En Busca del Tiempo Perdido, Marcel Proust

[A la recherche du temps perdu]. Vasta obra narrativa en siete partes, publicadas entre 1913 y 1927.

En la primera, Por el camino de Swann [Du cótó de chez Swann], publicada en 1913, el autor, con delicada y penetrante difu­sión, explica su infancia tímida de chi­quillo nervioso, en la pequeña ciudad de Combray, donde la familia pasaba muchos meses del año; todo un mundillo en torno al 1880 que, para el muchacho, se amplía con dos mundos vecinos y apenas entre­vistos. Uno es el de casa de Swann, un caballero elegante, acogido con la mayor estima por los padres de Marcel que, sin embargo, no conocen ni reciben a su mujer (una ex-cocotte) ni a su hijita. El otro es el mundo de los duques de Guermantes, que aparecen al espíritu encantado del mu­chacho como si fuesen aún los señores feu­dales del lugar.

El autor pasa a narrar (como si se hubiese enterado más tarde) la intensa y melancólica novela del exqui­sito y encantador Swann que le condujo a aquel matrimonio: el amor. sutil, invasor, turbador, por una cortesana, Odette de Crécy, a la que había buscado y perseguido en el ambiente tan lejano a él de los Verdurin, burgueses ricos y vanidosos. Había sufrido por ella todos los espasmos de los celos. Es un largo relato casi independien­te — Unos amores de Swann [Un amour de Swann] — de una profundidad y comple­jidad clásica. Marcel, aún muchacho, en­contrará más tarde en el Bois de Boulogne a la pequeña Gilberte, hija de Swann y de Odette, lo que dará lugar a un amor infantil, tierno y tiránico. Ese amor ocu­pará aún toda la primera parte de A la sombra de las muchachas en florl’ombre des jeunes filies en fleurs], publicada en 1919, incierto y delicioso, luego se des­vanecerá lentamente, cuando Marcel crea que ha de fortalecerse con la ausencia, imponiéndose por capricho no ver a la mu­chacha.

Mientras tanto, el padre de ella, el gran señor, el finísimo esteta, ha cam­biado con el matrimonio, está cada vez más aburguesado y caviloso; Odette se muestra triunfante y, sin embargo, bené­vola con la alta sociedad, que aún la man­tiene alejada pero la conoce y la sigue en su evidente ascensión. Y entre tantas figu­ras de fondo, conocemos mejor al escritor Bergotte (que recuerda mucho a Anatole France), al diplomático Norpois y al gran médico Cotard. Cuando se ha disipado su pasión por Gilberte, Marcel admira, en la playa de Balbec, donde ha marchado con su anciana abuela, a un grupo de amigas, Albertine Simonet, Adrienne, Giselle, Rose- monde, entre las cuales ama en particular a la primera; desdeñado por ella, duda entre las demás, durante su larga estancia.

Hace amistad con el pintor Elstir, cuya ex­periencia artística le interesará tanto; co­noce al barón de Charlus, hermano del du­que de Guermantes, y a su sobrino Robert de Saint-Loup, entrando así un poco, de lejos, en aquel mundo soñado como inac­cesible. Se acerca más al Mundo de Guer­mantes [Le cóté de Guermantes], editado en 1920, cuando en París su familia vive en un piso del palacio de los duques, y ve a menudo a la duquesa Oriane, siente que la ama, aún lejana y ya próxima, mientras se hace más íntima su amistad con su so­brino Saint-Loup. Está cerca de ella cuan­do va a casa de la señora de Villeparisis, tía de la duquesa, un ambiente algo mixto y equívoco, donde también Odette es ad­mitida (pero Oriane evita hablar con ella); llega por fin a la ansiada meta y es invi­tado a cenar por la aristocrática dama. Ya no la ama (ha reaparecido Albertine y pa­rece menos reacia), pero le agrada bastante aquella sociedad, aquel espíritu que en Oriane se muestra mejor que en nadie, y no es precisamente superioridad ni lejanía, sino un sentido de sencillez, de «antigüe­dad», como el que se encuentra entre los aldeanos.

