El Buey Suelto, José María de Pereda

En 1877 consultaba José María de Pereda (1833-1906) al gran crítico, su paisano y amigo, Menéndez Pelayo, si existían antecedentes en la novelís­tica castellana sobre las ventajas e incon­venientes de la vida conyugal. Proyectaba escribir una réplica a la novela de Balzac, Petites miséres de la vie conjugal (v.). «Tengo in mente — le decía — una serie de cuadros edificantes, cuyo título podría ser El buey suelto, etc., en oposición a tanto como se ha escrito aquí y allá acerca de la prosa de la vida conyugal». La contestación de Menéndez Pelayo le tranquilizó sobre los posibles antecedentes, e inmediatamente puso manos a la composición de su novela, a la que subtituló «Cuadros edificantes de la vida de un solterón». Apareció el libro impreso el siguiente año de 1878 y con­fiesa Pereda que la idea de él se la inspiró el deseo de oponerse a la tesis de Balzac. Era ésta la primera novela grande que pu­blicaba Pereda, y si bien tiene primores de ejecución, puede afirmarse que parece he­cha en retazos, y aun éstos mediante cosi­dos, y que debe su unidad a la que le da la persistencia del protagonista. Hay en ella cuadros llenos de vida y energía grá­fica y acaso merece hacerse resaltar la maestría con que pinta las psicologías más elementales, y entre todas (si vale llamarla así), la del perrillo Adonis que vive en las páginas del libro con cautivadora evidencia. El personaje central, Gedeón, no parece tener suficiente consistencia para servir de ejemplar probatorio de una tesis. Pereda le hace pasar por incómodas vicisitudes, hasta llegar la de la muerte, en la que ha de ce­lebrar su matrimonio in articulo mortis y renegar de su enemiga al lazo matrimonial.

En un testamento cómico que redacta en aquel trance «separa del cuerpo de bienes una suma de importancia para premiar el mejor libro que se escriba en el plazo de dos años, a contar desde aquel día, sobre las «Miserias de la vida del solterón», sien­do los jueces del certamen que se abra al efecto, el doctor y el señor cura allí pre­sentes, y en caso de empate el célibe más viejo que haya en la población. También es su voluntad que se doble la recompensa si la obra llega a ser declarada de texto en las escuelas de la nación». La acogida de la novela por la crítica de su tiempo no fue entusiasta. Hasta los que mayores elo­gios le dedicaron lo hacen no sin cuerdas limitaciones. Menéndez Pelayo, que la elo­gia con calor, reconoce que este libro «es el más endeble» de los de su autor. No le falta acaso razón a Ludwing Pfanld cuan­do estudiando las novelas de Pereda afirma: «La suerte tragicómica del soltero Gedeón es entretenida, pero no apasiona, ya que para semejante imbécil también el matri­monio hubiera sido una escuela de dolor». Acaso el rasgo más interesante de ella es el delatar el carácter polémico de Pereda, que si en este caso se enfrenta con Balzac, en otros ha de hacerlo con Galdós, o con tesis más generales y recibidas.

J. M.a de Cossío