La Extranjera, Vincenzo Bellini

[Le straniera]. Melodrama sobre libro de Felice Romani, que lo ex­trajo de la novela del mismo nombre de D’Alincourt, entonces de moda. La ópera fue compuesta en Milán entre octubre de 1828 y febrero de 1829 y se estrenó, con gran éxito, en el Scala de Milán, la noche del 14 de febrero de 1829, con la Tosi, Donizelli y Tamburini.

Es una aventura ro­mántica, que tiene como fondo una Edad Media convencional, donde predomina la figura de una mujer extraña, llamada «la extranjera», cuyo origen no revela el libro, manteniéndola en una absurda oscuridad, pero que Romani, en una nota, dice que es la hija del duque de Pomerania, casada con Felipe Augusto, rey de Francia, repudiada luego por él y recluida en un castillo de Bretaña, bajo la vigilancia de Leopoldo, príncipe de Renania, su hermano, con el nombre de barón de Valdemburgo. La mí­sera Inés (tal es su nombre) huye del cas­tillo dejando una amiga muy parecida a ella, y se retira a una cabaña cerca del lago de Montolino «para llorar su culpa y sus desgracias». Los rudos habitantes de los al­rededores la creen una hechicera. Se enamo­ra de ella el conde Arturo de Ravenstel, que piensa casarse con ella pese a estar pro­metido a Isoletta, hija del señor de Mon­tolino.

El barón de Valdemburgo, que nadie sabe que sea hermano de la extranjera, trata de disuadirla de este amor e impedir las bodas, aconsejando a Arturo el matri­monio con Isoletta. Arturo se muestra cada vez más locamente enamorado de Alaida — así se hace llamar la extranjera— y, creyendo que Valdemburgo es un afortuna­do rival, le hiere en desafío, pero, al saber por Alaida que es su hermano, trata^ de matarse arrojándose al lago donde cayó el mismo Valdemburgo. Acuden los habitantes de las orillas, y al frente de ellos Osburgo, el confidente de Arturo, quienes culpan del delito a Alaida, que es llevada ante los jueces. Durante la escena del juicio apa­recen misteriosamente Valdemburgo y Ar­turo, que atestiguan la inocencia de Alaida, pues el mismo Arturo se acusa del crimen, salvándose, por tanto, la extranjera. Entre tanto se disponen las bodas de Isoletta y Arturo. En la ceremonia están presentes la extranjera, escondida, y Valdemburgo que incita a Arturo a anudar sus lazos con Iso­letta.

En un momento dado Arturo huye del templo, encuentra a Alaida, que qui­siera llevar consigo, pero llega el Prior de los Hospitalarios que reconoce en Alaida a la reina Inés y anuncia la muerte de la pri­mera mujer del rey de Francia, por lo que Inés vuelve al trono. Arturo, al escu­char la nueva, se mata. Tal es la farrago­sa trama de la ópera, cuyo desorden aclara la limpidez de la música bellininana. La extranjera está situada entre El pirata (v.) y Capuletos y Montescos (v.). En cuanto al estilo, representa un progreso (de aquel tiempo es la famosa carta a Agostino Gallo en la que Bellini muestra su decidida vo­luntad de acomodar la música al desarrollo dramático); en cambio, respecto a la ex­presión lírica, parece haberse estancado en aquella facultad tan suya del canto puro, que aparece en El pirata y había de llegar a su culminación en Norma (v.). El equili­brio del conjunto queda compensado mara­villosamente : ciertos recitativos alcanzan una gran fuerza expresiva, pero en toda la partitura la inspiración resulta débil y las ideas no destacan por su originalidad. La ópera no tiene obertura.

Las primeras es­cenas, aunque contengan recitativos cuida­dos y arias de factura delicada (especial­mente las liederísticas estrofas de Valdem­burgo y la melodía de Isoletta «Oh tu che sai gli spasimi»), no consiguen caracterizar a los personajes. El interés se acentúa en la escena entre Arturo y Alaida, donde los recitativos se suceden melódicamente inci­sivos, y el dúo «Un ultimo addio», con su característico desarrollo silábico, tiene un ímpetu agitador. El momento culminante, donde Bellini anuncia la mayor conquista de su lenguaje, es el final del primer acto, desde el principio de la «tempestad» y es­pecialmente después de la escena del desa­fío. La noche negra y tempestuosa, el deli­rio de Alaida, los comentarios sórdidos del coro, encuentran en la música, entretejida de líneas simples, una expresión de senci­llez tan conmovedora, que amplían el signi­ficado de los propios sentimientos de los personajes; merece destacarse el sollozan­te delirar de Alaida, «Un grido sentó», in­terrumpido por murmullos del coro. En el acto segundo, bloque compacto de inten­so dramatismo, es acertado el «andante lú­gubre», que indica la condena de Alaida. La aparición de Valdemburgo es subrayada por exclamaciones interrumpidas del coro. El aria «Meco tu vieni, o misera» —sacada de lá ópera Adelson— es una de las más expresivas; el diálogo entre Arturo y Val­demburgo es ceñido y enérgico.

En cambio, resulta algo ampulosa la romanza del barítono «Sulla salma del fratello» y escasa­mente original, dentro de su factura rossiniana, el aria de Isoletta: «Ah se non m’ami piü». También la escena final de este se­gundo acto señala una cima del momento lírico belliniano. En el cuarteto, que se inicia con un dialogado, donde el recitativo se convierte en melodía («Che far tu vuoi») para liberarse en una pureza de un amplio canto, de consistencia beethoveniana («Sí, tu il sei»), la musa de Bellini parece huir de toda convención melodramática para elevarse al puro cielo del canto, como ex­presión inmediata de una emoción profun­damente humana.

A. Damerini