Sainte-Maure, autor del Román de Troya (v.), y en María de Francia; pero ni una ni otra atribución pasan de ser hipótesis poco fundadas. Vir­gilio es seguido con bastante fidelidad por lo que respecta al contenido; pero el orden de la acción, que quiere ser exactamente cronológico, aparece trocado algunas veces. La versificación es libre.

Que la materia antigua, como en todos los poemas del lla­mado Ciclo clásico (v.) ha sido vertida, en esta refundición, en términos sociales medievales, es ocioso decirlo, si bien éste muestra menos repugnancia que sus her­manos en mantener elementos del aparato mitológico. Lo que le confiere una posición propia en el ámbito de la historia del ciclo es su manifiesta influencia ovidiana; sus episodios amorosos no están todavía teñi­dos por la refinada galantería que poco después constituirá la esencia de las nove­las caballerescas, pero están impregnados de un interés psicológico por el amor como hecho en sí, por su naturaleza y definición, por su modo de nacer y sus manifestacio­nes, que tiene su punto de partida en la literatura ovidiana y que subraya estriden­temente la separación de este poema res­pecto al espíritu y los gustos de la vieja literatura épica francesa, completamente desprovista de toda complicación senti­mental.

S. Pellegrini

*     Una traducción de la novela francesa Eneas es la Eneida del limburgués Heinrich von Veldeke (que vivió durante la segun­da mitad del siglo XII). Empezada quizás hacia 1170, se terminó antes de 1190, des­pués de una interrupción debida al hecho de que el manuscrito que contiene los ver­sos 1-10.933 fue robado en las bodas de la protectora del poeta, la condesa Margarita de Cléves, por un conde de Turingia, y Veldeke no lo recobró hasta nueve años más tarde. La novela francesa era «una composición romántica» con el material de la Eneida virgiliana, «en la que los nom­bres eran antiguos, pero el carácter de los hechos, los títulos de los personajes, las costumbres descritas y el colorido general, así como el sentimiento, eran cosas propias de la vida contemporánea y respondían a la idea caballeresca y cortesana de entonces» (Comparetti). La Eneida de Veldeke (cuyo idioma refleja fuertemente el dialecto del poeta, natural de los alrededores de Maestricht) es, en cambio, una traducción en el sentido medieval, o sea una refun­dición.

Ya da una idea de ello el número de versos, que son 13.528, frente a 10.156 del poema original. Esta ampliación, sin em­bargo, es debida, más que a nuevas in­venciones, a desleimiento y a la continua inserción de detalles con los que una pri­mitiva lógica realista destruye la lógica poética. Véanse por ejemplo los versos 2.448-60, en los que Ana, encontrando ce­rrada la estancia de Dido (v.) , empieza a golpear la puerta y a dar en vano vueltas al pomo, hasta que se le ocurre mirar por el ojo de la cerradura, y así descubre el cuerpo quemado de la enamorada y desdi­chada reina. El relato vivaz del normando se apelmaza de este modo en la refundición del limburgués con una insistente descriptividad, especialmente de vestidos, comple­tamente mecánica, o sea ni siquiera con valor de un vivo decorativismo. El autor carece de estilo; pero además, tampoco do­mina el medio expresivo, o sea el verso y la rima, de donde ripios, fórmulas y repe­ticiones. Como sucede con los provincianos, Veldeke, al tomar de Francia los ideales de la cortesía caballeresca, los exagera y envara.

Así, no vacila en suprimir palabras que hubieran podido herir susceptibles oídos cortesanos, como «felonía» o «cobardía»; deja a un lado las sentencias sobre la in­constancia de la mujer; suprime pasajes indecentes como las insinuaciones que acer­ca de la pederastia de Eneas hace la ma­dre de Lavinia, por contraste con el apa­sionamiento de ésta; transforma los viles pastores en guerreros, y los arqueros en nobles, según modos que recuerdan las condiciones sociales y poéticas de Fran­cia antes del Romanticismo; se entretiene en la crónica estilizada de ceremonias, re­cepciones y fiestas. Como correspondía a las necesidades de la época, la Eneida tuvo un gran éxito en alemania. Por una parte por razones formales, en cuanto que la in­troducción a la poesía alemana, por parte de Valdeke, de la rima pura en lugar de la habitual asonancia, fue una novedad muy apreciada. En segundo lugar contribuyeron a su éxito el interés del asunto y la nove­dad del género. En efecto, reminiscencias y ecos de la Eneida se encuentran en gran número en la literatura poética inmediata­mente posterior, incluso en el Perceval (v.) de Wolfram de Eschembach y el Tris­tán (v.) de Gottfried de Estrasburgo. Wol­fram llama expresamente a Veldeke su maestro; y Gottfried hace del poeta latino y de su obra un encendido elogio (v. 4.724 y sgg.).