Es el momento del «affaire Dreyfus»; entre los partidarios de Dreyfus no sólo está Swann, israelita (su mujer, en cambio, finge nacionalismo, lo que la acer­ca cada vez más a la aristocracia), sino también Saint-Loup, por honrado libera­lismo, y los Verdurin, lejanos aún de la más alta sociedad, a la cual contemplan con cierto fingido desdén y secreta envidia. Marcel se entera del vicio de Charlus, en­contrando explicación a todas las extrañe- zas que hay en su carácter, en sus mo­dales de gran señor afeminado, sencillo y muy aristocrático. En Sodoma y Gomorra [Sodome et Gomorrhe], de 1922, arrastra­do por la pasión hacia el joven músico Morel, Charlus entra en el mundo de los Verdurin; algún que otro noble frecuenta ya a los ricos burgueses, quienes lentamen­te se aproximan a la aristocracia, donde Odette es definitivamente aceptada casi por todos.

Vuelto por segunda vez a Balbec, Marcel sufre agudamente la muerte de la abuela, como no le había sucedido cuando aquélla faltó, algún tiempo antes; es otro ejemplo de las «intermitencias del corazón», minuciosamente indagado. Aquí está Alber­tine, que se le ha aproximado y de quien él parece querer separarse definitivamente, pues siente que ya no la ama. Pero cuan­do más segura es la sospecha de que ella se dedique a Gomorra (del mismo modo había sufrido anteriormente Swann por Odette), casi para impedir su caída, o la recaída, se siente lleno de amor y piensa en casarse con ella. Estamos a principios de siglo: se apagan los últimos ecos del proceso Dreyfus, es el momento de gran éxito de los bailes rusos, el clima de Pelleas y Mellisande (v.) de Debussy. En La prisionera [La prisonniére], de 1923, Mar­cel conduce a Albertine a París, la guarda en su casa, solos con los criados: viven como amantes. Pero sólo los celos conservan vivo su amor, que es seco, indiferente, cuando no le punza la sospecha dolorosa; la idea de abandonarla, de recobrar su li­bertad, cede cada vez que tiene la certi­dumbre del vicio, de las mentiras de ella.

Entonces la encierra más, la vigila, en una prisión que acabará siendo intolerable. Los Verdurin, tratados una vez sin atención por el barón de Charlus, se vengan haciéndole reñir con Morel, quien se vuelve contra él con una dureza que produce en el barón un dolor sincero. Albertine parece más en­redada en sus mentiras, su clausura se estrecha; en un momento de calma, cuan­do ambos jóvenes están más compenetra­dos y reconciliados, ella huye. Huérfana, casi independiente, había podido permane­cer largo tiempo con Marcel. En Albertina desaparecida [Albertine disparue], de 1925, el joven sufre inmensamente por el aban­dono; busca a Albertine, piensa en cual­quier medio para hacerla volver. Pero ella muere de accidente, en un paseo a caballo, cuando parecía dispuesta a reunirse con su amigo, cuyo dolor agudizan los celos póstumos. Y cuando la sospecha se convierte en certidumbre, cuando le consta que ella era verdaderamente culpable, el dolor no disminuirá, como en otro tiempo, con la presencia de la amada. Estamos en los alre­dedores de 1910, con los primeros aeropla­nos, la retirada de Delcassé. Lentamente, incluso al gran dolor de Marcel sucede el olvido, y tras sobresaltos, reapariciones dolorosas del amado recuerdo, la indiferen­cia.

Porque ya no es el Marcel de antes, aquel a quien interesaba Albertine; así, cesamos de sufrir porque incesantemente muda nuestro ser, se convierte en otro dis­tinto al que había sufrido. Reaparece Gilberte, adoptada por Forcheville, el nuevo marido de Odette después de la muerte de Swann; con el nuevo apellido, ahora inclu­so la duquesa de Guermantes recibe a la antigua cocotte. Y emparentan: Gilberte casa con Robert de Saint-Loup, tan distinto del sagaz joven que conocíamos, pues en él, siempre señor y liberal se manifiesta la anormalidad del tío Charlus. Robert mue­re en la guerra. Cuando, llegada la paz — El tiempo recobrado [Le temps retrouvé], de 1927 —, Marcel, que ha pasado aque­llos años en un sanatorio, vuelve a París, parece completada la fusión de las castas, pues un primo del duque, el príncipe de Guermantes, se ha casado en segundas nup­cias con la señora Verdurin que ha que­dado viuda. Pero esto no impresiona tanto a Marcel, como la transformación de todos sus conocidos, por la edad, la vejez, como una inexpresable fantasmagoría.

