El Extranjero, Vincent d’Indy

[L’Étranger). Ópera en dos actos del compositor francés escrita entre 1898 y 1901 y representada en Bruselas en 1903.

El «Extranjero» es el que ama con puro amor: navega eternamente sobre el mar, al que puede reducir a la obediencia en vir­tud de una esmeralda que lleva en el som­brero y que en otros tiempos estuvo en la nave del apóstol S. Pablo. Ama a Vita, una muchacha hermosa y pura, que no le com­prende y se asombra de encontrarle tan frío, reservado y paternal. La muchacha trata entonces de excitarle con los celos, decidida por otra parte a abandonar a su novio, Andrés, para seguir al Extranjero. El hombre, vencido por la mujer e inclina­do a convertir aquel amor ideal en amor humano, le revela el poder de la esmeralda. Pero la revelación es fatal: el encanto queda roto, la esmeralda desde aquel mo­mento traerá desgracia, y el Extranjero habrá de volver a marchar solo. Maldicien­do al amuleto, Vita lo arroja al mar, pero el mar responde agitándose; y mientras las embarcaciones que navegan por alta mar consiguen atracar en el muelle, una de ellas es destrozada por la tempestad.

Ningún pescador se atreve a enfrentarse con las olas para llevar socorro a los des­graciados: entonces el Extranjero lo desafía solo, con Vita que ha querido seguirle. Pero una gran ola vuelca la frágil embar­cación y hunde en los abismos al hombre y a la mujer, mientras un pescador en la ori­lla recita el «De profundis». El tono de esta ópera recuerda El buque fantasma (v.) wagneriano: el misterio, la esmeral­da, la elevación del hombre a símbolo, y Vita, representación del eterno femenino, denuncian la inspiración del postwagnerianismo que no acierta a dominar el con­tenido literario del asunto mediante acentos musicales propios. Tal es el destino de casi todas las óperas nacidas de dicha influen­cia. En esta de D’Indy, limitada por cierto misticismo romántico que recuerda también a Lohengrin (v.), es evidente el desequi­librio entre la insignificancia de la fábula y la asombrosa riqueza de la música que la representa. Por consiguiente, conviene separar lo meramente teatral, del desarro­llo sinfónico, si se quiere encontrar alguna página de libre fantasía musical, donde D’Indy encuentra sus mejores acentos, como en casi todo el segundo acto que puede considerarse como un grandioso «poema sinfónico».

E. M. Dufflocq

Esta ópera es una lección admirable para los que creen en esta brutal estética de im­portación, que consiste en sofocar la música bajo amasijos de verismo. (Debussy)