El Canto Errante, Rubén Darío

Volumen de poesías del autor nicaragüense Rubén Darío (seudónimo de Félix Rubén García Sar­miento, 1867-1916), publicado en 1910. Con­tiene composiciones poéticas de muy diverso tipo, entre ellas algunas escritas bastantes años antes, como «Metempsícosis», «A Co­lón», «Momotombo», «A Francia», «Desde la Pampa», «Tutecotzimí», «Elogio de Fray Mamerto Esquiú», «Caso», «Flirt», «Campoamor», «Esquela a Charles de Soussens», «A una novia», anteriores todas a 1900 y no incluidas en las anteriores compila­ciones de versos, Prosas profanas (1896) y Cantos de vida y esperanza (1905). En algunas ediciones acompaña a El canto errante una salutación «A los nuevos poe­tas de las Españas», que subtitula «dilu­cidaciones», y que no es otra cosa sino un conjunto de artículos publicados con ante­rioridad en «Los lunes» de «El Imparcial». Rubén, tras una exaltación de la misión del poeta y de la poesía pretende contes­tar a la pregunta sobre si «la forma está llamada a desaparecer». El planteamiento de este problema, por parte de Rubén, tie­ne un carácter marcadamente romántico y no menos lo tiene la respuesta que hubiera podido ser dada por el Bécquer más sentimentaloide: «la forma poética, es decir, la de la rosada rosa, la de la cola de pavo real, la de los lindos ojos y frescos labios de las sabrosas mozas, no desaparece bajo la gracia del sol».

Esta respuesta de Rubén Darío quizá no fue atinada, pues no com­prendió que acaso se refería a la desapari­ción de la forma métrica tradicional, fenó­meno en el que tanta parte jugó el propio Rubén, entusiasta de Walt Whitman y que en estas mismas páginas proclama: «Y a los jóvenes, a los ansiosos, a los sedientos de cultura, de perfeccionamiento, o simple­mente de novedad, o de antigüedad, ¿por qué se les grita: «¡haced esto!», o «¡haced lo otro!», en vez de dejarles bañar su alma en la luz libre…?». Rubén en estas páginas con­testa a los que le acusaban de crear una re­tórica nueva (es cuestión de ideas, no de formas — contesta él —, cosa en la que también evidentemente se equivocaba) y se contradice con ulteriores afirmaciones: «No gusto de moldes nuevos ni viejos… Mi ver­so ha nacido siempre con su verso y su alma, y no le he aplicado ninguna clase de ortopedia. He, sí, cantado aires anti­guos; y he querido ir hacia el porve­nir, siempre bajo el divino imperio de la música — música de las ideas, música del verbo». El poeta, además nos pone como fundamento de su propia sinceridad la ne­cesidad de la poesía. A lo largo de estas páginas irá precisando los conceptos y de­finirá su actitud con más rigor: aceptará el valor representativo de la palabra y afirma­rá que «el arte no es un conjunto de reglas, sino una armonía de caprichos», y como última respuesta a la cuestión planteada al principio, entenderá la poesía como un compromiso vital: «la poesía existirá mien­tras exista el problema de la vida y de la muerte». Según los críticos, este libro mat­ea un declive dentro de la obra poética de Rubén Darío. Con todo, su contenido es muy vario, y el mismo poema que le da título es sumamente pintoresco: «El cantor va por mundo / alegre o meditabundo. / El cantor va sobre la tierra / en blanca paz o en roja guerra. / Sobre el lomo del ele­fante / por la enorme India alucinante».

