Elegías de Arquíloco

Arquíloco de Pa­ros, que vivió a mediados del siglo VII a. de C., fue colocado por los antiguos al lado de Homero como fundador de la poesía grie­ga. Así como Homero había dado el mode­lo de la poesía objetiva e impersonal, Arquí­loco dio el de la poesía subjetiva, en la que el artista habla en primera persona y se toma a sí mismo como principal objeto de su canto. Arquíloco es más conocido por sus Yambos (v.), pero entre los escasos restos de su vasta y celebrada producción tene­mos también algunos fragmentos de elegías. En la clasificación tradicional griega el tér­mino de elegía, más que definir un conte­nido, indica la forma métrica que une he­xámetros y pentámetros en dísticos.

Arquí­loco la utilizó ya para esbozar con unos pocos rasgos sintéticos su propio retrato de poeta guerrero (fr. 1, 2), ya para recordar vicisitudes de guerra y de viajes (fr. 3, 5a), ya para consolar, con viril acento, a un ami­go en desgracia (fr. 7). Es conocido, sobre todo por su imitación horaciana, el fr. 6, en que el poeta declara haber abandonado el escudo en una acción de guerra, salvando así su vida: «¿Qué me importa el escudo? Vaya enhoramala. Compraré otro mejor»; donde, más que una ostentación de cobar­día, poco concebible en el mundo griego, parece que hay que reconocer la afirmación de una individualidad poderosa y original, que se complace en las actitudes extremas y hiere con sus mofas las convicciones más comúnmente aceptadas y más caras a la gente de orden. Tal debió ser en realidad Arquíloco, por lo que indirectamente sabe­mos _de él y por lo que podemos juzgar a través de los restos de su obra: una perso­nalidad destacada, un carácter ardiente, a menudo violento, capaz de expresar su mun­do interior en una forma simple y concre­ta, de cristalina claridad.

A. Bambrilla