El Teatro de la Revolución , Romain Rolland

[Le théâtre de la Révolution]. Romain Rolland (1868-1943) ha dado este título al volumen, publicado en 1909, en el que se recogen sus tres dramas: Les Loups, Danton, Le qua­torze juillet, que debían iniciar un ciclo de diez obras dedicadas a la Revolución Fran­cesa; pero el ciclo quedó interrumpido.

El catorce de julio es un vasto fresco sobre la toma de la Bastilla; la acción tiene lugar en París del 12 al 14 de julio de 1789 y sigue en tres actos las diversas fases del primer movimiento revolucionario francés. El protagonista es la multitud, invitada por Marat a la insurrección en el primer acto, reuni­da en el segundo en torno a las barricadas, insurgente y victoriosa en la Bastilla en el tercero, que termina (a la manera del «tea­tro del pueblo» prescrito en 1794 por el Comité de Salud Pública y tomado como modelo de Rolland) en una alegoría de la Libertad triunfante. El drama tiene la inge­nuidad y viveza de colores de una estampa popular, pero carece de la autenticidad y del vigor genuino de las verdaderas obras populares. En Danton, que de los tres dra­mas es el de más empeño y el más rico, la acción tiene lugar en 1794 y está concen­trada en el desacuerdo entre Danton y Robespierre como crisis decisiva de la Revo­lución, cuyo edificio cruje en el momento mismo en que se pronuncia la condena de Danton a la guillotina.

El proceso de Dan­ton en el acto tercero es la parte más viva de la obra. La figura del tribuno está repre­sentada con sentido heroico y grandioso, fuertemente emotivo, según el fácil estilo del autor; hay en ella una violencia que quiere ser el símbolo de la revolución como fuerza natural, como «convulsión de la natu­raleza», que la gélida razón y la inexorable virtud de Robespierre amenazan con debili­tar, haciéndola replegarse en sí misma. Es en el Danton donde Romain Rolland exalta sus propios ideales de revolucionario romántico y generoso; en el tercer drama, Los lobos (cuya acción tiene lugar en 1793 en Ma­yence), el autor se coloca en posición dialécticamente opuesta, presentando bajo una nueva y clara luz un aspecto distinto de la conducta revolucionaria. El tema psicológico y moral aquí tratado es el mismo a que recurre muchas veces el teatro «revolucio­nario», desde La muerte de Danton (v.) de Büchner o ¡Hurra, vivimos! (v.) de Ernst Toller, hasta Las manos sucias de Sartre.

En Los lobos se lanzan uno contra otro dos hombres consagrados igualmente a la causa de la Revolución. Un compañero suyo ha sido condenado a muerte por traidor, a causa de la denuncia del general Verrat, que está llevando a la victoria la peligrosa batalla de Mayence contra los prusianos; pero pocas horas antes de la ejecución se descubre que la denuncia era una venganza personal. Entonces llega el drama: el gene­ral Teuler quiere salvar al inocente a toda costa, por deber moral, por derecho de jus­ticia, por mantener a la revolución pura, fundada en la honradez. Por el contra­rio, el comisario de la Convención, Quesnel, rehúsa: retirar a Verrat de la batalla, echando sobre él el deshonor, significaría la derrota. No importa que para vencer se- haya de pasar sobre un acto inmoral, lo que importa es la victoria: «que se pierda si es preciso mi nombre — concluye —, pero que se salve la Patria». Y se sacrifica al inocente.

Este drama es el más denso y conciso de los tres. En cierto sentido es el más inte­resante, pero resulta demasiado descarnado para poder sostener la representación escé­nica. Ninguna de las tres obras se ha man­tenido en el repertorio teatral, pero fueron representadas en París en el momento en que Rolland las escribió: El catorce de julio en el teatro de la Reinassance en 1902; Dan­ton en el Nouveau Théâtre en 1900 y Los lo­bos en el teatro de l’Oeuvre en 1898. Esta última pieza tenía entonces por título Morituri, con el cual Romain Rolland quería indicar que una revolución está destinada a anularse si renuncia a ser un hecho de las conciencias para convertirse únicamente en un hecho militar. (Premio Nobel 1915.)

G. Veronesi