El Ciriffo Calvaneo, Luca Pulci

[Il Ciriffo Calvaneo]. Poema caballeresco en siete cantos y en octavas. El primero de ellos es de Luca Pulci (1431-1470), otros cuatro probablemen­te de su hermano Luigi (1432-1484), y los dos últimos fueron añadidos por Bernardo Giambullari. El poema se imprimió en 1518. Paliprenda, abandonada encinta en un bos­que por Guidone, fue recogida por el pastor Lecore, que ya había hospedado en su ca­baña a la infeliz Massima, también abando­nada por el caballero griego Antandro y ya madre de un niño, al que ha puesto el nombre de Ciriffo, añadiéndole el de Calvaneo, por llamarse así los montes toscanos donde encontró refugio. Paliprenda da a luz un niño, al que pone por nombre Povero Aweduto [Pobre Perspicaz]: «Pobre», por su infeliz condición; «Perspicaz», porque la madre lo desea prudente y sabio. Los dos niños crecen animosos y valientes, cosechan laureles en los juegos y en las cacerías de la comarca y, habiendo conocido la dolorosa historia de sus madres, juran vengarse de sus padres. En Constantinopla encuentra Ci­riffo a su padre y le hiere; Pobre, capturado por los corsarios, se une a ellos y realiza prodigios de valor; desembarcado en Ascalóh, socorre al rey Tibalde, asediado por el rey de Francia y sus caballeros, entre los que se encuentra también su padre, Guidone.

Comenzada la batalla, Pobre descubre por fin a su padre, se lanza contra él, y am­bos quedan heridos; pero los paganos llevan las de perder, hasta que llega en su socorro una armada sarracena con unos extraños gigantes. Tras una tregua, se decide confiar la suerte de la guerra a un duelo entre dos caballeros de los dos bandos opuestos, y Pobre, sin saberlo, combate contra un her­mano suyo, Lione Spinetto; pero la lucha, violentísima, es interrumpida por los gigan­tes. El poema termina con la traición inten­tada por un caballero, Falcone, y con el castigo de éste. El Ciriffo carece de unidad de inspiración, el argumento es confuso e incompleto, y las octavas se desarrollan pe­destres y, a menudo, desaliñadas y vulga­res. Queda como simple documento de la realización que, en Italia, tuvieron las leyen­das caballerescas, e indica su descenso a te­mas bufonescos y picarescos, en los que la risa, a menudo procaz, disuelve el encanto del heroísmo tradicional de los paladines. Esta tendencia desembocó en el Morgante (véase), en el que se encontrará con la son­risa del arte.

M. Sansone