Sin em­bargo, no se detiene, no se pierde frívola­mente con aquel mundo transformado, como hubiese hecho un Swann, sino que piensa que puede volver a encontrar a aquellos hombres, a aquellas mujeres, tal como fue­ron, puede volver a encontrarse a sí mismo y el tiempo perdido, fijándolo con la obra de arte, con el estilo. Esta es la misión a la que dedicará, alejado del mundo, la vida que le resta. Y la obra, afortunadamente completada por el autor, aunque muy en­fermo, apareció postuma en su mayor par­te, con algún fragmento precipitado aquí y allá, y provisional en los últimos volúme­nes. Escasa fue la resonancia de Por el ca­mino de Swann, en 1913; el gran éxito se produjo en 1919 con A la sombra de las muchachas en flor, después de la cual la obra reveló cada vez más su alcance, y apareció como una de las mayores creacio­nes de la literatura del siglo. Pronto se advirtió la imponente amplitud balzaquiana, como de una nueva Comedia humana (v.), retratando la vida y la sociedad fran­cesa desde los principios de la tercera Re­pública hasta la guerra de 1914-1918.

Como Balzac, Proust ha creado una muchedum­bre de personajes, que viven con todas las señales de la vida, en su realidad humana y social, indagadas por una nueva psicolo­gía, sutil, penetrante: Swann, Charlus, Saint- Loup, los Verdurin, Odette, la vieja criada Françoise, y Marcel (que tiene tanto del autor, pero, además, tiene una existencia propia), y muchos otros: todo un mundo. Como documento de aquellos nuevos lus­tros, en la minuciosidad apasionada con que todo está anotado, los hombres, la costum­bre, el pensamiento, incluso el interés por la nobleza, captada en la inevitable deca­dencia con una simpatía apenas ligeramente irónica, el libro ha recordado a Saint- Simon y sus Memorias (v.). A más de autor de memorias, Proust aparece como moralista en su más amplio concepto, por – que el relato mismo cede el paso a diserta­ciones extensas, en torno al tiempo, la me­moria, el sueño, el amor, los celos, por lo cual la Busca ha hecho pensar en los En­sayos (v.) de Montaigne.

La obra es ade­más la confesión del escritor, el relato de su victoria sobre la dispersiva vida mun­dana, sobre el tiempo, por medio del arte; es el testimonio de una grandiosa experien­cia artística, revelando un concepto esté­tico en el cual Ruskin, Baudelaire, Bergson y los simbolistas están superados. Esta di­versidad y riqueza que tanto ensalza la Busca, y al mismo tiempo la convierte en obra dispar y mal definible, no le hace per­der su esencia primera de relato, de historia completamente humana, amplia y lenta, pero unida por un orden visible y secreto, de correspondencias ideales, de «ritomellos» — musicales, el más vistoso e ilustre de los cuales es el de la «sonata» de Vinteuil. Con sus originales descubrimientos, mediante los cuales quedaron renovados la novela y la investigación psicológica, con modalidades a veces inusitadas, continúa siendo en todo caso el relato de la eterna comedia, del eterno drama humano.

La materia, que en la primera parte pareció quizás algo redi­cha, con el esteticismo de Swann y del autor (una de las causas del poco éxito ini­cial), recibe la huella del pensamiento, de la visión nueva. La realidad externa, cu­bierta por la vida práctica, por la costum­bre social, por el hábito, la aprendemos verdaderamente cuando está espiritualizada, desatada en nuestra vida interior, recreada por la lozana intuición; la personalidad hu­mana, fluida, discontinua, mudable, se re­vela a sí misma en el sueño, en las frescas impresiones que, conservadas intactas por el olvido, resurgen como tales en la me­moria involuntaria. Así el sabor de la mag­dalena mojada en el té, recuerda al nove­lista el mismo sabor que de chiquillo gustaba los domingos por la mañana, cuan­do la tía Léonie le daba un pedazo de ese dulce, y tras aquella sensación toda la in­fancia y el mundo lejano retornan, lenta­mente, frescos y vivos. Separado de la vida práctica por su delicada salud, Proust era el más capaz de espiar de dicho modo lo inconsciente y suscitar la revelación, de buscar el yo profundo en el recuerdo, y de encontrarse a sí mismo y a los demás. A la indagación aportaba una indiferencia ética, como de naturalista (más fácil a quien, como él, está situado casi fuera de la sociedad), de modo que no calla nada de lo que ha encontrado, por morboso y anormal que sea, en la naturaleza humana. Pero todo lo redime el arte. Mientras, en torno a él, todo se destruye y desvanece, la visión interna, intelectualmente profun­dizada, se traduce en el estilo, se convierte en arte, para perdurar.

