El Elixir de Amor, Gaetano Donizetti

[L´elisir d’amore). ópera bufa, en dos actos, sobre libreto de Fe­lice Romani (1788-1865); se representó por primera vez, en Milán, en 1832. La acción se desarrolla «en un pueblo en el país de los vascos». Nemorino, «labrador joven y sencillo» está enamorado de Adina «rica y caprichosa hacendada», que no quiere co­rresponderá; también la corteja el sargento Belcore. Llega al pueblo el doctor Dulca­mara, redomado charlatán, que vende un producto de virtudes portentosas (cura todas las enfermedades, devuelve el vigor juve­nil a los viejos, procura amores a los jóve­nes, etc.); y Nemorino le pregunta si por casualidad no se trata del elixir de amor que inflamó el corazón de Iseo por Tristán, cuya historia escuchó contar a la misma Adina. Dulcamara, naturalmente, satisfecho de haber encontrado un crédulo de aquellas dimensiones, responde afirmativamente y le asegura que su elixir le procurará el amor de la mujer deseada (entre tanto medita en su fuero interno escapar oportunamente).

Nemorino está encantado con la adquisición y Adina, que le encuentra de humor tan distinto del acostumbrado sin saber por qué, despechada acoge en presencia suya las pro­posiciones de Belcore y decide casarse con él aquel mismo día. Nemorino, desesperado, le suplica en vano que espere hasta el día siguiente; corre entonces a buscar a Dul­camara y le pide la manera de poder ser amado inmediatamente. Aumentar la dosis del elixir, responde el charlatán (mientras piensa en marchar a la media hora); pero el pobre Nemorino ya no tiene dinero para comprar. Se encuentra con Belcore que, creyéndole afligido por tener los bolsillos vacíos, le propone hacerse soldado: pronto recibirá veinte escudos como anticipo. Ne­morino acepta, pareciéndole aquella la úni­ca manera de conseguir más elixir. Se ex­tiende entre tanto entre las jóvenes del pueblo la noticia de que el tío de Nemorino ha muerto dejándole una gran herencia. Él aún no sabe nada y, al encontrarse entre ellas, se ve rodeado y cortejado; natural­mente, piensa que ello es debido al mágico elixir que ha vuelto a beber abundante­mente.

Entre tanto Adina se entera por Dulcamara de que Nemorino ha vendido su libertad por amor hacia ella y, enternecida, deshace el contrato con Belcore; ver a Ne­morino rodeado por las muchachas del pue­blo ha efectuado el milagro de vencer su frialdad (debida más a capricho que a verdadera indiferencia), aun antes de enterarse de la herencia de Nemorino. Ella se le entrega finalmente; la felicidad de la pa­reja se resuelve en un triunfo para Dulca­mara, cuyo elixir se vende como pan, tanto más cuanto que ha manifestado también el poder de «enriquecer a los arruinados»; y marcha entre el entusiasmo general con la única nota discordante de las injurias de Belcore, que queda burlado. Este pueril asunto tuvo la virtud de hacer brotar la vena melódica de Donizetti en un chorro particularmente límpido y espontáneo. Se dice que compuso la ópera en quince días, y es posible; ciertamente no manifiesta la menor señal de elaboración fatigosa sino, al contrario, de factura precipitada; el mú­sico supo componer un conjunto orgánico y fundido, sobre una base tan inconsistente ello no significa que todo el Elixir lleve la huella de la pura belleza musical; hay que decir, por el contrario, que, si bien casi to­das las páginas de la obra son más o menos graciosas y originales, pocas resplandecen verdaderamente con intensa luz poética, y son aquellas en que la sonrisa se vela de melancolía.

Recordemos entre ellas, además de la célebre romanza «Una furtiva lacriman, el conmovedor dúo de Adina y Ne­morino «Chiedi all’aura lusinghiera» («Pi­de al céfiro lisonjero»], el momento (dra­máticamente bufo, pero como transfigurado por los sonidos) en que Nemorino suplica a Adina que aplace por un día la boda Adina credemi, te ne scongiuro» [«Adina, créeme, te conjuro»}), el aria de Adina «Prendi, per me sei libero» [«Toma, por mí eres libre»], y otros rasgos aislados, espe­cialmente en el papel de Nemorino, el per­sonaje musicalmente más sentido. Respecto a estas páginas, las demás resultan como un amable contorno, apto, por decirlo así, para engarzarlas y colocarlas en la luz de­bida. Los caracteres de los personajes están dibujados musicalmente con rasgos típicos: tanto la galantería soldadesca de Belcore como la charlatanería de Dulcamara. La parte orquestal, sobria y sencilla, pero muy cuidada y vigilada, integra felizmente el canto y forma con él una armonía elegante y variada.

F. Faxo