V. Santoli

* La época del Humanismo se acerca a la obra de Virgilio con un conocimiento del latín y de las fuentes clásicas de que las edades precedentes no tenían idea; por esto, al lado de las investigaciones gramaticales e históricas y de las imitaciones, ofrece los primeros ejemplos de traducciones del poema en lengua vulgar, primero toscamente literarias o parciales, y luego cada vez más guiadas por las necesidades artísticas hasta competir con el original. Al principio del siglo XIV aparece una reducción en prosa (traducida de la reducción latina de un cierto Anastasio, que se cree de origen griego); ampliamente difundida y luego impresa en 14776. Existe en manuscrito una refundición de origen florentino debida a un tal Andrea Lancia. La primera traducción completa, con colorido sienés, es una, bastante inexacta, de Ciamplo di Meo degli Ugurgieri (editada en Forencia en 1858 por A. Gotti).

La necesidad de poner a un público de damas y caballeros en contacto con la antigua Eneida explica el modo como el poema está traducido según motivos caballerescos y exquisitamente ligados a la tradición italiana. Una versión en octava rima, por obra de un desconocido, de la traducción de Lancia, apareció en Venecia en 1528. Permaneció manuscrita, en cambio, la traducción de los seis primeros libros, bastante libre e imprecisa, asimismo en octavas, debida a un anónimo (Códice Laurenciano, XLI, 41). Con el Renacimiento se inicia una nueva época en las traducciones de la Eneida, que son numerosas y variadas. Si a fines del siglo XV sólo se había impreso el trabajo de Lancia, a principios del nuevo siglo son numerosas las versiones italianas. Del primer libro, se publicó en Venecia, en 1532, en tercetos, la traducción de Emilio Cambiatore da Reggio: la primera no toscana. Di­vulgada en los decenios precedentes, y ya censurada por Guarino, fue rehecha en tono más moderno por un tal Giampaolo Vasio y editada en 1539.

También en Venecia, en 1540, se tradujeron en versos libres los seis primeros libros, por obra de seis caba­lleros en honor de otras tantas damas; notables son las versiones del cardenal Ippolito de Medici para Giulia Gonzaga y la de Alessandro Piccolomini para Frasia Venturi. Esta obra, de la que antiguamente se conocía una copia con los libros VII y VIII, fue reimpresa en 1544, y confirma el carácter mundano y elegante con que el poema fue acogido en la magnífica vida del Renacimiento, independientemente de los intereses estrictamente culturales. En la recopilación completa de las obras virgilianas en rima toscana, preparada en Floren­cia en 1556 por Ludovico Domenichi, se reimprimió la versión de los caballeros, pero Tomaso Porcacchi substituyó con una ver­sión propia la parte debida a Aldobrando de Cerretani. Éste a su vez tradujo en oc­tavas, con amplias modificaciones, todo el poema, y lo publicó en 1560 en la misma ciudad. Es esta una versión de tipo ariostesco bastante singular, y se inspira en una solemnidad digna de la caballería y de las nuevas empresas de los «condottieri» ita­lianos, por ejemplo con alabanzas a Cosimo I de’ Medici en boca de Anquises, y otros detalles por el estilo.

