El Proceso, Franz Kafka

[Der Prozess]. Novela de Franz Kafka (1883-1924), publicada póstuma en 1925. Un día, al despertarse en la pensión donde vive, el empleado de banco Josef K. descubre a dos individuos vestidos con un extravagante uniforme que le declaran que han venido para arrestarle en nombre de un misterioso tribunal, notificándole que se está preparando un proceso contra él.

No le revelan la culpa cometida. Sin embargo, no será una verdadera detención: podrá seguir ocupándose de sus negocios y solamente de vez en cuando recibirá una citación para presentarse a los interrogatorios. La idea de que se trata de una burla organizada por los colegas de su oficina con ocasión de su trigésimo cumpleaños, que cae precisamente en aquel día, apenas se le ocurre. De una manera vaga K. siente toda la gravedad de la desgracia que le ha caído encima, y, aunque al principio, con cierta arrogancia, acepta el proceso, acude a las audiencias, justificando ante sí y los demás su compor­tamiento con la necesidad de rechazar la acusación calumniosa y aclarar en interés de todo pacífico ciudadano la corrupción e inmoralidad de la magistratura que pretende juzgarle. Pero sus primeros contactos con la gigantesca y misteriosa organización, cu­yas audiencias se celebran en el último piso de una miserable casa de obreros y cuyas oficinas están instaladas en el aire irrespi­rable de los desvanes de la ciudad, dan a K., con un escalofrío de terror, la medida de la propia insuficiencia.

Pronto no con­sigue pensar en otra cosa, descuida su tra­bajo en la oficina para pasar largas horas perdido en el examen de las varias posibi­lidades de salvación que aparentemente se le ofrecen, o bien va corriendo de un lado a otro de la ciudad para confiar su defensa a un abogado, o para buscar afanosamente la ayuda de cualquier persona que conozca a los jueces que se hacen cargo de su pro­ceso. De tentativa en tentativa descubre su aislamiento en una ciudad que se le revela como un inmenso tribunal: todo el mundo está enterado de una manera inexplicable de su proceso, en la oficina, en su pensión, en el café, en todas partes donde se des­arrollaba un tiempo su vida metódica y ce­rrada de oficinista; miles de ojos silencio­sos o maliciosamente sonrientes observan sus actos como desde un oscuro teatro, y cada palabra suya cae en el aire parado con el peso de una irrevocable deposición. Cuando Josef K. se da cuenta de que no existe ningún intermediario entre él y su proceso, que todo lo que no es él mismo es proceso, y, más aún, que también él mismo ha llegado a formar parte del pro­ceso, entonces ya no le queda más remedio que aguardar la ejecución de una condena ya pronunciada.

Una noche, la víspera de su trigésimo primer cumpleaños, dos co­rrectos señores vestidos de negro se presen­tan en su pensión y, del brazo de los mis­mos, K. llega al lugar donde debe ser ajus­ticiado. Un patético y angustiado descubrimiento de la muerte y su lógica e ineluctable consecuencia aparecen en este impresionante documento autobiográfico. Un empleado, el hombre cuyos actos y pensa­mientos están petrificados al igual que las calles de la ciudad que todos los días re­corre, descubre de repente una realidad in­humana debajo de todo lo que toca, des­cubre su infinita soledad de hombre sin afectos y su propia muerte en la vida. Es un proceso de autopsia que está obligado a hacer sobre su propio cadáver: cuando el bisturí acaba de encontrar el último ner­vio insensible, entonces ya no puede haber otra cosa que la resignación a la muerte. La culpa de Josef K. es su renuncia a la vida, y una divinidad despiadada y apa­rentemente injusta conduce al hombre has­ta la aceptación del acto de justicia repa­rador. Como siempre ocurre en las obras de este autor, la propia abstracción de los per­sonajes y la crudeza incisiva de las diversas situaciones entrechocan y se interfieren produciendo una verdadera tragedia cós­mica.

Hay versión escénica, en francés, de André Gide y J. L. Barrault, traducida por Alejandro Ruiz Guiñazú (Buenos Aires, 1952).

L. Foà

Libro sugestivo… elimina toda explica­ción racional. El realismo de sus descrip­ciones entra continuamente en lo imagina­rio y no sabría decir qué es lo que más admiro en él: la indicación «naturalista» de un universo fantástico que la detenida exac­titud de las descripciones consigue hacer real, o la segura audacia de sus saltos hacia lo extravagante. Hay mucho que aprender aquí. La angustia de este libro es a veces casi insostenible, ya que no es posible que uno deje de decirse continuamente a sí mismo: este ser cazado soy yo. (A. Gide)