[il piccolo santo]. Drama en cinco actos del italiano Roberto Braceo (1862-1943), representado por primera vez en 1909. Don Fiorenzo Barsi, cura párroco de un pueblo montañés, es muy estimado por el pueblo por su bondad y tenido casi por un santo por su vida ejemplar, su íntegra fe y su caridad.
Regresa un hermano suyo, Giulio, que ha vivido durante muchos años en América del Sur; es acogido con gozo, fija su residencia en casa del sacerdote y se enamora de Anita, excelente muchacha. También Anita, cómo todo el mundo, ha experimentado el hechizo profundamente espiritual de don Fiorenzo, que se propone, en cambio, impulsarla a vivir la vida de todos, y más por la circunstancia de que Anita es hija de una mujer a quien él amó en su juventud y que, al morir, le designó como guía moral de su hija: él quiere que se case con Giulio. Reacia primero la muchacha, acaba por aceptar; pero durante la ceremonia nupcial un largo desmayo indica su turbación. A pesar de todo, con el tiempo nace y se afirma su afecto por su marido; y los esposos deciden partir secretamente para América, con el fin de que Anita quede del todo sustraída a aquella atmósfera mística.
Don Fiorenzo se entera de aquel propósito y, venciendo el dolor de la separación, que lo desprenderá de sus seres más queridos, la fomenta noblemente: su fe le bastará. Pero un muchacho perturbado y casi mudo, Barbarello, a quien él ha salvado de la muerte y que vive con él idolatrándolo, lo ha escuchado todo, ha comprendido también la verdad de sus afectos secretos, casi oscuramente inconscientes, y hace caer a Giulio en un barranco, creyendo vengar a don Fiorenzo. El sacerdote, al saber la trágica noticia, cae al suelo fulminado.
Esta obra, por la claridad con que ostenta sus ambiciones de tragedia que se desarrolla toda ella en lo íntimo de la conciencia, más confiada a las palabras calladas que a las dichas, ha sido a veces juzgada como la obra maestra de su autor, pero en un teatro rico en experiencias, que transcurre hábilmente sobre temas más eficaces y desenvuelve sus situaciones con instintivo equilibrio de notaciones psicológicas y técnica escénica, sólo representa una fase interesante pero no necesaria. La pintura del protagonista es muy fina, de calidad delicadísima; torturado por profundo tormento interior, se precisa en cada escena con mayor relieve; mas para llegar a la poesía sería necesario un esfuerzo más eficaz, una más firme renuncia a los detalles ora pintorescos, ora episódicos, y un ritmo más marcado, que cediese a la necesidad natural de la tragedia más que a la sugestión narrativa de un acontecimiento ampliamente desarrollado.
G. Falco

