El Séptimo Anillo, Stefan George

[Der siebente Ring]. Volumen de poesías de Stefan George (1868-1935), publicado privadamente en 1907 y en edición pública en 1909. El libro se divide en siete partes, todas las cuales culminan en la cuarta, que señala el ápice de la obra del poeta. Las tres primeras comprenden «Poesías del tiempo», «Figu­ras» y «Hombres y cosas temporales», la cuarta comprende las poesías «En vida y en muerte de Maximino», y las tres últimas llevan los títulos «Oscuridad de sueño», «Canciones», «Cuadros».

En las primeras poesías el autor lanza un reto a su época, afirmándose como es en realidad, «no un príncipe que, engreído por su unción, se deja mecer dulcemente escandiendo sus ritmos con gracia elegante o con majes­tuosa frialdad en la esperada solemnidad ultraterrena», sino el «señor que domina». Siguen después a manera de ejemplo algu­nas figuras: Nietzsche, Bócklin, León XIII, que saben conservar aún en estos tiempos de abyecciones su estatura y dignidad hu­manas. Y cierra esta primera parte otra in­vectiva contra una época en que «solamente los inferiores dominan y han muerto los elegidos, la fe está oscurecida y marchita de amor», y en la cual un hombre de un espíritu abstracto ha renegado del cuerpo, en el cual la renuncia ocupa el lugar de la belleza. Se inicia después el ciclo de «Maximino» en que George explica su mi­sión: dejar traslucir la divinidad de la fi­gura humana y dar a la figura divina cuer­po humano. Debemos excluir, aunque su forma y tono evangélicos puedan inducir a engaño a quien no haya seguido la evolu­ción y el pensamiento georgianos, toda interpretación religiosa cristiana. Estamos siempre en terreno estético.

Maximino es, sin embargo, el símbolo del Ángel (v. Ta­piz de la vida, etc.) que llega aquí al ápice. Para George él es el sacerdote de la be­lleza, del cuerpo deificado en la armonía del gesto y del espíritu, de la revelación intuida en la visión de un instante, tal como se le aparece «nel mezzo del cammin di nostra vita» adolescente aún, y como lo describe en otra parte «venía hacia nos­otros desde el arco de triunfo… con el se­guro paso de un joven guerrero… Era me­nester uno que nos mostrase las cosas como las ven los ojos de los dioses». Una visión, pues, apolínea y no cristiana actuó sobre el alma del poeta, visión de suprema belleza que en él se transfiguró en supre­mo, absoluto dios de aquella primavera perdida del Año del alma (v.). Maximino redime al mundo viejo y lo impulsa ha­cia el reino de la gracia. Tampoco el do­lor por su muerte es genuino sufrimiento, sino acto viril y vital, porque lo absoluto no es mortal, sino que revive eterno en toda cosa bella. De este momento de gracia el poeta pasa por medio de turbios erotis­mos y sombríos paisajes a la resurrección de la caridad religiosa. En la última parte de este libro, que representa el mundo de los redimidos, del «sueño» el alma pasa al reino de las «Canciones», hasta que se de­tiene en las «Estampas», especie de epi­gramas que graban en pocos versos una idea o una figura.

Las más significativas son las del Rin, de una Germania que sien­te renacer en sí, después de sueño secular, el ímpetu creador. Naturalmente su juicio lanzado contra sus contemporáneos había de causar desagrado, como el deificado jovencito que había vivido realmente en Mu­nich daba pábulo a burlas e ironías. Las deserciones no faltaron ni aun entre sus mismos discípulos, pero los mejores per­manecieron fieles, y otros se juntaron a ellos (Ernst Gundolf, Hildebrand, Morwitz) para constituir la nueva capilla (v. La es­trella del pacto) que reunió en torno a ella una verdadera cohorte de estudiosos, con su bandera revolucionaria que renovó la atmósfera de la pedantesca y erudita Ale­mania de comienzos de este siglo.

G. F. Ajroldi