Debemos destacar, en primer lugar, un grupo importante de poemas referidos a América, que es objeto de diversas visio­nes por parte del poeta: exaltación mítica de las antiguas civilizaciones indígenas («Tutecotzimí», que desde’ la descripción del hallazgo arqueológico la voz del poeta se levanta hasta cantar un poético origen de Guatemala), el pesimismo por la situación de los pueblos americanos («A Colón», a quien llama «¡Desgraciado Almirante!», de­sea que jamás hubiera descubierto Amé­rica: «¡Pluguiera a Dios las aguas antes intactas / no reflejaran nunca tus blan­cas velas; / no vieran las estrellas es­tupefactas / arribar a la orilla tus carabe­las!», «¡Cristóforo Colombo, pobre Almi­rante, / ruega a Dios por el mundo que descubriste!»), el canto a la imponente na­turaleza americana («Momotombo»: «¡Los estandartes de la tarde y de la aurora! / Nunca los vi más bellos que alzados ante ti»), digno precedente de «Alturas de Macchu Picchu» de Pablo Neruda (v. Poesías), el canto al progreso técnico que llega del norte acompañado del canto de Walt Whitman y simbolizado por el águila («Saluta­ción al águila»: «Bien vengas, mágica Águi­la de las alas enormes y fuertes, / a extender sobre el Sur tu gran sombra con­tinental, / a traer en tus garras, anillas de rojos brillantes, / una palma de gloria, del color de la inmensa esperanza, / y en tu pico la oliva de una vasta y fecunda paz», «…¡Gloria, victoria, trabajo! / Tráenos los secretos de las labores del Norte, / y que los hijos nuestros dejen de ser los retores latinos, / y aprendan de los yan­quis la constancia, el vigor, el carácter». Esta águila es el águila mítica de todos los tiempos, la de Zeus, la de Zarathustra, la que estuvo «en las horas sublimes de Pathmos», y ahora lo es de la técnica, el nuevo mito que nacía en el momento en que se escribían estos versos); «Preludio», con oca­sión del libro Alma América de José San­tos Chocano; «Epístola» a la señora de Leopoldo Lugones.

Otro grupo importante del libro lo forman los retratos o poemas en honor o memoria de alguna personalidad ilustre. El primero es el exquisito «En elo­gio del limo, señor Obispo de Córdoba, Fray Mamerto Esquiú, O. M.», con oca­sión de su muerte: «Un báculo que era como un tallo de lirios, ./ una vida en cilicios de adorables martirios, / un blanco horror de Belcebú, / un salterio celeste de vírgenes y santos, / un cáliz de virtudes y una copa de cantos, / tal era fray Mamerto Esquiú», que con la misma humildad y ca­ridad franciscana con que vivió «corta aho­ra del Padre las sacras azucenas». Tres retratos: «Misterioso», «Campoamor» y «So­neto». El primero es la mejor visión perso­nal que jamás se ha escrito sobre la figura de Antonio Machado; a pesar de ser tan diferente de Rubén, éste tuvo la genial intuición del poeta del 98: «Misterioso y silencioso / iba una y otra vez. / Su mirada era tan profunda / que apenas se podía ver». «Era luminoso y profundo». «Can­taba en versos profundos / cuyo secreto era él»; «Campoamor» es una famosa y acabada décima que empieza «Este del ca­bello ‘cano…»; «Soneto» está dedicado a don Ramón María del Valle Inclán, y empieza «Este gran don Ramón de las bar­bas de chivo». A Rubén le desasosiega el poeta («Este gran don Ramón del Valle Inclán me inquieta») e intenta captar lo proteico de su personalidad y de su obra, pero «se me esfuma en radiosas visiones de poeta, / o se me rompe en un fracaso de cristales». Creemos altamente significa­tivo que Rubén supiera tan maravillosa­mente definir a tres personalidades que en un momento dado tenían tan diversa acti­tud literaria. Otro grupo lo integran los poemas galantes y circunstanciales y anec­dóticos, como «La bailarina de los pies desnudos», «La hembra del pavo real», «Caso», «Flirt» y «A una novia».

Este últi­mo poema, a pesar de su facilidad, tiene un aire de exquisito madrigal, en cince­ladas y musicales sextinas decasilábicas: «Manos blancas cual rosas benditas, / que sabéis deshojar margaritas / junto al fres­co rosal del Pensil, / ya daréis la canción del amado / cuando miráis el sonoro tecla­do / del triunfal clavicordio de Abril». Todavía encierra el libro algunos poemas de gran valor, como «Metempsícosis» («Yo fui un soldado que durmió en el lecho / de Cleopatra la reina. Su blancura / y su mirada astral y omnipotente. / Eso fue todo»), que ha sido calificado de «agua­fuerte impresionante»; «Francia», poema casi profético, etc. Rubén Darío continúa en este libro, y acentúa si cabe, el recurso de las rimas raras y extravagantes (con sono­ros nombres americanos, por ejemplo), los metros difíciles, etc. Su heterogeneidad, con todo, no le quita ningún género de valor.