El Pozo de Santa Clara, Anatole France

[Le Puits de Sainte-Claire], Colección de cuentos de Anatole France (François-Anatole Thibault, 1844-1924), publicada en 1895.

Todos los cuentos están dedicados a Italia, mejor di­cho, a la tierra de Toscana y Umbria, y el autor declara que lo esencial lo oyó de un sabio fraile al que conoció durante su per­manencia en Siena, el padre Adone Doni, erudito de noble familia, teólogo y huma­nista, sinceramente religioso, aunque no carente de cierta maliciosa independencia de espíritu; el padre Doni se presenta como una nueva encarnación del abad Coignard (v.) y recuerda también al personaje de Bergeret (v.); tiene la costumbre de con­versar y desahogar sus fantasías al ano­checer, junto a un lindo pozo del siglo XIV llamado tradicionalmente «pozo de Santa Clara».

Los primeros seis cuentos («San Sá­tiro», «Guido Cavalcanti», «Lucifer», «Los panes negros», «El alegre Buffalmacco», «La dama de Verona») ponen en escena a personajes italianos del siglo XIV, prin­cipalmente florentinos, y son casi todos agradables variaciones sobre temas propues­tos por Boccaccio, por los Trescientos cuen­tos (v.) de Sacchetti o las Vidas (v.) de Vasari. Después de ellos sigue, con el tí­tulo de «La humana tragedia», una serie de dieciséis breves narraciones morales so­bre la vida y los hechos del padre Juan, evidentemente inspiradas por las Florecillas de San Francisco (v.).

Concluyen el libro otras cuatro narraciones más bien lar­gas: «El misterio de la sangre» (es decir, la historia de la muerte de Nicolás Tuldo, sacada de una célebre carta de Santa Cata­lina), «La fianza» (curiosa aventura de un mercader veneciano, combinación de ele­mentos sacados de varios cuentos de Boc­caccio), «Doña María d’Avalos y Don Fabricio d’Andria» (trágica historia de amor y muerte sacada de una anécdota de Brantóme) y «Bonaparte en San Miniato», gra­ciosa variación sobre un motivo histórico, donde vemos a Napoleón, huésped de un anciano canónigo toscano que dice ser uno de sus lejanos parientes, escuchar con com­placencia los discursos del sacerdote sobre la nobleza de la familia Bonaparte y la eternidad de la Iglesia. Este último cuento es, indudablemente, el más bello y vivo, una pequeña obra maestra. Sin embargo, el libro es todo él interesante: porque pone de manifiesto las «tendencias franciscanas» del escéptico France, además de mostrar con luminosa claridad los orígenes de su arte.

M. Bonfantini