El Lirio Rojo, Anatole France

[Le lys rouge]. Publi­cada en 1894, figura esta novela entre las más conocidas de Anatole France (François-Anatole Thibault, 1844-1924). En ella el elegante escritor nos transporta a un ambiente exquisitamente mundano, que él ilustra apoyándose en la sugestiva figura de la protagonista, la condesa Thérèse Martin-Belléme.

Hija de un afortunado finan­ciero, y esposa de un noble todo él absor­bido por la política y propuesto para minis­tro, mujer de inteligencia pronta y refinada y de carácter tímido y ardiente, Thérèse soporta en virtud de su situación social su matrimonio de conveniencias y vive culti­vando amistades dispares de nobles, de políticos y de literatos, haciéndose la ilu­sión de engañar el vacío de su corazón con una relación secreta que la une a Roberto Le Menil, cuya pasión es aceptada por ella con tierna indolencia. Pero el carácter ori­ginal y la vigorosa figura del escultor Jac­ques Dechartre la hechizan como nunca. Puesto que Dechartre le ha hablado con fogosa elocuencia de un viaje suyo a Italia, ella, hastiada de la simplicidad de Roberto, se decide a aceptar la invitación de una amiga, la poetisa inglesa Vivían Bell, que vive en Fiésole. En Florencia se encuentra de nuevo con Dechartre, y se abandonan ambos en cuerpo y alma a la embriaguez de un gran amor. Thérèse, es completamente feliz; pero Dechartre, sencillo y violento, es torturado por los celos, acaba de saber que ha tenido un predecesor, y halla en la tenacidad del joven Roberto (que no se resigna a ser abandonado), y en una serie de pequeños incidentes puramente fortuitos lo suficiente para que despierten en él las sospechas. Dechartre ya no puede «creer» en su amada y así termina, con la desespe­ración de Thérèse, un amor que parecía destinado a una vida mucho más larga.

Esta aventura está enriquecida por una serie de personajes secundarios, dibujados con mano feliz (es notable entre todos el poeta Choulette, el cual, según parece, no era otro que Verlaine) y se desarrolla en una atmós­fera típicamente «fin de siglo», cerebral y estetizante. Anatole France ha intentado aquí un tipo de novela nueva para él; la novela estrictamente mundana, haciendo la competencia a Daudet (v. sobre todo El inmortal), al Maupassant de Nuestro cora­zón y de Fuerte como la muerte (v.) e in­cluso a Bourget, y no puede negarse que acertó, creando, con toda la refinada mali­cia de un hombre bregado en su oficio, una narración de éxito seguro entre un amplio público fácil y elegante, especialmente feme­nino; pero su obra parece muy lejos de la genuina del autor del Figón de la reina Patoja (v.), de la Historia contemporánea (v.) o de Los dioses tienen sed (v.). El gusto por un irónico moralizar y una sutil filosofía noblemente escéptica y placenteramente discursiva anima también, en esta obra, no pocas páginas, pero se presenta como adición puramente programática y casi gratuita, separada del verdadero tema de la fábula; y hasta en el estilo las estudia­das elegancias y los bien trabajados epi­gramas muestran un algo seco y ficticio, revelando en el esteticismo de Anatole France una peligrosa conveniencia con el artificioso gusto «Liberty» de la sociedad en la cual viven los dos héroes de la ro­mántica aventura. [Trad. española de Luis Ruiz Contreras con el título La azucena roja (Madrid, s. a.)]. M. Bonfantini

Este libro respira la más acre voluptuo­sidad. (Lemaitre)