Empédocles en el Etna y Otras Poesías de A., Matthew Amold

[Empedocles on Etna and Other Poems by A.]. Es la segunda co­lección de poesías publicadas, en 1852, por el poeta inglés solamente tres años después de su primer volumen El calavera extraviado (v.). «Empédocles en el Etna», que da título al libro, constituye, con Merope (v.), la totalidad de tentativas hechas por Arnold en el campo dramático; pero esta obra, más que un drama, es un largo monólogo filosófico, y, algunas veces, un diálogo entre las melan­cólicas reflexiones del viejo filósofo y las serenas canciones del joven Calicles que, al son de su arpa, forman como una espe­cie de contrapunto.

Empédocles sube a la cima del Etna acompañado de su amigo el médico Pausanias a quien revela la turba­ción de su espíritu, «la secreta e insonda­ble vena de dolor» que le hace sufrir; canta luego, en el mediodía estival, acompañándose solemnemente con el arpa, su concep­to de la vida y del mundo, mezcla de pe­simismo y de animosa aceptación, en la cual se entrevé en parte la de Arnold. Al principio del segundo acto le encontramos solo, cuando, olvidando las sabias palabras dichas poco antes a Pausanias, se abandona a su dolor y, cansado de la vida, decide regresar a los elementos; por un instante deja que su pensamiento se traslade al pa­sado, a la juventud, en que sabía aún ser feliz; ahora es viejo y justo es que des­aparezca. Pero su muerte no es una de­rrota, porque siente que nunca se ha des­animado en la lucha, no ha amado las tinieblas, trocado la verdad, alimentado el engaño; por eso le será dado no morir en­teramente; y en este instante de auto- consciencia, se arroja al cráter.

Entre tan­to, Calicles canta, con un ritmo musical de heptasílabos y pentasílabos alternados, el gozo del Helicón y el advenimiento de Apolo. Otro poema que encontramos en esta colección es «Tristán e Isolda» («Tristram and Yseult»), tema predilecto de los ro­mánticos, que, sin embargo, Arnold trata de un modo algo distinto, haciendo prota­gonista a Iseo (v.), no como personaje fa­tal y trágico, sino como mujer de Tristán (v.) y madre de sus hijos. La tercera par­te, especialmente un idilio en dísticos de­casílabos, en el cual Isolda de Bretaña, un año después de la muerte de Tristán, cuen­ta en un claro día de invierno un dulce cuento a sus hijitos, posee un delicado encanto, pocas veces superado en la poesía inglesa de la época.

Distinto ritmo y dis­tinta atmósfera encontramos en las «Es­tancias en memoria del autor de Obermann» [«Stanzas in memory of the author of Obermann»]. Obermann (v.) es una co­lección de cartas desde Suiza, del francés Etienne Pivert de Sénancour, a quien Ar­nold admira tan apasionadamente que pier­de el rigor crítico, y lo pone a la altu­ra de Wordsworth y de Goethe, como uno de los tres poderosos espíritus que, en la desesperada confusión de la vida de su tiempo, logran distinguir su propio camino. Es una poesía personal y reflexiva, en la cual el poeta pone de manifiesto toda su alma, tempestuosamente dividida entre la conciencia de una inexorable condena de dolores y el inexhausto anhelo de un goce imposible. En esta su segunda serie de poe­sías, Amold, uno de los más apasionados poetas de la época victoriana, revela ente­ramente su drama, esto es, el contraste entre su pensamiento razonador de crítico que no quiere desterrarse de la experien­cia de la vida, y su nostálgica aspiración de poeta a un clima de serena felicidad.

A. Prospero Marchesini