El Simún, Henri-René Lenormanç

[Le Simoun]. Obra teatral en trece cuadros del dramaturgo francés Henri-René Lenormanç (1882-1951), repre­sentada por primera vez en París el año 1920. Encuadrado en el marco de África, el drama pone de relieve la maligna influen­cia del clima africano sobre el tempera­mento de algunos europeos. El propio título de la obra insinúa ya su intención: el si­mún, ese viento del Sur tan frecuente en el Sahara, que abrasa y sopla en todas di­recciones arremolinando la arena del de­sierto. He aquí el argumento: habiendo te­nido que sufrir demasiado por la mala conducta de su mujer, Laurency se ha afincado desde hace veinte años, como co­lono, en un remoto rincón de Argelia, donde la pequeña fortuna adquirida y su rectitud le han granjeado la estima gene­ral, situación que ha aventado de su áni­mo toda idea de regresar a Francia, a pe­sar de tener allí a un ser querido: la hija nacida del desdichado matrimonio. Ésta, de nombre Clotilde, es soltera y vive en casa de su madre.

Y aquí se inicia el dra­ma: muere la madre, la hija se queda sola y Laurency considera un deber hacerla venir a su lado, para así poder ocuparse mejor de ella y, de paso, tratar de reparar el daño que para Clotilde ha significado el divorcio de sus progenitores. Pero la fata­lidad acecha y tan pronto como la hija llega a su presencia, Laurency queda para­lizado por el estupor: Clotilde es la viva imagen de su madre, de la mujer que él amó antaño ciegamente, y, de súbito, su antigua pasión renace íntegra. En principio, Laurency juzga la situación como una abe­rración pasajera. Esgrime razones, se in­crepa a sí mismo y se hunde con furia en el trabajo, tratando de olvidar. Vano todo, porque no logra librarse de su obsesión. Al contrario, el desequilibrio se agudiza al amparo del desgaste sufrido durante su larga permanencia en África. La crisis alcanza plena agudeza cuando se entera que Clo­tilde se ha enamorado de un joven árabe con quien aspira a casarse para vivir bajo sus tiendas en el desierto. El joven se lla­ma Giauz y es hijo de un moro notable. Laurency, so pretexto de que el enlace pro­yectado es muy desigual, niega el consen­timiento, poniendo tal violencia en su re­pulsa que alguien se aprovecha de la co­yuntura con miras egoístas: su concubina Aiescha, que desde el primer día ha visto en Clotilde una intrusa de la que aspira a desembarazarse. A tal fin, resuelve aprovecharse de la circunstancia y con un pu­ñal cuyo extremo está envenenado hace un rasguño a Clotilde simulando una pica­dura de escorpión.

El veneno no perdona; muere Clotilde y Laurency, demasiado al­terado para descubrir la verdad, se en­cuentra solo ante el cadáver de su hija. Es tanto su cansancio, que no puede librarse de experimentar ese alivio que se siente siempre al término de una pesadilla. En torno del protagonista se mueven algu­nos tipos del mundillo colonial. Funciona­rios que el ambiente del país ha marcado de modo diferente: uno que, desesperado, se abandona con frenesí al goce de los sen­tidos, otro que se consuela maltratando a los indígenas y un tercero, el de más edad, que espera lograr un cambio estudiando el mecanismo de la voluntad. Este cuadro, esbozado simplemente, atrae con fuerza, por su emoción y amargura de una autentici­dad inquebrantable. En cambio es lamen­table que el autor haya introducido en la obra numerosos personajes secundarios in­útiles: soldados coloniales, indígenas, amén de un viejo profeta, con los que, sin duda, ha pretendido incrementar el color local. De todas formas, todos estos episodios sir­ven para graduar la marcha de la acción. Fuera de estas reservas, es preciso recono­cer que Lenormand ha sabido tratar con sumo tacto un tema muy escabroso. Su es­píritu de observación no le impide diluir este realismo en eso que se ha dado en llamar atmósfera. Añadamos que el diá­logo se ajusta perfectamente a la acción. Aquí, como en otras obras, Lenormand tes­timonia que sabe escribir sin concesiones.