Elegías de Verlaine

Publicadas en Pa­rís en 1893 por el editor Léon Vanier, estas Elegías de Paul Verlaine (1844-1896) forman un total de doce largas series de versos alejandrinos de rima plana. Sería temerario afirmar que estas doce elegías añadieron algo a la gloria de Verlaine. Desde 1888 el poeta es la sombra de sí mismo. ¿Ensayó en estas Elegías cambiar el signo de su obra? De ningún modo. ¿Cuál es el tema? Tan sólo la pasión sensual: la pasión de un viejo licencioso que no se resigna a re­nunciar…

Verlaine ha encontrado una jo­ven a quien cree amar y que correspon­de a su entrega. Es este trato íntimo, en sus diversas situaciones, el tema que el autor evoca en estas elegías: «Castellana de quien no soy, ¡ay de mí!, el paje / Sino el viejo escudero fiel y no demasiado cuer­do». Hablando de su propio carácter, tan detestable como el de su amante, declara: «Es un campo de batalla en el que todo choque es seguido / de una tregua, tanto mejor cuanto más breve». Tras haberla en­gañado confiesa riendo: «En estas mujeres, por otra parte, no he encontrado el ángel / que hubiese sido preciso para reemplazar a este diablo, Tú».

Más adelante adopta un aire contrito «¡Oh, de todos modos ¿si nos perdonásemos». Después de haber hecho una vez más la apología de la vida bohemia, concluye sin vergüenza: «¡Basta! que vuelva cuando te plazca. / En todo te obedezco, ocurra lo que ocurra. / La muerte está allí, además, consejera experta / que nos dice: gozad mucho y muy deprisa / Y que unas faldas traidoras se adelanten a un su­dario real. / Su consejo es el tuyo. ¿No es así, querida?». No es preciso insistir. Es simplemente la prosa revestida de poema. Afortunadamente, el verdadero Verlaine es el otro.