[Der Teppich des Lebens und die Lieder von Traum und Tod mit einem Vorspiel]. Volumen de versos de Stefan George (1868-1935), aparecido fuera de comercio en 1900, en una edición de lujo ilustrada por Melchior Leichter, y puesto a la venta en 1901.
Consta de tres partes, cada una de las cuales se compone de 24 poesías de 4 estrofas de 4 versos. La primera parte, titulada «Preludio», es la más importante, porque señala la nueva orientación de George, o sea la fase conclusiva y más hermética de su poesía, que ahora aparece subordinada a una severísima disciplina. El poeta sale de la clausura de las Hojas para el arte (v.) y de los primeros volúmenes de versos publicados y habla ahora como sacerdote y poeta al mundo de su tiempo, dando a conocer lo que representa su ley y su Dios. La «misión poética» que había nacido con los Himnos (v.) se encarna ahora, como ley divina, en la figura del Ángel, que «desnudo» se le aparece en el «gran pórtico». Es el mismo «yo» del poeta, que se desdobla en el diálogo entre el «yo» real y este «yo» ideal, que debe convertirse en la expresión adecuada y perfecta del primero, que tiende hacia él. En las dos últimas poesías, efectivamente, tiene lugar la síntesis en el «nosotros».
Y entonces el alma del poeta, aplacada y ya pura y firme, se libera de toda ley exterior moral o religiosa para someterse exclusivamente a la ley interior revelada por el Ángel de la «Vida bella». Éste se convierte en «espíritu» condenado a vivir solitario como el sol que, en el centro de su sistema, puede tener a su alrededor los planetas, pero no el astro que semejante a él manifieste por sí mismo su propia luz. La segunda parte, el «Tapiz de la vida», presenta, en cambio, un tono épico. El poeta, ya seguro, se adueña de las fuerzas elementales y de las formas simbólicas del mundo en el que temporalmente debe vivir. Las nostalgias hacia los países del sur (v. Peregrinaciones) se han desvanecido, como pertenecientes al antiguo hombre que todavía se buscaba a sí mismo; el hombre nuevo vive con su alma alemana, nexo único que enlaza las 24 poesías.
Falsas interpretaciones hicieron ver aquí una expresión política de George, cuando este género de sentido nacional no es para él sino la más poderosa toma de contacto con lo concreto del propio yo radicado en la propia historia, en el propio suelo y en el propio lenguaje. De la primera poesía de esta serie, la del bosque primitivo, opulento paisaje de hierbas nunca segadas, en el que se mueven las gigantescas figuras de los progenitores, se pasa a la mística ciudad gótica de la «Dama de corazones» y a la gracia rococó de «Máscara», para culminar finalmente, en la duodécima, con el motivo de la incomprensión. Ahora es la teoría de los amantes que, «con ojos hundidos por el salvaje fuego», buscan en vano a quien posea una fuerza capaz de poderles volver a amar siguiéndoles en esas auras sobrenaturales. Suceden a éstas las poesías de la desilusión y la nostalgia.
Las «estatuas», que cierran la colección, representan el nuevo momento de reflexión que asume la poesía de George. Finalmente, las «Canciones del sueño y de la muerte» reanudan, en la tercera parte, el tono lírico y melancólico: representan una especie de adiós al mundo pasado, y la afirmación del nuevo, donde el poeta, en su plenitud vital, sé eleva con ritmos profundos o etéreos hacia la vena heroica, y allí vence la embriaguez de las pasiones, frente al ímpetu poético del sueño y con un soplo descubre la vaciedad de la existencia humana. No se debe a la casualidad que los inicios de la traducción del Dante realizada por George sean con-temporáneos de estas poesías; cada vez va acercándosele más, asimilándole crecientemente, como lo indica claramente la alegoría del Ángel y la misma estructura de la obra. La entonación religiosa produjo una impresión profunda entre sus íntimos. El público, desconcertado y todavía poco comprensivo, criticaba, y los discípulos, como fanáticos, solicitaban del maestro que se revelara como profeta taumaturgo, pidiendo un signo tangible de su poder, es decir la revolución literaria; pero pronto comenzaron las primeras deserciones.
George continuó entonces más solitario en su camino, encerrado en sí, pero inquieto, con el corazón abrumado en busca del espíritu universal, del Uno que ya anunciaba el Ángel y que halló en el divinizado Maximino del Séptimo anillo (v.).
G. F. Ajroldi