En cambio la obra de los caballeros, en el centón de Do­menichi, tiene sobre todo un carácter des­envuelto y amanerado, de galantería de so­ciedad, que explica el éxito de que gozó durante todo el siglo XVII. También en octava rima está la versión de Alessandro Guarnello, con el primer libro (Venecia, sin indicación de imprenta ni fecha, y luego en Roma, 1554, en reimpresión) y con el segundo (en Venecia, 1573, en reimpre­sión). Un manuscrito completo de esta tra­ducción, conocido durante el siglo XVIII, se perdió luego. En 1542 Pietro Aretino ensalzaba a Alamanni la versión del octavo libro, obra manuscrita del patricio vene­ciano Giustiniani. En 1567-68 se publicó postuma la versión del poema entero por Ludovico Dolce. Seis versiones parciales aparecieron entre 1562 y 1569; mejor es la de 1584-85, de los dos primeros libros, por Giovanni Andrea de ’Anguillara (famoso por la libre versión de las Metamorfosis v. de Ovidio) y reimpresa hasta el si­glo XIX.

Con este traductor se siente que la Eneida no es ya otra cosa que un pre­texto para una nueva creación artística: con elegancia, pero también con desenvoltura, el antiguo clásico es considerado como un cañamazo que la misma octava hace flore­cer incluso con nuevas situaciones. Ante el ejemplo de Anguillara, que rehace el poe­ma virgiliano según las huellas del Orlando furioso, Annibal Caro (1507-1566) más su­tilmente literato pero no menos desenvuel­to, se incorpora a la tradición establecida por el Alamanni y el Trissino, la del ver­so libre, y acaba superando la prueba con maestría: su Eneida, de 1563-66, publica­da postuma en Venecia en 1581, es en Italia la clásica versión de la obra maestra virgiliana. El escritor, deseoso durante largo tiempo de escribir un poema épico, al ver­se entrado en años, se apasiona por su versión buscando recrear según su propia manera la obra del poeta antiguo. Así, con vivacidad y gracia, esta Eneida italiana se gana un puesto entre las obras que se pue­den llamar originales; los episodios están revividos con una brillantez plástica digna del Renacimiento, y el tono elegiaco re­fleja bien, aunque sea con cierto amanera­miento, el de Virgilio; las aventuras son referidas con una variedad ágil y libre, que a veces confiere a esta versión el carácter de «bella pero infiel».

No logra superar la estilización de la Eneida fijada ya con el verso heroico en la literatura italiana, la versión, en octavas, del mantuano Er- cole Udine, publicada en 1597 y reimpresa en 1600, ni la del primer libro, en hexá­metros italianos, por Bernardo Filippini, del 1659. Un lugar propio, por su utilidad prác­tica como por su exactitud filológica, me­rece una versión literal, palabra por pa­labra, de las distintas obras de Virgilio (Venecia, Sessa 1588): la Eneida traducida por Giovanni Fabrini da Fígline está acom­pañada por las Bucólicas y las Geórgicas traducidas por Cario Malatesta da Rímini y Filippo Venuti da Cortona, y como solem­nemente declara el título de la edición impresa, «con orden, que la exposición vul­gar aclara la latina y la latina la vulgar, y es útil tanto a quien en este poema quie­re aprender la lengua latina como a quien se propone aprender la vulgar». Aunque con abiertas concesiones al gusto de la época y a las interpretaciones alegóricas y morales extrañas al texto, esta compilación tiene un valor didáctico muy notable, es­pecialmente porque tres autores pertene­cientes a tres regiones distintas de Italia se habían unido en un trabajo colectivo, independientemente de tendencias literarias particulares. La obra fue reimpresa varias veces, por lo menos durante todo el si­glo XVIII, y tuvo éxito también entre los estudiantes. De tal modo el culto y la for­tuna de Virgilio, desde la Edad Media has­ta todo el Renacimiento, venían a fundirse con la misma tradición italiana, ya sea bajo el signo de la doctrina, ya bajo el sig­no de la poesía.

C. Cordié

*     La influencia de la Eneida ha sido enor­me sobre todas las demás literaturas euro­peas, donde son innumerables las traducciones y las imitaciones. En Inglaterra, la pri­mera traducción es The Buk.es of Eneidos (Londres, 1553) de Gavin Douglas, a la que siguieron la versión de los nueve primeros cantos de Thomas Phaer (1562), la de los cuatro primeros libros en hexámetros por Stangherato (1582) y la completa (1697) superior a todas, de John Dryden (1631- 1700). Muchísimas son también las versio­nes y refundiciones modernas en lengua francesa y alemana.