El Celoso Extremeño, Miguel de Cervantes

Novela ejem­plar de Miguel de Cervantes (1547-1616). En ella se cuenta la historia de un desigual matrimonio. Carrizales, indiano rico, se es­tablece en Sevilla y se casa con Leonora. Él tiene sesenta y ocho años y ella catorce. Enloquecido por los celos (adviértase de paso que el comportamiento de Leonora es intachable), encierra a su mujer en una torre, sin contacto alguno con el mundo exterior. Pero un joven galán, Loaysa, ena­morado de Leonora, consigue burlar el rí­gido aislamiento, valiéndose de mañas (hacerse cantor, mendigo, colaboración de una tercera). No llega a ocurrir el adulterio, ya que, en la cama los dos posibles amantes, un violento e inesperado letargo adormece a los dos jóvenes. Así dormidos, son sorpren­didos por el marido. La venganza (esa de­rivación de Cervantes, siempre en el filo del portento) nos hace ver a Carrizales con una infinita simpatía: hace testamento a fa­vor de su mujer y le ruega que se case, cuando él muera, con el joven del que su­pone que está enamorada. Muere de resultas de la pena, y la joven viuda entra en un convento. Es una verdadera filigrana de delicadeza y de exquisito tacto el análisis de las pasiones de cada uno de estos tres personajes. Admirable análisis y admirable desarrollo que hacen de la novelita cervan­tina una obra maestra.

La lasciva terquedad del joven enamorado, la tosca lujuria de la dueña, el escozor de los permanentes celos del viejo, todo está delicadamente conse­guido. Y más que nada, la total condición de pureza, salvada incólume al borde del máximo peligro, de Leonora. Debe destacarse esto, tanto más cuanto que existe otra versión distinta de la impresa (manuscrito llamado de Porras de la Cámara, 1606, más antiguo que el publicado en 1613) en la que el adulterio se consuma. La pureza, la fra­gilidad de Leonora se consagran, se valo­ran y reconocen cuando el burlado Carri­zales, en el final, dramático y suave a la vez, disculpa con nobilísimas palabras el pecado de su mujer: una novela ejemplar en multitud de sentidos. El erudito cervan­tista F. Rodríguez Marín ha señalado que el Loaysa burlador puede ser un reflejo del real Alonso Álvarez de Soria, poeta de cos­tumbres poco ejemplares, que murió en la horca. La crítica ha encontrado, además, orígenes al libro (esos remotos orígenes de siempre), en un cuentecillo tradicional ma­rroquí, que pudo ser oído por Cervantes du­rante su cautiverio argelino, y en vagos recuerdos de algunos escritos italianos (Sercambi, Cieco de Ferrara, Boyardo), tan va­gos que más bien pueden ser puras e insig­nificantes coincidencias. Por último señalaré cómo Américo Castro ha registrado aguda­mente (v. El pensamiento de Cervantes) la actitud espiritual que el proceder de Carri­zales refleja: una moral casi extracristiana, un proceder como si no existiesen castigos y premios supernaturales. Héroe moral, pero con una moral racionalista. Recuerda a los mártires estoicos, «que serenamente perdían la vida, sin estar sostenidos por la esperanza en bienes ultraterrenos infinita­mente más valiosos».

A. Zamora Vicente