Electra, Jean Giraudoux

[Électre]. Merece particular atención la obra Electra publicada en 1938. Es muy pro­bable que con Judit (v.) deba considerarse Electra como la mejor obra de este autor; la más densa, la más representati­va de su carácter, la de mayor fuerza. En su «Histoire de la Litterature Française», M. Henri Clouard escribe: «El teatro de Giraudoux tiene grandeza. Si bien toma sus puntos de partida al nivel del especta­dor corriente, o de los conocimientos clá­sicos más comúnmente usados, no obs­tante, se eleva en menos de dos horas a los problemas de la condición humana; abarca la amistad, el amor, la ciudad y hasta los dioses». Es, en efecto, en el tea­tro donde Giraudoux ha hallado el campo más propicio para aplicar sus indudables cualidades de creador que constreñidas por las necesidades del género, guardan su fres­cura de innovación verbal, sin perderse, como sucede con muchos relatos, en infi­nidad de meandros.

«Giraudoux no se pre­ocupa en absoluto por las formas externas de la verosimilitud, el teatro tampoco. El tiempo parece a Giraudoux una substancia que se puede alargar o comprimir a volun­tad; en el teatro una hora vale cinco mi­nutos o de modo inverso son los cinco minutos los que valen una hora. Giraudoux gusta del «couplet”; sólo en el teatro pue­de saciarse este deseo honestamente. Gi­raudoux siente pasión por lo inesperado, constantemente exige a un fin de frase o a un hombre lo que no se esperaba de ellos. El teatro es por lo tanto elevado a lo im­previsto, al golpe escénico, teatral. Giraudoux se complace en el juego de palabras: el teatro está concebido para darles un va­lor» (Marcel Thiébaut).

Este certero aná­lisis permite contemplar y comprender cómo este literato, este alumno de Escuela Nor­mal, este diplomático que fue Jean Giraudoux, pasó con naturalidad de la fantasía irreverente de Elpénor (v.) a una lucha más severa con los grandes mitos de la an­tigüedad sin perder ese gusto y esa amabi­lidad del lenguaje que hace exclamar a uno de sus héroes: «Des adjectifs dans un moment pareil!» («¡Adjetivos en semejante momento!»). En los dos actos de Electra la retórica, los procedimientos del autor (pues, con el retroceso del tiempo, aquello que parecía libre imaginación revela su articu­lación lógica, o, mejor, la articulación de su propia lógica) se expansionan con el má­ximo equilibrio. La pieza posee indudable­mente una poderosa fuerza trágica, sin des­cuidar, sin embargo, los anacronismos, los juegos y el gracejo siempre presente en Giraudoux.

Sobre el tema clásico de Orestes vengador de la muerte de su padre Aga­menón, matando a su madre Clitemnestra y a su amante Egisto, bajo las instigaciones de su hermana Electra, Giraudoux ha com­puesto el drama de la justicia y la pureza. Al principio de la obra, Electra no ha inter­venido todavía: por largos años se ha con­finado en un rincón solitario del palacio, meditando inconscientemente su venganza. Representa una protesta muda contra el poder de Egisto. También éste intenta casarla con un jardinero para devolver sobre «la familia de los Theocathocles todo aque­llo que amenaza arrojar, cualquier día, un fastidioso esplendor sobre la familia de los Atridas». Es entonces cuando Egisto define lo que parece muy bien ser la teología personal del autor: «Me he preguntado fre­cuentemente si creo en los dioses. Me lo pregunto porque éste es ciertamente el úni­co problema que un hombre de Estado se debe plantear en un claro careo consigo mis­mo. Yo creo en los dioses, o, mejor, creo que creo en los dioses. Pero creo en ellos, no como en las grandes atenciones o en las grandes vigilancias, sino como en las grandes distracciones.

Entre los espacios y los tiempos, en constante coqueteo, entre la gravitación y el vacío, siempre en lucha, se hallan esas grandes indiferencias que son los dioses. Yo no les imagino ocupados sin descanso en este moho supremo y móvil de la tierra que es la humanidad, sino llega­dos a un tal grado de serenidad y ubicuidad, que no puede ser otra cosa que la beati­tud, es decir la inconsciencia»., «Está fue­ra de toda duda que la primera regla de un jefe de Estado es la de velar ferozmente para que estos dioses no sean sacudidos de su letargo y el limitar su desgaste a sus reacciones de durmientes, ronquidos o true­nos». Es preciso pues evitar que Electra se manifieste, pues el problema radica en saber cuándo Electra llegará a ser Electra. Es la llegada de Orestes la que precipita esta transformación. Desde este instante Electra con su hermética diminuta faz y su pe­queño cuerpo de adolescente, no será sino una flecha vibrante de pureza, de odio, de justicia, un hambre insaciable de abso­luto, un desprecio de todo aquello que quie­re componer, aceptar o admitir. «Es esta la tragedia, con sus incestos y sus parricidas, su pureza, es decir, en suma, su ino­cencia».

La lucha entre esta inocencia terri­ble que empuja a Orestes al crimen, y la sabiduría equívoca de Clitemnestra y su amante forman la trama de una pieza que llega a veces a provocar las sonrisas y las inquietudes de Agathe Theocathoclés, pe­queña burguesa extraviada en un drama en que inconscientemente se encuentra siendo la mensajera del destino. «Vigilad vuestros actos, exclama Clitemnestra. Todo el mal del mundo proviene de aquellos que dicien­do ser puros han querido desenterrar los secretos y los han lanzado a la luz del sol»; a lo que responde Electra:. «Cuando el cri­men atenta a la dignidad humana, infesta un pueblo y corrompe su lealtad; y no hay perdón». Disputa eterna que concluye con la muerte de la reina y de Egisto, mientras Argos es precipitado a la guerra y el incen­dio. En las últimas escenas del segundo ac­to, Giraudoux ha sabido encontrar el acento más elevado y grave y logra aproximarse a la grandeza de los grandes trágicos griegos. El desenlace es de conmovedora belleza, no igualada, posiblemente, en ninguna otra obra del teatro contemporáneo. «La mujer de Narsés: ¿Dónde estamos, mi pobre Elec­tra, dónde estamos? Electra — ¿Dónde esta­mos? Mujer de Narsés— Sí, ¡Explícate! Nunca reacciono con rapidez.

Siento clara­mente que sucede algo pero no lo veo. ¿Qué nombre tiene esto, cuando el día se levan­ta, como hoy, y todo está denso y destro­zado y a pesar de todo se respira el aire, y todo se ha perdido, y la ciudad está en llamas, y los inocentes luchan y se matan entre sí, mientras los culpables agonizan en un rincón del día que nace? Electra — Pregúntalo al mendigo, él lo sabe. El Mendigo — Eso tiene un nombre muy bello, esposa de Narsés. Se llama aurora».