En la Jaula, Henry James

[In the cage]. Novela del norteamericano publicada en 1898. La «jaula» es una peque­ña oficina postal aneja a una tienda de comestibles y separada de ésta por medio de una reja. Estamos en el distrito más aristocrático de Londres, donde, como el pajarillo dentro de la jaula, una joven empleada de viva y romántica fantasía, in­tuye, penetra, vive, a través de los tele­gramas más o menos misteriosos que coti­dianamente pasan bajo sus ojos, la vida fabulosa de los más ricos y nobles clientes de la oficina.

Su atención termina concentrándose en una mujer, la más bella que jamás ha visto, y por consiguiente, sobre el hombre que debe centrar la vida de esta mujer. Se establece entre la joven emplea­da y el capitán Everard una tácita inteli­gencia, que a la heroína le produce estre­mecimientos de intensa emoción, y que la lleva una tarde a un imprevisto e inolvi­dable paseo, del que su prometido, cuando le hable de él, tendrá razón para estar ce­loso. Tiene la protagonista una amiga, la señora Jordán, una viuda que ejerce la rara profesión de cuidarse del adorno floral de los solteros que tienen casa puesta: ángulo visual también muy peligroso para el que lo utiliza y se exalta con las confidencias de sus distinguidos clientes.

La situación, habilísimamente llevada a través de las vi­braciones de sentimientos minuciosos, se resuelve con el derrumbamiento de las es­peranzas que ni la protagonista, ni la señora Jordán, habían jamás osado formular cla­ramente, ni aun a sí mismas. La diligencia de la joven empleada, impulsada por el in­terés morboso que en ella suscita el héroe de sus ensueños, logra salvar a este último de un obscuro embrollo que no queda bien claro. Pero la afortunada solución significa el matrimonio del capitán con la bellísima dama de los telegramas y su consiguiente desaparición de la escena.

Por su parte, ter­mina la señora Jordán haciendo sus reve­laciones: Se casa. ¿Con quién? ¿Con el no­bilísimo Lord Rye? No; con el señor Drake, el mayordomo de Lord Rye. Es la revancha de la joven soñadora: ¡un mayordomo, un criado! Pero el señor Drake entra al ser­vicio de la viuda de Lord Bradeen, muerto por aquellos días, que está para casarse en segundas nupcias nada menos que con el capitán Everard. El cual, lleno de deudas, se ha salvado del escándalo y el deshonor, gracias a la diligencia de la joven emplea­da que permitió a Lady Bradeen recuperar el telegrama que le comprometía. Está de­cidido: la heroína dejará el noble distrito de Mayfair para pasar a la oficina suburba­na de la que el señor Mudge, que dentro de pocos días será su marido, es el jefe: Mayfair ya no tiene interés para ella.

En este punto nos damos cuenta de que la «jau­la» es también metafórica; es la clase so­cial a la que la joven soñadora y la señora Jordán, a pesar de sus. fantasías y de sus incursiones en el mundo del oro y de la sangre azul, están condenadas sin posibi­lidad de rescate. El mayor mérito de la narración, toda ella enfocada desde el pun­to de vista de la protagonista, es la ligereza de toques gracias a la cual los fragmentos que, de hecho, la componen, van poco a poco formando un cuadro, claro en su con­junto y sin embargo, delicadamente vago en los contornos. El «sentimiento» de Ja­mes, desde luego excesivo en algunos pun­tos, se salva siempre, sin embargo, de convertirse en sentimentalismos por la lucidez con que sigue el proceso psicológico en todas sus vibraciones, aun en las más pe­queñas, proceso medido y sospesado con seguridad poco menos que científica. La novela es famosa entre los devotos de Ja­mes, porque su técnica alusiva se afirma en ella hasta el punto de que el propio nombre de la protagonista, es silenciado.

C. Izzo