En Flandes Se Ha Puesto el Sol, Eduardo Marquina

Obra teatral en cuatro actos del dramatur­go español. Fue estrenada en el Teatro Urquiza de Montevideo el 27 de julio de 1909. (La pri­mera representación en España tuvo lugar en diciembre de este mismo año.)

La obra posee las características de la primera época del autor, aquel optimismo histórico que hallamos también en Las hijas del Cid y en Las flores de Aragón, la visión histórica falseada y la pretendida imitación de la co­media española del Siglo de Oro. Marquina en sus primeras obras no consigue librarse de la influencia del drama romántico, tanto por lo que se refiere a la estructura teatral como a su contenido e ideología (concepción mítica, optimista y excesivamente heroica del pasado). Por encima de estos inconve­nientes hay que reconocer la constante ha­bilidad técnica del autor, por lo que res­pecta al movimiento escénico, y el gran control de las situaciones. El primer acto, titulado «Flandes y España», es una trans­posición al plano sentimental de la contien­da entre España y Flandes.

En casa del patriota Juan Pablo Godart, en el Braban­te, se acoge herido el capitán de los ter­cios don Diego Acuña de Carvajal. Le atiende y cura Magdalena, hija de Juan Pablo, lo que da lugar a que don Diego — especie de don Juan con honor, en quien Marquina quiere simbolizar el tempera­mento español — se enamore de ella. Así queda planteado el conflicto inicial de la obra, la lucha entre dos espíritus, irreduc­tibles más por lo que representan que por ellos mismos, y que constituirá el tema central de la comedia. Tras la paz momen­tánea continúa la lucha de emboscadas, de la que es cabecilla Juan Pablo. Éste llega secretamente a la casa de su hija, casada ya con don Diego.

Descubierta su presencia en la ciudad, intentan apresarle las fuerzas españolas. Pero Magdalena se opone, por lo que, según el real decreto, debe ser dete­nida. En aquel instante llega don Diego, que es Justicia del país, y ante el dilema entre el amor y el deber, rasga el decreto real y se entrega como prisionero. La vic­toria de los sublevados ha librado a don Diego de las prisiones. Sus antiguos com­pañeros de armas se- acogen en su casa, y, tras el reconocimiento, don Diego marcha nuevamente a la guerra con ellos. Consu­mada la sublevación, don Diego retorna, derrotado, a su hogar. Juan Pablo no quie­re que en su mansión se enciendan hogue­ras para festejar la paz y la victoria, por­que es la casa de un soldado español. Pero don Diego, que halla al fin la paz junto a Magdalena y que comprende que su hijo Alberto lleva sangre flamenca, manda que también se enciendan en su casa las ho­gueras.

A. Comas