Coincidiendo con determinadas corrientes del pensamiento actual, pese al impresionismo de la cons­trucción subjetiva, la Busca es una obra clásica en obsequio a la realidad recobra­da por el empeño del artista en fijarla con la expresión más adecuada y adherente. Creación nueva, especialmente en Francia, donde más que en otras partes la novela se demoraba en los modos ochocentistas, está ligada al pasado por su mismo empeño de ampliar los confines del arte, para abra­zar cada vez más íntimamente la realidad y la vida. [Traducción española completa iniciada con la versión de Pedro Salinas, Por el camino de Swan (Madrid, 1920) en dos volúmenes, de los cuales el segundo contiene Unos amores de Swan. P. Salinas y J. M.ª Quiroga Pía traducen El mundo de Guermantes (Madrid, 1931) y este últi­mo finaliza la versión de su última parte y traduce Sodoma y Gomorra (Madrid, 1932). Interrumpida esta laboriosa versión, se reanuda en estos últimos años con la reimpresión de Por el camino de Swan (Buenos Aires, 1944), El mundo de Guermantes (Buenos Aires, 1945), Sodoma y Go­morra (Buenos Aires, 1945), completado por el mismo traductor, y se traducen los res­tantes volúmenes: P. Salinas A la sombra de las muchachas en flor (Buenos Aires, 1944) y M. Menasché La Prisionera (Buenos Aires, 1945), Albertina ha desaparecido (Buenos Aires, 1946) y El tiempo recobrado (Buenos Aires, 1946)].

V. Ingli

Como hace con Albertine, así atrae al universo a su habitación de enfermo y lo guarda prisionero. Con sólo Proust nos basta y en esta búsqueda en que viajamos tras de él, en esta subida a una luz des­piadada donde, presas del vértigo, le aga­rramos del abrigo. (F. Mauriac)

Proust nos ha dado un mundo maravi­lloso, como un crepúsculo verde en el fon­do del océano, pero sus dramas no nos pue­den conmover como los hechos del globo superior, porque carecen de las influencias más amplias de la vida. (John Buchau)

…presencia de todas las cosas y continuo presente. Así se nutre, se continúa y se transforma el amor sin memoria de Swann, cosa sorprendente y admirable…

No creo que sobre los sueños quepa el sueño y sobre las percepciones deformadas nin­gún hombre haya descrito jamás esta mi­tología del inconsciente en estado naciente y estos jóvenes dioses que el cuerpo huma­no produce y destruye sin tregua, como sus afectos, humores y pulsaciones. (Alain)

Se advierte que lo que domina en el áni­mo del autor es el erotismo sensual y algo perverso: erotismo que ya está bastante difundido en el ansia de revivir las sensa­ciones de un tiempo lejano. Pero dicho es­tado de ánimo no se aclara en motivos líri­cos ni en forma poética, como sucede a veces, en sus cosas buenas, con el menos complicado pero más genial Maupassant, también partícipe de un estado de ánimo semejante. (B. Croce)

Proust es un hombre con mirada infini­tamente más sutil y atenta que la nuestra, y que nos comunica también una mirada similar mientras lo leemos. (A. Gide) En Saint-Simon hay un fluido histórico que camina, hay una muchedumbre, la en­tera corte de Francia, y hay además y siempre el alma viva y vehemente de Saint- Simon; en Proust hay un fluir psicológico, amplio como el otro, pero que, para darse y progresar enteramente, no tiene necesi­dad más que de un alma, sea la del autor sea la de un personaje, y que nunca se ago­ta, porque ningún ser es agotable. (Thibaudet)

La obra de Proust es una genealogía de la conciencia intelectual. (Fernández)

Su libro es como aquellos tratados de la Edad Media en que el texto desaparece bajo la infinidad de glosas y de glosas de glosas: es una suma. (J. Boulanger)

No sé si se encontraría en el arte litera­rio otro ejemplo de un espectáculo tan prestigioso cuyo punto de partida lo sumi­nistre la realidad. (Du Bos)

Una de las pretensiones de Proust fue querer retratar a sus héroes solamente en la unidad de su persona, no haber ejercido nunca aquella actividad propiamente inte­lectual que tiende a clasificarlos, a convertirlos en tipos, a concebirlos «sub specie aeterni»; si crea lo universal quiere que ello sea a pesar suyo, fuera de su voluntad consciente. (J. Benda) Para escribir la obra de un Proust tal como debe ser escrita, se necesitaría la luz interior de un San Agustín. (J. J. Maritain)