El Príncipe de Homburg, Heinrich von Kleist

[Prinz von Homburg]. Tragedia en verso y cinco actos, obra maestra de Heinrich von Kleist (1777-1811), estrenada en 1810. Federico, príncipe de Homburg y joven oficial, es sonámbulo.

La primera escena nos lo pre­senta sorprendido en aquel estado morboso por la Corte, que se aproxima a él mitad curiosa, mitad despectiva, y después se aleja precipitadamente. Su novia, Natalia, deja caer un guante que él recoge. Al despertar, ve el guante y queda tan turbado que ape­nas escucha las últimas órdenes para la inminente batalla de los brandeburgueses contra los suecos. En el momento decisivo el príncipe desobedece las disposiciones, consiguiendo empero la victoria. Helo ahí hé­roe del día y al mismo tiempo culpable de una desobediencia. El príncipe Elector, jefe del Estado y del ejército, aunque sea tío de Federico, quiere que su indisciplina sea castigada. Asistimos al estupor del príncipe de Homburg, luego a la agitación y al te­rror de quien sucesivamente pasa ante la muerte. Si la tragedia de Comeille consis­tía en la lucha interna de dos pasiones, este drama prusiano está netamente plan­teado a la manera de Corneille.

Una de las pasiones de Federico es el amor a la vida. Pero cuando, a consecuencia de las súplicas y poderosas intervenciones, el príncipe Elector deja la última decisión en sus pro­pias manos, Federico se declara al lado del Estado contra sí mismo. Solamente enton­ces se convierte en héroe perfecto. Con los ojos vendados le conducen hacia la muerte que ha aceptado, pero al quitarle la venda, como en la primera escena nocturna del primer acto, ve a la Corte reunida en tomo suyo: para su apoteosis y sus bodas con Natalia. La obra está construida con una sencillez clásica de gradaci-ones y peripe­cias que giran en torno al hecho principal, como conviene a la acción de la tragedia. El conjunto es una singular fusión de espí­ritu prusiano y de romanticismo: es decir, de orden, de medida, de rigurosa sumisión a la ley y al interés de la comunidad y de desenfreno romántico excesivo, sin medida, consagración del individualismo y de la pasión desenfrenada.

Por ello parece que existe un contraste entre aquel príncipe so­námbulo y el ambiente de cuartel, de cam­po de batalla, de disciplina militar. Pero Kleist consiguió perfectamente la fusión. El carácter del príncipe Elector es una obra maestra de ponderación y de equilibrio en­tre los sentimientos humanos y el imperati­vo categórico. Federico es, desde el principio, un romántico puro, pero vuelve, enriquecido por aquella experiencia extraordinaria, a la verdadera tradición prusiana de su tie­rra (es el retrato ideal del propio Kleist, quien, sin embargo, con su trágico suici­dio, parece ser que volvió al fin al Ro­manticismo más pernicioso). Las escenas entre generales, las descripciones de la ba­talla, de las relaciones entre jefes y subor­dinados, son una reproducción exacta e idea­lista del ejército y del Estado. La obra es una poetización de toda la vida prusiana. Uno de los medios para conseguirla es el idioma, que es también una fusión maravi­llosamente conseguida de elementos del más severo militarismo con la luz del ensueño y los colores del Romanticismo.

F. Lion

El Prinz von Homburg es el drama de Kleist más verdadero, porque contiene toda su vida. Encierra todas las exaltaciones y las tajantes contradicciones de su natura­leza, el amor a la vida y la necesidad de la muerte, todos los sentimientos heredita­rios y todos los adquiridos…. (S. Zweig)

El Prinz von Homburg tiene algo de me­lodrama, con escenas y variaciones de final feliz, donde el Gran Elector, el rígido cus­todio de la ley, que condena al príncipe a muerte, parece que no obre ni hable en serio y se esfuerce en disponer una mora­leja.  (B. Croce)