El Hadj o El Tratado del falso Profeta, André Gide

[El Hadj ou le Traite du jaux Prophéte]. Obra publicada en 1899 y comprendida por él entre los cinco «tratados» reunidos luego en un vo­lumen a continuación de El retomo del Hijo Pródigo (v.). El árabe El Hadj, llega­do casi al término de su carrera de profeta, confiesa con doloroso estupor los resulta­dos de su experiencia. Humilde cantor po­pular, abandonó cierto día su populosa ciu­dad, en el Sur, para seguir con su canto la caravana de un misterioso príncipe que nadie había visto nunca y que le condujo, encerrado en su litera o en la tienda noc­turna, servido por esclavos mudos, a través del desierto, hacia un objetivo indecible. El príncipe por fin se muestra ante él, her­mosísimo, milagrosamente consumido, casi enfermo de muerte, y le confiesa que ne­cesita de su canto para creer en sí mismo.

Desde entonces El Hadj se ha convertido en el profeta de aquel pequeño pueblo; el príncipe es creído y vive en sus palabras; pero él mismo le ama ya con un amor sen­cillamente humano y ya no cree en él. Lle­gan al fin, después de los sufrimientos del desierto, a la vista de una luminosa exten­sión de aguas azuladas, que será preciso atravesar. Pero El Hadj se da cuenta de que se trata de un horrible lago salado, falsa­mente embellecido por el espejismo; y en aquel momento su príncipe muere.

Le entierra en secreto, siente piedad de él y de su pueblo, calla su decepción, encuentra en la pretendida indignidad de los secuaces el pretexto para no intentar la travesía hacia la tierra prometida y les lleva de vuelta, siguiendo las huellas del camino ya reco­rrido, hasta su ciudad, alegando siempre órdenes del príncipe en quien todos creen («… en línstant même, lui triomphait; car il n’était mort que pour moi, et qui précisément seul l’aimais»). Ahora el pueblo le ha abandonado, porque no ha advertido en sus palabras aquel amor que El Hadj no quería mostrar por temor de que, al ceder a’ la emoción, fracasase en su empeño y revelase la verdad.

El falso profeta está, pues, libre, y ni siquiera sabe si ha de estar contento de su liberación: «Mais je sais maintenant, s’il y a des prophétes, que c’est parce qu’ils ont perdu leur Dieu. Car si Lui ne se taisait pas, que serviraient alors nos paroles?» La desconcertante fá­bula se desarrolla, siguiendo las palabras de El Hadj, evocada en un apasionado discurso poético, cálido y lleno de imágenes, que no carece de sugestivas complacencias y de abandonos, y encuentra sin embargo en su conjunto la línea perentoria y precisa del balance agotador de una experiencia.

M. Bonfantini