Enfermedad y Muerte de la Buena Señora Schlampampe, Christian Reuter

[La maladie et la mort de l’honnéte femme, das ist Der ehrlichen Frau Schlampampe Krankheit und Tod]. Comedia compuesta en 1696, como con­tinuación de otra obra teatral, titulada L’honnéte femme oder die Ehrliche Frau zu Plessine, escrita un año antes por el mismo autor.

Con La buena señora de Ples­sine, Christian Reuter había querido poner en berlina a una patrona que le había des­ahuciado, juntamente con un compañero suyo, por atraso en el pago del alquiler durante sus años de estudiante en Leipzig. En las escenas de aquella comedia — que según intención del autor debía convertirse en un libelo difamatorio contra una tal se­ñora Müller y sus hijos— los propósitos del artista se habían realizado mediante pu­yas satíricas en las que la representación de los caracteres y la pintura del ambiente, aun conservando los rasgos particulares de la experiencia vivida, tendían a la expre­sión típica.

Reuter fundió felizmente ele­mentos variados bajo la sugestión ejercida sobre su fantasía por la realidad, el teatro de Christian Weise y motivos de Moliere, algunas de cuyas comedias eran ya fami­liares al público alemán. En La buena señora de Plessine resulta evidente, en efec­to, la reelaboración de motivos ya puestos en escena por Moliere en las Preciosas ridiculas (v.). A pesar de la defectuosa téc­nica teatral y las manifiestas reminiscen­cias y contaminaciones, los caracteres de los personajes de esta comedia tienen cierto relieve y la acción una vaga unidad. Me­nos armónica y viva, en conjunto, aunque más célebre, es la Enfermedad y muerte de la buena señora Schlampampe, cuyo in­cierto tono entre cómico y serio justifica su título de «tragicomedia» («Lustund Trauerspiel»).

La señora Camila advierte a la señora Schlampampe que debe mostrarse más enérgica y severa con sus hijos, de cuyos vicios y caprichos está siendo víctima. La señora se lamenta y se indig­na, pero no sabe oponerse a la terquedad, el descaro y las intemperancias de sus in­corregibles vástagos. Clarita y Carlota, con­tra las cuales ya en las escenas de la comedia precedente disparan sus malinten­cionados dardos Eduardo y Fidel (que encu­bren al propio Reuter y a su amigo, expul­sado como él de casa de la viuda Müller), siguen siendo objeto de las solemnes burlas de los dos jóvenes. Las dos necias mucha­chas se han propuesto ahora mudar de con­dición social, y junto con su criado Lorenzo, en quien se traslucen todavía los rasgos del figurón alemán Pickelhering, deciden partir para un país donde tendrán manera de ennoblecerse.

También el hijo, Schelmuffsky, un holgazán fanfarrón que está disipando el dinero de su madre en lamen­tables viajes, quiere salir nuevamente a ver mundo. Las empresas de Clarita y Carlota acaban del modo más trivial. La carroza que lleva a las candidatas a la nobleza vuelca, y señoritas y criado dan con sus huesos en un arroyo y tienen que volver maltrechos a casa. Despojado incluso de sus vestidos por unos soldados vagabundos, Schelmuffsky (el necio aventurero que figura también en una novela que lleva su nombre, v., del mismo Reuter) se ve obligado a regresar. La indocilidad, la tor­peza, las costosas manías, la holganza y las desventuras de estos tres hijos llegan a arruinar la salud de la señora Schlam­pampe, que, después de una larga en­fermedad, muere. Estas melancólicas vici­situdes constituyen el fondo de la segunda parte de la tragicomedia.

Pero no faltan al­gunos toques cómicos: Lorenzo, habiendo roto el vaso en que llevaba al médico la orina de la enferma para analizarla, substi­tuye continente y contenido y presenta al examen del doctor Cratipo su propia «tinctur» como si fuera la de la enferma; las disquisiciones pseudocientíficas del médico Cratipo y del notario Lerius; los disparates que dice Lorenzo cuando, habiendo tenido en mano el discurso fúnebre escrito por el preceptor Lisandro, se lo aprende de me­moria e intenta en vano recitarlo, etc. La comedia que resulta de intriga y de carác­ter, se desarrolla algo bruscamente por insuficiencia de técnica y ambigüedad de tono. La intención satírica carga de vez en cuando las tintas; las groserías y payasadas, bastante frecuentes, revelan una rusti­cidad todavía demasiado ligada a la reali­dad, que la representación debería —pero no logra — transfigurar en un brioso juego escénico.

Esta falta de madurez es, con todo, el signo de una pureza de impulso artístico que busca materia de expresión en la directa y aguda observación de hom­bres y cosas, más que en motivos conven­cionales sacados «ab externo» de modelos literarios. En el paso del siglo XVII al XVIII las comedias de Reuter tienen por consi­guiente cierta importancia, porque se pro­ponen moverse independientemente, según una dirección que volverán a tomar los grandes dramaturgos alemanes de la se­gunda mitad del XVIII, mientras que los «gottschedianos» de la primera mitad de este mismo siglo insistirán todavía en laservil y continuada imitación de los mode­los franceses.

G. Necco